Un esfuerzo, una realidad.
Hoy, 9 de julio, comenzó el Capítulo General de la FSSPX en Econe, Suiza. Será una semana de deliberaciones en medio de las tensiones producidas por los esfuerzos realizados para encontrar un punto viable de regularización canónica.
Hoy, 9 de julio, comenzó el Capítulo General de la FSSPX en Econe, Suiza. Será una semana de deliberaciones en medio de las tensiones producidas por los esfuerzos realizados para encontrar un punto viable de regularización canónica.
Evidentemente, ese esfuerzo no alcanzó. ¿Quiénes lo hicieron fracasar, cuando todo parecía prácticamente allanado? No hay duda, la oposición fue desde dentro de la jerarquía eclesiástica y tal vez, muy probablemente, desde el sector que monitorea permanentemente el cumplimiento de los lineamientos de la Nostra Aetate, una declaración que si bien tiene un rango jerárquico menor, se ha convertido en una “política de Estado” para los papas conciliares.
Ya habían advertido en otra instancia: “Ellos o nosotros” había anticipado el rabino de Roma, Roberto Di Segni. Por más que se buscó un camino oblicuo, la Santa Sede debió ceder a las presiones. Lamentablemente eligió el camino equivocado, el del apartamiento de la (de su) Tradición, o de “profundización del modelo” neo-modernista conciliar. Es decir, más lejos de la Fe.
Lo peor de esta situación, en lo que hace a la Iglesia en general, es el resultado inmediato: el nombramiento de Mons. Müller, pronto seguramente Card. Müller, en Doctrina de la Fe. Se trata de un heterodoxo sin empachos.
Además de heterodoxo, Müller es un perseguidor del tradicionalismo. Es decir, no tiene siquiera el pequeño rango de apertura a una “Iglesia plural”, supuesto que esto sea algo bueno. No, para él, parece, es todo o nada.
Así pues, podría anticiparse que acaba, al menos por un largo tiempo, toda posibilidad de reconocimiento legal de la FSSPX, salvo que el papa tenga algún elemento sorpresa, lo que parece improbable. De parte del tradicionalismo, ya fuertemente tensionado por esta posibilidad, el nombramiento del nuevo prefecto de la Fe supone la voladura de todos los puentes por parte de Roma.
¿Valió la pena?
El entusiasmo por un reconocimiento legal produjo remezones muy fuertes en la FSSPX. Más allá del caso Williamson, que desde hace años hace una vida independiente de los lineamientos oficiales de la institución y mantiene una crítica pública poco disimulada contra el Superior General, la decisión prudencial de seguir avanzando en una propuesta de la Santa Sede o rechazarla de plano en un primer momento, separó aguas. Muchos sostuvieron que sería imposible llegar a un punto aceptable donde quedase preservada la Fe y además se evitara la confusión o el escándalo de un sector apreciable de fieles tradicionalistas.
Otros, sin embargo, vieron las cosas de manera diversa. No es una cuestión menor el que quienes han considerado viable esta posibilidad sean autoridad en algunos de los distritos más populosos y, digamos así, exitosos, de la FSSPX. Evidentemente son realidades distintas. Se ha visto la potenciación inapreciable de una obra apostólica en cuanto cayeran las barreras legales que pesan, todavía, aunque cada vez menos, sobre la conciencia de tantos católicos. Esta posibilidad quedaba garantizada por el papa en persona. El papa no ha podido, o no ha querido ir hasta ahí. Más probable lo primero.
Bien, las fichas han caído, solo queda restañar heridas entre todos aquellos que obraron de buena fe y según su leal conciencia. El futuro está en manos de Dios.
Sin embargo, a pesar del fracaso de este intento, me parece que la imagen del tradicionalismo ha crecido en la consideración de los católicos de buena voluntad. Lo ha dicho Mons. Fellay en su última intervención pública: “somos romanos”. Es decir, fieles de una Roma que es corazón de la Iglesia, una Roma hoy ocupada por fuerzas intra y extra eclesiásticas que practican ciertamente odio a la Fe.
Noten Uds. que no se trató de una mera oposición política o ideológica. De haber sido así, si fuesen estos factores de decisión suficientemente astutos como para desear la destrucción del tradicionalismo por encima de su odio, hubiesen podido lograr sus objetivos más bien cediendo que negando.
Pero el odio supera la astucia. El demonio no soporta la Cruz. El tradicionalismo representa algo que para muchos en Roma -o que tienen fuerte influencia en Roma- es intolerable. Ni siquiera como paso hacia un objetivo estratégico posterior.
Los que hablaban de engaño, se engañaron, porque midieron la cuestión en términos políticos, y aquí las cosas se miden en términos teológicos.
El cierre de esta posibilidad y los nombramientos posteriores da razón a quienes querían apoyar al papa en su movimiento en dirección hacia posiciones más tradicionales en ciertos puntos. Quebrada la iniciativa, los peores enemigos ganan toda la partida. Al menos así parece.
Y también da razón a los que decían que esto era inviable. Razón post-factum. Los hechos lo demuestran ahora, tal y como los dados han caído. Lo otro quedará materia de hipótesis.
Queda, también como saldo la Summorum Pontificum y un amplio debate sobre el Concilio Vaticano II, así como la “toma de conciencia” de que la Iglesia está al borde de un precipicio. Esto, nuevamente, será mérito de la lucha tradicionalista y podrá ser aprovechado por todos los católicos.

