Fátima, 19 de Agosto de 1917 (Parte I)
En Su primera aparición en Fátima del 13 de mayo de 1917, la Santísima Virgen María pidió a Lucía, Francisco y Jacinta que fueran a la Cova da Iria durante seis meses consecutivos en ese mismo día. El 13 de agosto de 1917 los niños quisieron ir a ver a la «Señora» como los meses anteriores, pero ocurrieron cosas lamentables que les impidieron concurrir a la cita celestial.
En Su primera aparición en Fátima del 13 de mayo de 1917, la Santísima Virgen María pidió a Lucía, Francisco y Jacinta que fueran a la Cova da Iria durante seis meses consecutivos en ese mismo día. El 13 de agosto de 1917 los niños quisieron ir a ver a la «Señora» como los meses anteriores, pero ocurrieron cosas lamentables que les impidieron concurrir a la cita celestial.
LA ASOMBROSA COMUNION DE LOS SANTOS
(DOMINGO 19 DE AGOSTO, EN «VALINHOS»)
Las tres a cinco mil personas presentes el 13 de Julio en la Cova da Iria, habían hecho conocer por todas partes, en su mayoría con fe y entusiasmo, el anuncio del gran mi lagro prometido por Nuestra Señora para el 13 de Octubre venidero. Los poderes de entonces y sus órganos de prensa no pudieron, en adelante, permanecer indiferentes.
I. LA FRANCMASONERIA ENTRA EN ESCENA
«UNA MISION DEL CIELO – ¿ESPECULACION COMERCIAL? » Este fue el título del primer artículo aparecido en la gran prensa republicana y masónica sobre los hechos de Fátima. Apareció el 23 de julio en O Seculo, el gran diario liberal de Lisboa, y evaluó la aparición del día 13 a su manera, por supuesto.
Elementos caricaturescos e irónicos, inventados por todas partes, estaban presentes en la situación que ellos pintaron: «Los niños entonaron un cántico fúnebre, hicie ron gestos epilépticos, y cayeron en éxtasis. » A pesar de todo, el ámbito del suceso y su efecto sobre las masas fue ron descriptos muy bien: «El hecho causó tal impresión que aquel día, uno no pudo encontrar un solo automóvil para alquilar, aunque esta ciudad, como todos saben, posee ca rruajes y taxis en abundancia. Incluso, un buen número de negocios estaba cerrado… » Al atardecer, nume rosos peregrinos volvían a sus hogares atravesando los pue blos y cantando cánticos y aclamaciones en honor de la San tísima Virgen María.
«El caso nos parecería absolutamente ridículo, y no lo hubiéramos tomado seriamente, » continúa el periodista de Torres Novas, «de no gozar de nuestra entera confianza la persona que interrogamos… y si sus declaraciones no hubieran sido confirmadas por otras personas que relatan lo mismo… » (1)
Pero el testimonio fue de poca importancia, pues el órgano semioficial de aquellos en el poder, habría de pro veer a sus lectores la solución del «libre pensamiento». Esta fue encontrada fácilmente: solo debían recurrir al viejo arsenal de la propaganda anticlerical… Aquí está: ¡Estaban buscando descubrir, como en Lourdes, una fuente de agua mineral (sic), de la cual el clero pronto quiso sacar beneficios substanciales!
La parte importante es que, el artículo del diario ma sónico concluyó con una seria advertencia para las autori dades locales: «Las autoridades, ciertamente, han escucha do sobre estos hechos, y si aún no saben nada más sobre ellos, nuestra información puede servirles como un grito de alarma. » (2)
«EL HOJALATERO» DECIDE INTERVENIR
La autoridad en cuestión por aquel entonces era Arturo de Oliveira Santos, el Administrador del Concelho o distri to de Vila Nova de Ourem. Puesto a cargo de un vasto can tón, formado por varias parroquias donde no había alcalde, sino solo un regedor, una suerte de agente municipal subor dinado, el «Administrador» gozaba de gran autori dad.
