Panorama Católico

11 de febrero, hace dos años renunciaba Benedicto XVI

En un día como el de hoy, hace dos años, el 11 de febrero de 2013, en la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, renunciaba al supremo pontificado el papa Benedicto XVI. Un hecho que conmovió a la Iglesia y del cual ha surgido el papado más cuestionado de los últimos siglos, y en cierto sentido, de todos los siglos.

En un día como el de hoy, hace dos años, el 11 de febrero de 2013, en la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, renunciaba al supremo pontificado el papa Benedicto XVI. Un hecho que conmovió a la Iglesia y del cual ha surgido el papado más cuestionado de los últimos siglos, y en cierto sentido, de todos los siglos.

La ausencia del sentido de lo católico, de sentido de la Fe que caracteriza hoy a muchos de quienes se dicen miembros de la Iglesia, al menos nominalmente, hace que estos sucesos pasen a su lado con una cierta indiferencia. Más allá de la “novedad”, pocos son quienes han tenido la sospecha de que esta renuncia puede haber sido presionada por fuerzas internas o externas a la Iglesia que ya no toleraban los movimientos del Papa Ratzinger contra los escándalos e inmoralidades del clero, a favor de una restauración litúrgica y doctrinal y sobre todo, en la parte final de su reinado, un informe en el que se resumía en detalle la constitución y el alcance del llamado “lobby gay”, nunca revelado con porsterioridad porque entre su conclusión y antes de que el Papa Benedicto tuviera tiempo de tomar medidas concretas, misteriosamente “renunció”.

Siempre he sido enemigo de abonar la teoría de una renuncia ilegal, cuyas consecuencias jurídicas ponen a la Iglesia en una situación laberíntica. Y sigo manteniendo que esta sospecha tal vez nunca pase a ser certeza probada. Sin embargo, la carta abierta de Mons. Lenga que hemos publicado en castellano ayer mismo y que tanta repercusión ha tenido, carta pensada cuidadosamente, no se ha privado de señalar la convicción del alto prelado en el mismo sentido.

Sospechar no es lo mismo que probar. Por eso señalamos el alzamiento de otra voz, autorizada, aunque lo más contundente sería la protesta de alguno de los miembros del Conclave que en 2013 eligió a Jorge Bergoglio papa. O del mismo Benedicto, tal vez en un último acto de servicio a la Iglesia. Mientras esto no ocurra…

Mientras esto no ocurra, tenemos que convivir con un Papa que planea demoler, esto parece ya evidente, las bases morales de la familia. Por medio de una segunda ronda de discuciones sinodales en las que –probablemente- las conclusiones ya estén listas y amañadas. No hay temeridad en la conjetura: esto sucedió en octubre pasado y nada parece indicar un cambio de rumbo, sino más bien confirmarlo.

En tanto, el Card. Raymond Burke ha dicho unas palabras que no se oían desde Mons. Lefebvre en boca de un alto prelado. En caso de que Francisco insista en dar la comunión a los divorciados que viven en adulterio, o promueva supuestos “valores” morales en las relaciones homosexuales, etc. él “lo resistirá”.

Los lectores habituales de Panorama saben que esta es la postura de nuestra publicación, porque es lo que la Iglesia manda: resistir al prelado, inclusive al papa, que mande contra la Fe, o que ordene obrar contra la moral.   

Resistir significa no obedecer lo que no puede ser obedecido y según el caso, hacer pública esta actitud para invitar a otros a hacer lo mismo, o más que invitarlos, señalarles que se trata de un deber grave.

Durante los siglos cristianos nadie nunca tuvo dudas sobre la necesidad de resisitir a la jerarquía que se desviaba en la Fe. Resistirlo en aquello en lo que se desviaba. Lo cual no implica hacer juicio sobre intenciones, o declarar, en particular quienes no tenemos ninguna autoridad ni mandato, herejías o invitar a “deponer” al sumo pontífice, como alegremente se ve hoy recrudecer en los medios católicos, generalmente con fundamentos más que endebles.

Todo católico tiene el derecho de “sospechar”, digamos así, que tal o cual cosa puede estar sucediendo. Pero también todo católico que asuma responsablemente sus obligaciones está llamado a guardar un prudente recato en la expresión de tales sospechas así como a contribuir a la serenidad de los fieles sencillamente indicándoles que su Fe se preserva con la adhesión a la doctrina tradicional y se sostiene mucho más fácilmente en la medida que se regrese al culto tradicional, donde nada pone en entredicho la pureza de la Fe.

La ley de la oración del rito tradicional se conjuga perfectamente con la ley de la Fe. Se reza lo que la Iglesia cree. Y por lo tanto se cree lo que la Iglesia reza, algo que no resulta para nada sencillo si se frecuenta el Novus Ordo y todas sus innumerables y delirantes derivaciones.

Al comienzo de la reforma litúrgica voces clarividentes señalaron los peligros tremendos que esta forma inventada por Bugnini y un grupo de fanáticos protestantizantes, y sostenida con brutal autoritarismo por Paulo VI. El paso del tiempo confirmó con creces tales sospechas y las consecuencias sobre el pueblo fiel fueron devastadoras.

El Card. Ratzinger, responsable de tantos de los desvíos del Concilio tuvo la honestidad de rever y tratar de corregir (de un modo insuficiente, sin duda) algunos de esos desvíos. Y con notable acierto puso un gran esfuerzo en la liturgia. Trató de allanar el camino a quienes la habían consevado y de dar impulso a su uso general. El resultado de esos esfuerzos se podrá advertir quizás muy pronto, cuando se ponga en la encrucijada final a los católicos frente a la autorización de prácticas “pastorales” contrarias a la moral enseñada por Nuestro Señor. No se precisa mucha preciencia para advertir que los de misa tradicional encabezarán la resistencia.

Estas derivas morales de hoy son consecuencias de aquellas novedades teológicas y litúrgicas.  La aceptación masiva de la neomoral -que se presume ocurrirá entre los fieles de a pie y el clero- no es más que el resultado de la demolición de la Fe y las costumbres realizadas desde el clero por medio de la nueva liturgia y sus derivas sobre un indefenso pueblo fiel, más inmune a las teorías teológicas que a los cambios del ritual al que asisten (asistían) semanalmente.

El fiel adquiere y nutre su Fe en la familia y ésta se sostiene con la práctica sacramental. La familia busca su fuente y sostén en la parroquia y si allí de dan mala doctrina y una liturgia degradada en todos los aspectos, ni fe ni costumbres durarán mucho. Así llegamos a hoy. Solo falta el tiro de gracia, que tiene fecha: octubre de este año, durante el Sínodo “contra la familia” cuyo final podemos imaginar con indicios claros y sin gran esfuerzo.

A dos años de la renuncia de Benedicto, cualesquiera hayan sido las causas de tan sorprendente decisión, recordemos que fue el primer papa desde Pío XII que determinó dar siquiera un pequeño paso atrás en el camino al abismo. Y que lúcidamente puso su empeño en restablecer un culto público acorde a la Fe y grato a Dios, con todas las limitaciones que cada uno pueda señalar a su intento.

Y que quienes hoy, obligados por el desastroso desempeño de su sucesor, se vean en la opción de seguir hacia el abismo final o resistir firmes en la Fe, recuerden que el mayor esfuerzo del Papa Ratzinger fue recuperar un culto público que expresara acabadamente esa Fe, intrumento esencial para resistir y mantenerse en la doctrina y en las buenas costumbres cuando todo parece naufragar.  

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