¿Para qué?
La reunión de hoy entre el Card. Müller y Mons. Fellay, cuya realización comunicó escuetamente la FSSPX, es uno de esos hechos que al hombre de a pie que sigue la situación de la Iglesia le presentan interrogantes. Lo primero que viene a la cabeza de un tradicionalista, esté o no alineado con la FSSPX es ¿para qué?
La reunión de hoy entre el Card. Müller y Mons. Fellay, cuya realización comunicó escuetamente la FSSPX, es uno de esos hechos que al hombre de a pie que sigue la situación de la Iglesia le presentan interrogantes. Lo primero que viene a la cabeza de un tradicionalista, esté o no alineado con la FSSPX es ¿para qué?
El comunicado de la congregación religiosa fundada por Mons. Lefebvre no aclara nada. “El encuentro se desarrolló en las oficinas de la Congregación para la Doctrina de la fe, de 11 a 13 hs. Tuvo por objeto permitir al Cardenal Müller y a Mons. Fellay reunirse por primera vez y hacer juntos el balance de las relaciones entre la Santa Sede y la Fraternidad San Pío X desde la renuncia del Papa Benedicto XVI y la partida del Cardenal William Joseph Levada, anterior Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe”.
¿Qué tipo de “evaluación” de la situación resulta útil? ¿En particular con quien, más allá de su cargo actual, ha sido enemigo declarado de la FSSPX, y cuya designación por Benedicto marcó el momento en que la Santa Sede reafirmaba su postura de intransigencia absoluta a toda crítica al Concilio Vaticano II y sus consecuencias. Müller trajo el NO bajo el brazo. Esto, reitero, cuando reinaba el papa Benedicto, quien más allá de sus posiciones doctrinales en muchas materias es un hombre que ve con buenos ojos la obra de los tradicionalistas.
¿Qué puede esperarse de un Müller ahora funcionario de Francisco, enemigo expreso del tradicionalismo? Lo es tanto en su modo de referirse a él (neopelagianismo), cuanto en su menosprecio por la liturgia, inclusive por la nueva; por la doctrina, inclusive por los principios morales que desdichadamente se convirtieron en lo único “no negociable” para los papas conciliares. Y es enemigo hasta un menosprecio mayor, ya claramente un desprecio, por las costumbres de la Santa Sede, entendiendo por ello el modo habitual de obrar o proceder establecido por la tradición. Porque aunque la tradición protocolar no sea, obviamente, la Sagrada Tradición Apostólica, es parte de la dignidad que debe rodear al Vicario de Cristo. Y se llega al colmo cuando hasta un dirigente político reconoce públilcamente que Francisco recibe “a cualquier cholulo” en las aulas vaticanas.
Resulta confuso, mueve a perplejidad. ¿Para qué reunirse con el Prefecto de la Fe?
Hay motivos que forman parte de esas “costumbres” que Francisco no respeta. Aún en el estado de confrontación -o más bien de resistencia- que el tradicionalismo plantea a los papas neomodernistas, no ha habido nunca un desconocimiento de su autoridad. La resistencia ha sido contra lo que puede bien considerarse el mal uso de esa autoridad. Un caso de manual: la prohibición de celebrar la liturgia tradicional. Aunque ya fue legalmente enmendado por el Papa Benedicto, el rito tradicional sigue excluido y perseguido. Uno de sus grandes perseguidores, el actual papa Bergoglio. Ante eso solo cuadra la resistencia… o sufrir el destino de los Franciscanos de la Inmaculada.
De modo que la FSSPX, lo mismo que otras congregaciones u órdenes han resistido los excesos en el ejercicio de la autoridad, pero no han negado nunca la legitimidad de esa autoridad. Por lo cual, no resulta conveniente mantener un aislamiento completo, cortar toda relación, todo puente con quienes ocupan hoy los cargos de autoridad en la Iglesia. Porque eso podría mover a muchos a pensar que se niega implícitamente esa autoridad, que se la desconoce sin reconocerlo, valga la paradoja verbal.
No, esa autoridad se reconoce en primer lugar conmemorando al papa y a los obispos ordinarios y rezando por ellos en las misas, lo que es un acto fundamental de comunión con la jerarquía de la Iglesia, en aquello en lo que la comunión no está impedida: en la oración y en el reconocimiento de sus cargos e investiduras.
A partir de aqui, se sigue lógicamente que las autoridades de la FSSPX tengan contacto con los obispos y los papas. De hecho los tienen habitualmente en muchos lados, ocasionalmente en otros, y tal vez nunca en lugares donde los obispos se niegan a tenerlos. Pero la exclusión proviene de los obispos, no de la FSSPX.
Hemos sabido recientemente de uno, en los EE.UU., que durante años se impidió vender a la FSSPX una iglesia que estaba a la venta para cualquier otro, ni aún con la recomendación de la Santa Sede (qué el puso como excusa y la Fraternidad consiguió) se avino a autorizar la transacción. Intervinieron autoridades políticas locales que querían conservar el edificio para su uso religioso. En fin, después de años y años finalmente el obispo consintió, abrumado por quienes le recriminaban su irracionalidad. Para estas cosas sirven los contactos con las autoridades. Aun para cuestiones prácticas que no pocas veces desde Roma se solucionan fácilmente y sin Roma se complican mucho.
Pues bien, la negativa normalmente procede de los obispos. No todos, hay quienes cumplen con la cortesía protocolar, y otros que “dejan vivir”, como dice el Papa Francisco se debe hacer con el prójimo. Que su liberalismo al menos sirva para esto.
Pues bien, una relación protocolar es necesaria, al menos a estos efectos y tal vez a otros que no sabemos ni sabremos, ni tenemos por qué saber.
Pero hay una razón menos práctica, mucho más sobrenatural: siempre se guarda en el corazón la esperanza de que las razones doctrinales surtan algún efecto sobre quienes se empeñan en quemar aquello que la Iglesia siempre adoró, y viceversa. Hoy bien podría haberle dicho Mons. Fellay al Card. Müller: «Eminencia, ¿ve Ud. dónde deriva el Concilio? Ahora quieren abolir la indisolubilidad del vínculo matrimonial». Y el cardenal debería ser sensible a este argumento.
La excesiva susceptibilidad sobre “lo que está detrás” de estas reuniones no es señal de buen espíritu. Muchas veces no hay nada detrás. Es lo que se ve, y solo lo que se ve. Me invitan y voy porque no ir sería un desplante inútil y escandaloso. Y tal vez un motivo para que otros digan que a los tradicionalistas “nada les viene bien”.
Pero quiero ser sincero. A mí, esta visita no me gusta. No me simpatiza el encuentro. En mi cabeza rebota la pregunta “¿para qué?”
La respuesta, si es que hay un no declarado “para qué” no la puedo saber. Sé que va a generar el rebrote de suspicacias. Me pregunto qué valor tiene lo que se gana ante lo que se pone en riesgo. Y la respuesta sigue siendo: no lo se.
Pero, por otra parte, Mons. Fellay o cualquier otro que asuma de un modo público (inclusive reservado, porque la reserva es legítima en las acciones de gobierno) estas relaciones no tiene por qué darme explicaciones. Ni yo se las puedo pedir.
Lo que sí debe explicarme y yo puedo, debo y sin duda voy a exigir es la fidelidad a la Fe y a la liturgia. Y en tanto no encuentre motivo para demandar explicaciones en estas materias, tendré que sufrir mi disgusto por esta reunión y concederle al que manda el derecho de decidir en cosas de su competencia.
Claro que también podré, luego, llegado el caso, demandarle responda por las consecuencias de sus actos.