Arturo de Oliveira Santos, apodado «el Hojalatero», porque dirigía la «herrería» heredada de su padre, fue el ejemplo perfecto del sectario fanático y anticlerical, una copia al carbónico de los socialistas radicales de Francia en tiempos del «padrecito» Combes. No demasiado cultivado, pero inteligente y enérgico, se lanzó muy tempranamente dentro de la política, fundando un pequeño diario, La Voz de Ourem, tan fieramente antirealista como anticlerical. Un detalle divertido que nos da una idea de su personalidad, es que fue tan lejos como para hacer cargar a sus tres hi jos con los grotescos nombres de «Victor Hugo», «Libertad» y «Democracia». (3)
Después del derrocamiento de la monarquía por la revo lución de octubre de 1910, él se volvió el hombre de con fianza de los poderes existentes en la región, cuyo pueblo por inmensa mayoría se mantenía realista y ardientemente católico. Habiendo entrado en la Logia de Leiria, fue pro movido en 1913, a la edad de 26 años, a la posición de Ad ministrador del Concelho de Ourem, y muy pronto, Presidente de la Cámara Municipal y Delegado del juez del distrito. Siendo él mismo presidente-fundador de la Logia Masónica de Vila Nova de Ourem, estaba seguro de la aprobación de sus líderes, y pudo ejercer sin ningún temor un poder verdade ramente tiránico sobre todo el concelho. Bajo el menor pre texto, podía arrestar párrocos, prohibir todos los actos del culto fuera de las iglesias o después del atardecer, prohibir también los toques de campanas, etc. En 1917, tenía 30 años. (4)
Tal es el hombre que, en nombre de la Libertad y de la Democracia, intervendría vigorosamente para tratar de poner fin a la inmensa ola de piedad popular despertada por las apariciones de Fátima: primero por intimidación, y luego por la fuerza bruta…
LAS CITACIONES DEL 11 DE AGOSTO
El viernes 10 de agosto, Manuel Marto y Antonio dos Santos recibieron una orden de comparecer con sus hijos en el municipio de Vila Nova al día siguiente a mediodía.
«…había que andar unas tres leguas, distancia bien considerable para unos niños de nuestra edad. Y los únicos medios de viajar en aquel tiempo por allí eran los pies de cada uno, o alguna burrita. Mi tío respondió ense guida que comparecería él… pero que a sus hijos no los llevaba:
«- Ellos, a pie, no aguantan el camino -decía él- y montados no irían seguros encima del animal, porque no están acostumbrados. Ade más, no tengo por qué presentar en el tribunal a dos niños de tan corta edad. » (5)
La decisión de Ti Marto no dejó de ser valerosa: «Yo iré solo, » declaró, « ¡y contestaré por ellos! » «Mis padres pensaban lo contrario », continúa Lucía. «La mia va… que responda ella. Yo de estas cosas no entiendo nada. Y si miente, está bien que sea castiga da. » (6)
«Al día siguiente, al pasar por casa de mi tío, mi padre le esperó un momento. Corrí a la cama de Jacinta a decirle adiós. En la duda de no volver a vernos, la abracé y la pobre niña me dijo llorando:
«- Si ellos te matan, les dices que Fran cisco y yo somos también como tú, y que quere mos morir contigo. Y yo voy ahora con Francisco al pozo a rezar mucho por ti. » (7)
Ti Marto, Antonio y su hija partieron juntos. Lucía iba montada en un asno, y cayó tres veces durante el viaje. Antonio, apremiado por el temor al Administra dor, iba adelante con su hija. El Hojalatero comenzó por dar una vigorosa reprimenda a Ti Marto por haber ido solo. He aquí el relato de Lucía:
«En la Administración fui interrogada por el Administrador en presencia de mi padre, mi tío y varios señores más, que no se quienes eran. El Administrador quería forzarme que le relatase el secreto, y que le prometiese no volver más a Cova de Iria. Para conseguir esto, no se privó ni de promesas ni de amenazas. Viendo que nada conseguía, me despidió manifes tando que lo habría de conseguir, aunque para ello tuviese que quitarme la vida. » (8)
Por primera vez, Lucía había testificado ante las autoridades: había guardado su compostura y permanecido tranquila. Sin embargo, este día fue una ruda prueba para ella…
