Panorama Católico

G.K. Chesterton: El regreso de Don Quijote

Dicen los especialistas en Chesterton que nunca escribió novelas sino alegorías dramatizadas. Nos inclinamos a compartir esta opinión, que a fuer de familiarizarse con el simpático y complejo escritor inglés se vuelve una evidencia. El regreso de Don Quijote es una de esas alegorías poéticas.

El regreso de Don Quijote 
(The return of Don Quixote), colección El Club Diógenes, Ediciones Valdemar. Madrid 2005. 388 páginas. Traducción de José Luis Moreno-Ruiz,

Dicen los especialistas en Chesterton que nunca escribió novelas sino alegorías dramatizadas. Nos inclinamos a compartir esta opinión, que a fuer de familiarizarse con el simpático y complejo escritor inglés se vuelve una evidencia. El regreso de Don Quijote es una de esas alegorías poéticas.

Me siento tentado de comenzar este comentario con una frase escandalosa, como para atraer la atención de los lectores. Algo así como: si Chesterton hubiera sido argentíno habría sido peronista. Voy a resistir la tentación. No es posible traspolar realidades tan diversas sin pagar las consecuencias.

En esta difícil alegoría novelada del gran inglés, los personajes que reviven los ideales quijotescos son un aristócrata tarambana y un bibliotecario chiflado. Uno es el verdadero Quijote, el otro una especie de Sancho Panza en su mejor momento: el Sancho Panza gobernador.

Y finalmente, quien encarna los justos reclamos del pueblo inglés y sin saberlo conduce a sus seguidores a postular un régimen social de inspiración medieval, es una sindicalista socialdemócrata.

No puede ponderarse el gozo que produce la lectura de un autor que escribe con tal libertad de espíritu que haga no solo verosímil sino verdaderamente convincente un planteo argumental de esta índole. En Chesterton uno saborea la libertad intelectual (no la libertad de prensa, a la que ridiculiza con ferocidad) sino la libertad de pensamiento limitada por el sentido común y la realidad.

Pensemos en un pueblo prejuicioso y atado a “tradiciones” y no tardaremos más que segundos en pensar en el pueblo inglés. O tal vez, mejor sería decir, en los ingleses.

Leyendo la vida de la reina Victoria y su esposo el Principe Alberto de Saxo-Coburgo, resulta hilarante comprobar que el buen alemán introdujo reformas en el palacio tales como abolir la mesa y cena tendidas para un rey muerto hacía más de 20 años. O coordinar la acción de los lacayos que alimentaban la leña de los hogares palaciegos con la de los que las debían encender (funciones que estaban no solo separadas sino conflictivamente contrapuestas de tal modo que los reales se morían de frío por respetar la costumbre palaciega).

Chesterton le habla a esta sociedad declarándoles que su aristocracia es en realidad una plutocracia reciente y de origen espurio. Que el sistema de propiedad rural se funda en una inhumana explotación de los campesinos. Y el industrial en un miserable aprovechamiento de las necesidades del proletariado urbano.

Y nos hace querible al proletariado, visto por los ojos del tarambana que finalmente resulta Don Quijote. Un noble cuya natural bondad y falta de prejuicios (amoralidad, juzgan los otros nobles) lo lleva a alternar con carreteros, taberneras y sindicalistas. Y descubrir bajo la miseria humana, sin embargo, lo más noble del alma inglesa.

Un tarambana que no puede resistir hacer bromas a los personajes solemnes, bromas pesadas, pero a la vez siente una profunda indignación cuando se hace mofa de los débiles y los humildes. Tarambana que finalmente no piensa un minuto sobre su futuro, o carrera, sino que se brinda a los demás haciendo toda suerte de servicios y favores, cuanto más complicados y riesgosos para su integridad física o su buen nombre, más entusiasta en hacerlos.

Finalmente, Chesterton nos declara que ese tarambana reúne las condiciones que pueden salvar a la aristocracia inglesa, la cual tiene vicios tan radicados y despreciables como algunas virtudes redentoras. Entre ellas el buen modo y sentido del señorío con el cual pueden, debidamente adornados de otras condiciones morales, alternar con igual respeto y autoridad con el pueblo y amarlo distinguiendo en él, a la vez, sus miserias y sus glorias.

Este señorito tarambana es un demócrata auténtico que no pierde su señorío ni sus buenos modos porque intuye que la sociedad entre humildes y encumbrados solo tiene destino en el contexto de una amistad distintiva y enaltecedora. Este tarambana nunca es vulgar. Y nunca se burla de los pobres, sino que los escucha con interés y respeto.

Está también el bibliotecario chiflado cuya vida se centra en el estudio de una etapa temprana de la historia de los hititas. Por circunstancias tan pedestres como fantásticas se ve obligado a informarse sobre la Edad Media, porque no considera serio decir 15 líneas de una obra teatral de aficionados en la que lo involucran sin estudiar la época a fondo. Un verdadero especialista.

Ciertas vicisitudes hacen que en lugar de un papel tan secundario termine representando al Rey Ricardo Corazón de León, en solo tres oportunidades, con el siguiente notable efecto en su persona: de allí en más se niega a vestir otro traje que el medieval, y a concebir otra sociedad que una fundada en los principios medievales.

Tal es su convicción que moviliza a un grupo de aristócratas a fundar un movimiento medievalista con la intención lisa y llana de dar un nuevo orden político y social a Inglaterra. Y con cierto éxito, al cual no resulta ajeno el poder político ni los aristócratas, quienes pretenden mediatizar tal efusión romántica (ellos piensan) a favor de sus privilegios.

Finalmente, cumpliendo las funciones que el antiguo bibliotecario alcanza en el marco de esta nueva propuesta política, decide juzgar al antedicho sindicalista levantisco según las leyes y criterios en uso en la Edad Media inglesa, los cuales estudia rigurosísimamente. El resultado es que el acusado no solo sale libre, aunque ya no tan librepensador, porque su juez le da la razón, pero le marca los principios cristianos que fundamentan su razón. Además condena a los sostenedores aristocráticos de su propio movimiento, entre los que está el padre de su amada a la devolución de lo mal habido. No hace falta explicar los sucesos posteriores ni la fortuna subsiguiente del bibliotecario devenido juez medieval. El final es romántico, en todos los sentidos del término.

Hemos dicho lo suficiente como para dar una idea de la jocosidad, la libertad de pensamiento, el buen sentido y la colosal imaginación de Chesterton a la hora de ir en contra de todos, pero en realidad a favor de la verdad que asiste a cada uno. Y esta forma desprejuiciosa de ver le permite comprender la verdad que sustenta las cosas concretas.

Dios nos conceda escritores, gobernantes y caballeros (andantes o no) capaces de ver el mundo con tan dichosa jovialidad y buen sentido como el bueno de Chesterton.

Posdata: tenemos que quejarnos del traductor, no porque ignoremos que Chesterton es intraducible. Ni por falta de esfuerzo: más bien por falta de eficacia en el esfuerzo de poner en castellano muchas parrafadas seguramente arduas.

El buen sujeto se ha ceñido a anotar las referencias. Hubiésemos preferido más trabajo sintáctico, más equivalencia, en todo caso, allí donde la endemoniada pluma del inglés destruye toda posibilidad de literalidad.

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