31 de mayo: Nuestra Señora del Sagrado Corazón – María Reina

Todas las advocaciones de la Santísima Virgen, reconocidas por la Iglesia Católica, nos conducen a Ella como a manantial inagotable por donde fluyen todas las gracias que Jesucristo Nuestro Señor nos adquirió munificentemente en su Pasión redentora.
Por ello, la Virgen es llamada Mediadora ante el Mediador y, aún más, Mediadora de todas las gracias ya que, por una disposición inefable y admirable de Dios, Ella es como el cuello por donde llegan al Cuerpo místico todas las infinitas gracias que Jesucristo, su divina Cabeza, nos conquistó con su Sangre.
Éste es, precisamente, el símil que emplea san Bernardo de Claraval para ejemplificar la piadosa y antiquísima doctrina (que, probablemente, alguna vez el Papa defina como dogma de fe) según la cual María Inmaculada –como antes dije- es la Medianera Universal de todas las gracias que, ciertamente, sólo tienen su origen en Cristo.
Escribe Ricardo Fraga

Todas las advocaciones de la Santísima Virgen, reconocidas por la Iglesia Católica, nos conducen a Ella como a manantial inagotable por donde fluyen todas las gracias que Jesucristo Nuestro Señor nos adquirió munificentemente en su Pasión redentora.
Por ello, la Virgen es llamada Mediadora ante el Mediador y, aún más, Mediadora de todas las gracias ya que, por una disposición inefable y admirable de Dios, Ella es como el cuello por donde llegan al Cuerpo místico todas las infinitas gracias que Jesucristo, su divina Cabeza, nos conquistó con su Sangre.
Éste es, precisamente, el símil que emplea san Bernardo de Claraval para ejemplificar la piadosa y antiquísima doctrina (que, probablemente, alguna vez el Papa defina como dogma de fe) según la cual María Inmaculada –como antes dije- es la Medianera Universal de todas las gracias que, ciertamente, sólo tienen su origen en Cristo.
Escribe Ricardo Fraga
Esta mediación Le está absolutamente subordinada y, si bien de María “nunquam satis” (“nunca se hablará lo suficiente”), jamás se ha de separar (y como emancipar) de su divino Hijo.
María ha sido, justamente, la primera criatura redimida y así lo enseña la bula de definición del Papa Pío IX (1854), según la magistral tesis del teólogo franciscano Juan Duns Escoto: la Virgen fue preservada del pecado original en previsión de los méritos redentores de Jesús.
Ambas doctrinas (la Purísima Concepción y la Mediación Universal) relucen de manera cabal en la denominación de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, introducida en el siglo XIX por el siervo de Dios P. Julio Chevalier (fundador de los Misioneros del Sagrado Corazón) con la finalidad esencialmente soteriológica (vinculada a la gracia santificante) de relacionar íntimamente a la fuente única de toda gracia –el Corazón Santísimo de Jesús- con su canal de distribución: el Corazón Inmaculado de María y así significar litúrgicamente ambas excelsas realidades, sin caer en un falso devocionismo de signo puramente sentimental.
La Imagen mariana, en esta preciosa advocación, muestra cómo la Virgen sensiblemente toca con su diestra mano el Corazón mismo del Salvador, signo elocuente de su intercesión todopoderosa para con Él. Por algo ha sido llamada por los Santos la “Omnipotencia suplicante” y, por esto mismo, esta devoción ha recibido por consigna la de llamar a María “la abogada de los casos difíciles y desesperados” y con este sentido, por ejemplo, se la venera en sus bellos santuarios de Issoudun (Francia) y en Barcelona (España) y otros muchos en todo el mundo.
La oración propia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón es la siguiente: “ACORDAOS, ¡Oh, Ntra. Sra. del Sagrado Corazón! del inefable poder que vuestro Hijo Divino os ha dado sobre su Corazón adorable. Llenos de confianza en vuestros merecimientos, acudimos a implorar vuestra protección. ¡Oh, celeste Tesorera del Corazón de Jesús, de ese Corazón que es el manantial inagotable de todas las gracias y el que podéis abrir a vuestro gusto para derramar sobre los hombres todos los tesoros de amor y de misericordia, de luz y de salvación que encierra! Concedednos, os lo suplicamos, los favores que solicitamos. No, no podemos recibir de Vos desaire alguno, y puesto que sois nuestra Madre, ¡Oh, Ntra. Sra. del Sagrado Corazón!, acoged favorablemente nuestros ruegos y dignaos atenderlos. Amén”.
Esta confiada oración se debe rezar con fervor y con un santo abandono a la voluntad de Dios.
No es un amuleto para mover mágicamente a la Divinidad. Se puede, naturalmente, difundir pero sin condicionamientos milagreros o supersticiosos de ninguna clase.
Es una plegaria de confianza y, como toda oración, debe ser hecha en estado de gracia (previa confesión si se está en pecado mortal) y, de ser posible, recibiendo la sagrada Eucaristía y siempre, cuanto menos, con desapego intelectual al pecado.
Por cierto que es una fórmula eficaz para implorar, precisamente, la gracia de una buena conversión y para tener las mejores disposiciones del alma a fin de alcanzar los beneficios (aún corporales) que se piden, si convienen para la propia salvación.
El 31 de mayo (este año coincide nada menos que con Pentecostés o Manifestación del Espíritu Santo) es la fiesta propia de esta advocación cuya Imagen ilustra esta nota para satisfacer la piedad de todos los lectores.