» ¡TENGO LA ALEGRIA DE SUFRIR MAS!» «A mi lo que más me hacía sufrir era la indiferencia que mostraban por mi mis padres… esto lo veía más claro cuando observaba el cariño con que mis tíos trataban a sus hijos. Recuerdo que en este viaje me hice esta reflexión: ¡Que diferentes son mis padres de mis tíos! Para defender a sus hijos se entregan ellos mismos. Mis padres la mayor indiferencia para que hagan de mi lo que quieran… pero, paciencia -decía el interior de mi corazón-, así tengo la dicha de sufrir más por tu amor, Oh Dios mío, y por la conversión de los pecadores. Con esta reflexión encontraba siempre consuelo. » (9)
Los dos compañeros de Lucía, que sufrieron con ella todos sus dolores, la ayudaron con todo su corazón. Durante ese tiempo, escribe, «…(Francisco) pasó el día llorando y rezando con una aflicción en cierto modo mucho mayor que la mia… » (10) ¡Su afecto por su pri ma mayor, quien hablaba a Nuestra Señora en su nombre, era tan profundo y delicado! Al atardecer, tan pronto como volvió a la casa, Lucía corrió al pozo a encon trarlos:
«Cuando por la noche volví, corrí al po zo, y allí estaban los dos de rodillas echados sobre el brocal, con la cabecita entre las ma nos llorando. Cuando me vieron, quedaron sor prendidos:
«- ¿Tu, estás aquí? Vino tu hermana a buscar agua y nos dijo que te habían matado. ¡Hemos rezado y llorado tanto por ti…! » (11)
Pero, la persecución desatada contra ellos solo había comenzado. Para el Hojalatero, la intimidación del 11 de agosto fue un revés… ahora él habría de en contrar otra forma de evitar que a los dos días, hubie ra un nuevo éxito para las apariciones…
II. LOS HECHOS DEL LUNES 13 DE AGOSTO
Desde los días previos, «innumerables masas de gente estaban llegando desde todas direcciones… vehícu los de todo tipo y tamaño se sucedían incesantemente. Los coches y carros estacionaban sobre la planicie, la larga línea de automóviles sobre el camino, y los mon tones de bicicletas, formaron uno de los espectáculos más curiosos. » (12)
En Aljustrel, desde la mañana del lunes, los viden tes fueron asediados desde todas partes:
«Todos querían vernos e interrogarnos y hacernos sus peticiones para que las transmi tiésemos a la Santísima Virgen. Eramos, en las manos de aquellas gentes como una pelota en las manos de los niños. Cada uno nos empujaba para su lado y nos preguntaba por sus cosas, sin darnos tiempo a responder a ninguno.
«En medio de esta lucha, apareció una orden del Sr. Administrador, para que fuera a casa de mi tía, que me esperaba allí. Mi padre era el intimado y fue a llevarme. » (13)
EL SECUESTRO DE LOS VIDENTES
El Hojalatero, en efecto, había llegado a la casa de Marto alrededor de las nueve. Quiso ver a los niños. Olimpia asustada, llamó inmediatamente a Manuel quien había salido, como era usual, a cuidar de sus campos. Prestemos atención a este relato, que muestra la in creíble desvergüenza del sub-prefecto, quien esa mañana pronunció, prácticamente, tantas mentiras como pala bras…
«»Así, Sr. Administrador, ¡usted está aquí también, entonces!» le dije.
«»Así es,» contestó, «yo también quise asistir al milagro.» Esto hizo latir más rápido mi corazón. «Iremos todos juntos,» continuó. «Yo llevaré a los pequeños en mi carruaje… para ver y creer, como Santo Tomás, eso es lo que quiero.» No obstante, pareció nervioso. Miró alrededor a todas partes, y dijo: » ¿Con que, no están los niños por aquí?…Se está haciendo tarde. Sería mejor llamarlos.»
«»Eso no es necesario,» observé. «Ellos son bien conscientes de cuando deben traer las ovejas, y prepararse para partir.» «En aquel momento llegaron los tres, lu ciendo tal como siempre y el Alcalde les pidió de ir en el carruaje con él. Los niños se de fendieron diciendo que no era necesario. «Será mejor de esa forma,» insistió, «podremos estar allí en un momento, y nadie nos molestará en el camino.» Le dije que no se preocupara, porque los niños podían ir muy bien solos. «Entonces iremos a Fátima,» dijo, «tengo alguna cosa que preguntar al Padre Ferreira.» Y fuimos, el pa dre de Lucía, yo y los tres niños. » (14)
El arcipreste de Porto de Mos también estaba pre sente. En realidad, él había llegado a Aljustrel en el carruaje del mismo Hojalatero, ¡quien había logrado persuadirlo que también creyera en las apariciones!
