Vocación de escritor
Cuenta Hugo Wast, para quienes no lo sepan, Gustavo Martínez Zuviría, el novelista más popular de la Argentina de todos los tiempos. No solo de la Argentina, sino de Hispanomérica y España misma en sus tiempos, allá por los 30, 40 y 50… Que fuera además Ministro de Justicia de la Nación y Director de la Biblioteca Nacional… Digo cuenta Hugo Wast en un libro de memorias sobre su inicio como escritor, que siendo muy joven, su padre le costeó la edición de su primera novela.
He elegido este título recordando un libro de Hugo Wast que leí en mi juventud, cuando aspiraba a dedicarme a
la literatura. Y lo he recordado a propósito del caso de un amigo que me ha
dado a leer una novela inédita de su autoría, muy meritoria.
Cuenta Hugo Wast, para
quienes no lo sepan, Gustavo Martínez Zuviría, el
novelista más popular de la Argentina de todos los tiempos. No solo de la
Argentina, sino de Hispanomérica y España misma en
sus tiempos, allá por los 30, 40 y 50… Que fuera además Ministro de Justicia de
la Nación y Director de la Biblioteca Nacional… Digo cuenta Hugo Wast en un libro de memorias sobre su inicio como escritor,
que siendo muy joven, su padre le costeó la edición de su primera novela.
Eran tiempos en que los autores católicos florecían en
la Argentina, y entre ellos florecían grandísimos talentos, como el P. Castellani, Leopoldo Marechal o
el mismo Hugo Wast, todos detrás del gran sacerdote
de la cultura nacional de entonces, Leopoldo Lugones, quien por desgracia murió
de pena por la patria cuando estaba acercándose a la Fe después de un largo y
penoso periplo. Murió por mano propia, pero, como dice Castellani,
fue la patria que lo mató.
Pero volvamos a estos tiempos: lo cierto es que mi
amigo, durante años me habló de su novela en curso: una biografía novelada de
cierto personaje de la antigüedad clásica. Confieso no haberle tenido mucha fe,
pero me sorprendió el método y la perseverancia de su trabajo, su afán de
corregir y perfeccionar, sus lecturas amplias, casi exhaustivas sobre el protagonista
histórico.
Finalmente me entregó una copia con emoción y pudor.
Comencé a leerla y yo, un envidioso escritor frustrado, debería haberle
encontrado más de un defecto. Sin embargo, la encontré talentosa, por momentos
muy original y por otros brillante. Un trabajo digno de ser publicado.
Me decía mi amigo recientemente que ya está
coleccionando los rechazos de las editoriales, no después de haber siquiera
leído un par de capítulos, sino ante la sola presentación del tema. Y sin
embargo, la novela histórica está por todas partes, y yo he tenido la grata
sorpresa de comprar varios títulos hasta en supermercados que no me
decepcionaron en absoluto, por ejemplo, de una colección de biografías de
músicos. Y otras no tan pulcras, como las de Antonia Frazer,
pero que son éxito de venta.
Otro amigo, que está en el riñón del mundo editorial
me confirma la imposibilidad de editar autores desconocidos por razones
comerciales: no se sostendrían las editoriales. Deben apostar al éxito, o al
menos al pequeño éxito. Según estas comprensibles normas de mercado, mi amigo
novelista no tiene chances.
Aunque está el tema de los premios…
Un compañero de facultad en mi lejana mocedad ganó el
premio de la Fundación Fortabat.
Hoy en día el autor es uno de los
paladines de la homosexualidad… En aquél tiempo nos reuníamos a estudiar, y el
escribía poemas de amor a su novia… ¡Qué canje!
Parece que es necesario, para entrar en el circuito de
literatos editados, escribir cosas sucias, políticamente correctas, suficiente
cantidad de perversión. Hay quienes lo hacen con talento, inclusive, para daño
de las almas, la propia y las ajenas.
Bueno, hay algunos casos de dignos escritores que
llegan a la fama, pero el sistema tiende a cerrar las puertas a los que no
venden su alma al diablo: es aquello de que
“no podrán comprar ni vender si no llevan la marca de la bestia”. Algunos
escapan todavía por diversas vicisitudes, pero son pocos.
Hago una súplica a esos pocos para que tengan a bien,
ya que su talento y la buena fortuna los ha puesto en posición de privilegio, a
fin de que restauren la noble institución del mecenazgo. Es un modo de agradecer a Dios y devolver a la
sociedad los beneficios de su éxito, tendiendo puentes a los que, con méritos
suficientes, aspiran a dar a conocer su obra.
No todo escritor puede ser un
self-made
man
. Como no todo hombre puede ser un
self-made
man.
Necesitan
ayuda. Los padres habilitan a sus hijos, los maestros a sus discípulos, los
superiores a sus inferiores jerárquicos. ¿Hemos de vivir en el mundo de la
cultura católica la desgracia de que no se ayude a los que valen a dar sus
primeros pasos…?
Y digo esto contrariando mi natural envidia, porque yo
no he tenido ni el método ni la paciencia de trabajar una obra como la de mi
amigo, tal vez excusándome en la numerosa prole que me agobia. Pero, para mi
vergüenza, mi amigo tiene más hijos que yo… y pudo.