Alrededor de las diez, llegaron a la casa del Padre Ferreira. ¿Estaba él también engañado, o actuaba de esta forma simplemente para evitar problemas? A pedido del Administrador, el sacerdote consintió en interrogar a Lucía nuevamente. Esto se lee en el proceso canónico. En esta ocasión, Lucía mostraría una presencia de ánimo y una firmeza en sus respuestas digna de Juana de Arco o de Santa Bernardette.
«»Quien les enseñó a decir las cosas que están diciendo?»
«»La señora que vi en la Cova da Iria.»
«»Aquellos que andan propagando tales mentiras como vosotros lo estáis haciendo, se rán juzgados e irán al infierno si no son la verdad. Más y más gente está siendo engañada por vosotros.»
«»Si la gente que miente va al infierno, entonces yo no iré al infierno, porque no estoy mintiendo y digo solo lo que vi y lo que la Señora me dijo. Y la gente va allí porque quie re… nosotros no les dijimos que fueran.»
«»Es verdad que la Señora te dijo un se creto?»
«»Si, pero yo no puedo decirlo. Si Su Reverencia quiere conocerlo, le pregun taré a la Señora, y si Ella me lo permite, se lo diré a usted.» »
El ardid del Hojalatero había logrado un éxito per fecto. Su carruaje había sido colocado justo al pie de la escalinata del presbiterio. Pretendiendo terminar, dijo: «Estas son cosas sobrenaturales… vamos. » En un momento tuvo a los tres niños subidos a su carruaje, y la treta había salido bien. (15)
«»Esto estaba muy bien arreglado», dijo Ti Marto. El caballo salió al trote hacia la Cova da Iria y yo sentí un cierto alivio, pero cuando tomó la carretera principal, dio una vuelta repentina y el caballo azuzado partió como una luz.
«»Este no es el camino a la Cova,» dijo Lucía, en el carruaje.
«Entonces el Alcalde trató de tranquili zar a los niños diciéndole que estaban yendo primero a Ourem a ver al párroco allí, y que volverían en automóvil. Sobre la marcha, la gente comenzó a reconocer el carruaje del Al calde y a sus pasajeros, así, el los cubrió con una manta, para ocultarlos de los ojos curiosos de los peregrinos que ya estaban reuniéndose a lo largo del camino hacia Fátima.
«Una hora, una hora y media, y el Hojala tero llegó triunfal a su casa… » (16)
«CIERTAMENTE, VINO NUESTRA SEÑORA »
Esta vez, el Administrador creyó que había ganado el día. En la Cova da Iria, pensó, nada ocurriría, ¡y éste sería el fiasco final!
Pero Nuestra Señora se mostraría más poderosa que todas sus maniobras, y para la inmensa multitud de pe regrinos – ¡había entre dieciocho y veinte mil!- la fe cha del 13 de agosto marcó, por el contrario, su pasaje de la duda y la desconfianza a la creen cia. Maria Carreira llegó al escenario muy temprano y dio este relato.
«Si hubo mucha gente en julio, este mes hubo mucha, pero mucha mas. Algunos vinieron a pie y colgaban sus bultos de los árboles, otros a lomo de mula o a caballo. Había muchas bici cletas, también, y sobre el camino había un gran ruido de tráfico. Debe haber sido a eso de las 11, cuando Maria dos Anjos llegó, con algu nas velas para encender cuando viniera Nuestra Señora. (17)
«Alrededor del árbol, la gente estaba rezando y cantando himnos, pero los niños no venían y comenzaron a impacientarse. Entonces vino alguien de Fátima y nos dijo que el Admi nistrador los había secuestrado.
EL TRUENO Y EL RELAMPAGO. «Todos comenza ron a hablar a la vez y yo no imagino lo que pudo haber ocurrido si no hubiéramos escuchado el ruido del trueno.
«Fue más o menos lo mismo que la última vez. Alguno dijo que vino del lado de la carre tera, otros del árbol… a mi me pareció venir de muy lejos. De cualquier manera, la gente tuvo más bien un shock y algunos de ellos rompieron a gritar que seríamos muertos. Todos comenzaron a alejarse del árbol, pero, por supuesto, nin guno fue muerto. (18)
LA NUBE Y LA MODIFICACION DE LA LUZ. «Después del ruido del trueno, vino el destello de luz, y entonces comenzamos a ver una pequeña nube, muy delicada, muy blanca, que se detuvo por algunos momentos sobre el árbol y luego se elevó en el aire y desapareció. (19) Cuando miramos alrededor de nosotros, notamos una cosa extraña que habíamos visto antes y volvimos a ver en los meses siguientes… nuestros rostros estaban reflejando todos los colores del arco iris, rosado, rojo, azul… Los árboles lucieron como hechos de flores, y no de hojas… parecieron estar cargados de flores, cada hoja pareció ser una flor. La tierra apareció de colores, igual que nuestras ropas. La lámparas fijadas al arco, lucieron como de oro. » (20)
En suma, aparentemente todo ocurrió como si la apa rición hubiera tenido lugar. Claramente, Nuestra Señora no había faltado a la cita. Ella había manifestado Su presencia por estupendos, e incluso espantosos signos, -el primer trueno había despertado un momento de pánico en la multitud- y esta vez los signos fueron notados por una inmensa mayoría de peregrinos. Manuel Goná§alves, de la aldea de Montelo, pudo testimoniar el 11 de octubre al Canónigo Formigao: «Hubo muchos sig nos extraordinarios. En agosto prácticamente todos allí los vieron. » (21)
Tal fue así, que entre la multitud la gente comenzó a decirse: «Ciertamente Nuestra Señora vino. ¡Que lás tima que Ella no pudiera ver a los niños! » Esto solo incrementó la ira de estas gentes bravas, furiosas con tra los que tuvieron la audacia de privar a la Santísi ma Virgen de Sus confidentes habituales. Muchos salie ron para Fátima gritando contra aquellos que, creyeron, eran culpables o cómplices en su secuestro: el Adminis trador, el «regedor», e incluso… ¡el párroco! (22)
III. ENCARCELADOS EN OUREM
En el carruaje del Hojalatero, los tres videntes, -Francisco al frente, y Lucía y Jacinta atrás- estaban preparados sin duda para lo peor. Cuando llegaron, el Administrador «los encerró en un cuarto y declaró que no saldrían hasta que hubieran revelado el secreto. » Viendo que había pasado el mediodía, Francisco se dijo: « ¿Se nos aparecerá, tal vez, aquí Nuestra Señora? » (23) ¡Pero no! Ella no iría…
Poco después, fueron sacados para almorzar. La se ñora Adelina Santos, esposa del Hojalatero, los trató con bondad. Después de un buen almuerzo, ella los dejó jugar con sus propios hijos e incluso les ofreció algu nos libros de cuentos para distraerlos. Sin duda quiso compensar de esta forma la injusticia repugnante que su esposo les había hecho sufrir. Nosotros sabemos que sin conocimiento de su esposo ¡había hecho bautizar a sus hijos! Ella también vio que los inocentes prisioneros en nada faltaron.
El día 14 de agosto fue aún más doloroso para ellos. De acuerdo al Canónigo Galamba, debieron sopor tar nueve interrogatorios en total! El Hojalatero quiso arrancar de ellos el secreto a cualquier precio, por cierto que en esto encontraría la clave de las «conspi raciones clericales» que, de acuerdo a él, estaban de tras de todo ésto.
Primero, una mujer mayor trató de arrancárselos, pero en vano. Entonces, fueron llevados a la oficina del Administrador para ser interrogados separadamente. «El nos ofreció dinero y nos mostró un reloj con una cadena de oro, » recuerda Lucía. (24) Este fue un nuevo traspié, aunque el Hojalatero, sin embargo, tendría más tarde la honestidad de reconocer que no había consegui do sorprender a los niños en contradicciones entre sí.
Tal vez fue durante esta mañana, o tarde, que él llamó al Dr. Antonio Rodrigues de Oliveira, un médico de Leiría. Ya que no había tenido éxito en descubrir la «impostura clerical», ¿no podría, al menos, acusar a los niños de histeria o alucinaciones? El médico asis tió a varios interrogatorios de los niños y debieron soportar un examen clínico. Aunque «O Mundo» y otros diarios masónicos se habían adelantado inmediata mente a este examen, «lo cierto, » observa Costa Bro chado, «es que nadie hasta el presente día ha visto una sola palabra de las conclusiones a las que arribó el doctor. » (25) Este simple hecho es elocuente y no necesita ningún comentario.
Después de nuevos interrogatorios en la tarde, el Hojalatero decidió usar armas más fuertes: aterrorizar a los niños para obtener finalmente sus confesiones o al menos declaraciones de las que pudiera hacer uso.
Entonces los llevó a la prisión pública. «En ese lugar, que estaba muy mal iluminado, » recuerda Lucía, «había un gran número de ladrones jóvenes y otros prisioneros… Ellos fueron muy atentos con noso­…tros. » (26)
« ¡OFREZCAMOSLO A JESUS, POR LOS PECADORES! »
«Cuando, pasado algún tiempo estuvimos presos, a Jacinta lo que más le costaba era el abandono de los padres… y decía, corriéndole las lágrimas por las mejillas:
«- Ni tus padres ni los míos vienen a vernos… ¡no les importamos nada! » (27)
«- No llores – le dice Francisco -… ofrezcámoslo a Jesús por los pecadores.
«Y levantando los ojos y las manos al Cielo hizo él el ofrecimiento.
«- ¡Oh mi Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores!
«Jacinta añadió:
«- Y también por el Santo Padre y en re paración de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María. » (28)
En cuanto a Francisco, el más contemplativo de los tres, lo que más le dolió fue haber faltado a la cita con Nuestra Señora:
» ¿NO SE NOS APARECERA NUNCA MAS NUESTRA SEÑORA?» «Pero al día siguiente, manifestaba una gran pena y decía casi llorando:
«- Nuestra Señora puede haberse quedado triste porque no hemos ido a Cova da Iria, y no volverá más a aparecércenos. Y ¡me gustaba tan to verla!
«Cuando Jacinta lloraba en la prisión con la añoranza de su madre y de la familia, él procuraba animarla, diciéndole:
«- A madre, si no la volvemos a ver, pa ciencia. Lo ofreceremos por la conversión de los pecadores. Lo peor es que Nuestra Señora no vuelva más. Esto es lo que más me cuesta, pero también esto lo ofrezco por los pecadores.
«Después, me preguntaba:
«- ¡Oye!: ¿Nuestra Señora no volverá más a aparecércenos?
«- No lo se. Pienso que si.
«- Tengo tanta nostalgia de Ella… » (29)
Luego fueron interrogados una vez mas, por separado.
LA CALDERA CON ACEITE HIRVIENTE
«Cuando después de habernos separado, volvieron a juntarnos en una sala de la cárcel, diciendo que dentro de poco nos iban a buscar para freirnos, (30) Jacinta se acercó a una ventana que daba a la feria de ganado. Pensé al principio que estaría distrayéndose… pero ense guida vi que lloraba. Fui a buscarla y le pre­…gunté por qué lloraba… respondió:
«- Porque vamos a morir sin volver a ver a nuestros padres, ni a nuestras madres.
«Y, con lágrimas, decía:
«- Al menos yo quería ver a mi madre.
«- Entonces, ¿tu no quieres ofrecer este sacrificio por la conversión de los pecadores?
«- Quiero, quiero.
«Y con las lágrimas bañándole la cara… las manos y los ojos levantados al Cielo, hizo el ofrecimiento:
«- ¡Oh mi Jesús! Es por tu amor, por la conversión de los pecadores, por el Santo Padre y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.
«ANTES PREFIERO MORIR» «Los presos que presenciaban esta escena querían consolarnos.
«- Pero -decían- todo lo que tenéis que hacer es decir al señor Administrador ese se creto. ¿Que os importa que esa Señora no quie ra?
«- Eso, nunca -respondió Jacinta con vi veza-… antes prefiero morir. » (31)
EL ROSARIO EN LA PRISION. «Determinamos entonces rezar nuestro Rosario. Jacinta sacó una medalla que llevaba al cuello, y pidió a un preso que la colgara de un clavo que había en la pared, y de rodillas, delante de la medalla, comenzamos a rezar. Los presos rezaban con no sotros, si es que sabían rezar… al menos, se pusieron de rodillas. » (32)
«…(Francisco) vio que uno de los presos estaba puesto de rodillas con la boina en la cabeza. Se fue junto a él y le dijo:
«- Señor, si quiere rezar, haga el favor de quitarse la boina. «Y el pobre hombre sin más se la entrega, y él la pone encima de su caperuza sobre un banco. (33)
Después de esta escena conmovedora, Jacinta, quien ya no lloraba durante los interrogatorios, como señala Lucía, comenzó a sollozar cuando recordó a su madre. (34)
«Terminado el Rosario, Jacinta volvió a la ventana a llorar.
«- Jacinta, ¿entonces, tu no quieres ofrecer este sacrificio al Señor? -le pregunté.
«- Quiero, pero me acuerdo mucho de mi madre y lloro sin querer.
«Como la Santísima Virgen nos había dicho también que ofreciésemos nuestras oraciones y sacrificios en reparación de los pecados come tidos contra el Inmaculado Corazón de María, quisimos combinarnos escogiendo cada uno una intención. Uno lo ofreció por los pecadores, otro por el Santo Padre, y otro en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María. Puestos de acuerdo, pregunté a Jacinta cual era la intención por la que lo ofrecía ella:
«- Yo lo ofrezco por todas, porque todas me agradan mucho. » (35)
La lección no debería ser olvidada: junto con el deseo del Cielo, el pensamiento constante de estas tres intenciones, que son para nosotros hoy más urgentes que nunca, fue la fuente inagotable en la cual tres niños de diez, nueve y siete años, encontraron el coraje para enfrentar la muerte. Pues no hay duda que, en su can­…dor, ellos tomaron literalmente las amenazas del Hoja latero.
» ¡QUE HERMOSAS DISPOSICIONES PARA EL MARTIRIO!» Con la mayor ingenuidad, Sor Lucía, quien nos permite apre ciar cuan realmente creyeron ella y sus primos que ha bía llegado la hora de su muerte, relata luego el en cantador episodio siguiente:
(Imaginemos que estamos allí, en la prisión, asistiendo a la escena)
«Entre los presos, había uno que sabía tocar la armónica… y, para distraernos un poco, comenzaron a tocar y cantar. Nos preguntaron si sabíamos bailar… dijimos que sabíamos el «fan dango» y la «vira».
«Jacinta, fue entonces la compañera de un pobre ladrón, que, viéndola tan pequeña, terminó bailando con ella en los bra zos. ¡Ojalá Nuestra Señora haya tenido compa sión de su alma y lo haya convertido!
«Ahora dirá V. Excia. ¡Que bellas disposiciones para el marti rio!
«Es verdad… pero éramos niños y apenas pensábamos… » (36)
«Repentinamente apareció un guardia, quien con voz terrible llamó a Jacinta: «El aceite ya está hirviendo: ¡di el secreto, si no quieres ser quemada!»
«No puedo. »
« ¿Así que no puedes, eh? ¡Entonces yo te haré poder! ¡Ven!» Ella fue inmediatamente, sin siquiera decirnos adiós.
» ¡SI ELLOS NOS MATAN, ESTAREMOS PRONTO EN EL CIELO!» «Mientras interrogaban a Jacinta, él me decía con inmensa paz y alegría:
«- Si nos matan como dicen, dentro de poco tiempo estamos en el Cielo. Pero, ¡Que bien! No me importa nada.
«Y pasado un momento de silencio, decía:
«- Dios quiera que Jacinta no tenga mie do. Voy a rezar un Ave María por ella.
«Sin más, se quita la caperuza y reza. El guardián, al verlo en actitud de oración, le pregunta:
«- ¿Que estás diciendo?
«- Estoy rezando un Ave María para que Jacinta no tenga miedo.
«El guardia hizo un gesto de desprecio y le dejó actuar. » (37)
Poco después, el guardia vino a buscar a Francisco, luego a Lucía. Siempre el mismo escenario. El Hojalate ro hizo una tercera amenaza: ¡los tres serían hervidos juntos! Pese a esto, no obtuvo el secreto, ni ninguna clase de confesión…(38)
EL REGRESO A FATIMA. A la mañana siguiente, después de un último interrogatorio, él debió llevar a los ni ños de vuelta a Fátima. Su maniobra había fallado. Cuando llegaron, la Misa Mayor de la Asunción justo había terminado… Aquí están los testimonios es critos por el Padre de Marchi:
«Alguno preguntó a Ti Marto por los ni ños, a quien él replicó:
«»No se absolutamente nada. Ellos aún deben estar detenidos en Santarem… Nadie sabe donde están. El día en que fueron prendidos, mi hijastro Antonio, y algunos otros muchachos fueron allí (a Ourem) y dijeron que los vieron jugando en la galería de la casa del Adminis trador. Eso fue lo último que escuché.»
«Las palabras salieron apenas de mi boca, cuando escuché decir a alguien: «Mire, Ti Mar to, están en la galería del presbiterio!» Yo apenas supe como llegué allí, pero me abalancé y abracé a mi Jacinta… Verdaderamente no po día hablar… Las lágrimas se derramaban por mi cara y dejaron a Jacinta toda mojada. Luego Francisco y Lucía corrieron hacia mi gritando: » ¡Padre, tío, dennos vuestra bendición!»
«En aquel momento apareció un extraño pequeño oficial, un hombre que estaba al servi cio del Alcalde, agitado y tembloroso en forma extraordinaria. ¡Yo nunca había visto algo igual! El dijo: «Bien, aquí están vuestros hi jos.» » (39)
Cuando la gente vio que los tres videntes estaban en los escalones del frente del presbiterio, y el Hoja­…latero se había refugiado en una taberna vecina, algu nos jóvenes comenzaron a armarse de palos, y de no ha ber sido por la palabras tranquilizadoras de Ti Marto, sin duda, allí pudo haber habido un feo incidente! (40)
También el párroco, sospechado por muchos feligre ses de colaboración con el Administrador desde el se cuestro de los niños, fue violentamente reprendido. ¿No había ido el Hojalatero, también esta vez al presbite rio? Aunque doloroso para el pobre párroco, el engaño del secuestrador tendría una muy feliz conse­…cuencia en favor de las apariciones…
Amenazado por alguna gente, y acusado desde todas partes, el párroco de Fátima quiso justificarse publi camente.
«Como sacerdote católico, » escribe, «yo debo refutar con todo mi poder, la calumnia injusta e insidiosa que ha sido dirigida con tra mí, y declaro ante todo el mundo, que no tomé parte en nada, directa o indirectamente, en el odioso y sacrílego acto cometido por el imprevisto rapto de los tres niños que afirman que han visto a Nuestra Señora. » (41)
Hasta entonces, la prensa católica había guardado una reserva absoluta sobre los hechos de Fátima. El editor del gran diario católico de Porto, había visto adecuado justificar el secuestro de los videntes. En cuanto a la prensa liberal, había publicado relatos llenos de errores y mentiras, e incluso de contradic ciones. ¡Ellos procuraron explicar estos hechos tanto por «impostura clerical», como con la tesis de «aluci nación de los pobres niños! » (42)
Fue la carta del párroco de Fátima la que, provi dencialmente, fue a hacer conocer los hechos de manera objetiva a una gran audiencia. Apareció el 17 de agosto en A Ordem, el diario católico de Lisboa, poco después en O Mensageiro, el semanario de Leiria, y finalmente en el boletín de Ourem, O Ouriense del Deán de Olival.
Para disculparse y justificar su aparente indife rencia ante los ojos de los miles de peregrinos, el Padre Ferreira debió poner los hechos sobre el tapete. Sin duda contra su voluntad, pues él pensaba solo en su propia defensa, muchos pasajes de su carta hacen una excelente apología de las apariciones en la Cova da Iria. Estos pasajes contribuyeron seguramente a llevar una multitud aún más grande el 13 de setiem bre:
«Miles de testigos oculares pueden afir mar (43) que la presencia de los niños no fue necesaria para que la Reina de los Cielos mani festara Su poder. Ellos mismos atestiguarían del fenómeno extraordinario que ocurrió para confirmar su fe…
«La Santísima Virgen no tiene necesidad del párroco para manifestar su bondad, y los enemigos de la religión no necesitan empañar su benevolencia al atribuir la fe del pueblo a la presencia o no del párroco. La Fe es un don de Dios y no de los sacerdotes. Este es el motivo verdadero de mi ausencia y aparente indiferen­…cia ante hecho tan sublime y maravilloso…
«Yo me abstendré de dar un informe del fenómeno producido en el lugar de las aparicio nes… porque la prensa ciertamente lo ha pu blicado suficientemente. » (44)
Cualesquiera pudieran haber sido los motivos que movieron al párroco de Fátima a escribir esta carta, al menos atestigua de la inmensa impresión sentida por todos los peregrinos el 13 de agosto, a la vista de los grandes signos que habían visto. Sin quererlo, la carta dio al hecho un impacto aún mayor.

