Panorama Católico

Siete Virtudes Olvidadas

Un catálogo de siete virtudes que no figura en el listado del confesor promedio ni del maestro de catecismo.

R.P. Alfredo Sáenz S.J.
Siete Virtudes Olvidadas

Prólogo del R.P. Luis González Guerrico
Ediciones Gladius
Buenos Aires,1998
472 páginas.

Un catálogo de siete virtudes que no figura en el listado del confesor promedio ni del maestro de catecismo.

R.P. Alfredo Sáenz S.J.
Siete Virtudes Olvidadas

Prólogo del R.P. Luis González Guerrico
Ediciones Gladius
Buenos Aires,1998
472 páginas.

El libro que tiene ya sus años en plaza es una colección de ensayos sobre siete virtudes que no figuran, al menos algunas de ellas, en el catálogo del confesor promedio ni del maestro de catecismo. Si bien un buen sacerdote, nos hablará con frecuencia de la humildad, tal vez del patriotismo, o la virginidad, no será frecuente que nos pinte la magnanimidad, la estudiosidad, la liberalidad (no confundir con el liberalismo) y mucho menos la que lleva en su nombre un poco de la gracia a la que se refiere, a saber, la eutrapelia.

El libro está pensado no solo como obra de lectura sino también de consulta, por lo cual se ha incluido un completo índice de temas al comienzo, al estilo alemán, precediendo el prólogo del P. Luis González Guerrico, Vicario de la Diócesis de Paraná. En él nos anoticiamos de que esta compilación ha sido presentada después de que el P.Sáenz, fiel a su metodología, la ofreciese al público en forma de conferencias durante 1997.El prologuista nos introduce en el tema: las virtudes, la vida moral, el mundo moderno y posmoderno, insensible al cultivo de las fuerzas nobles del espíritu, abotagado por el hedonismo y confundido por falsas espiritualidades que despliegan su góndola de variedades místicas sin requerimientos ni exigencias morales. New Age.

A este público debe el católico hoy llevar la voz del evangelio y no siempre encuentra un terreno natural donde plantar la semilla sobrenatural. Los hombres contemporáneos parecen el suelo pedregoso de la parábola del sembrador. Pero la siembra ha de continuar de todos modos. Y uno de los modos de preparar el terreno es recuperar las virtudes naturales, a fin de dar humus a las sobrenaturales. No se puede sacar jugo de una piedra.

Pues bien el P. Sáenz, con su habitual solvencia y laboriosidad jesuítica ha trabajado, sobre el andamio seguro de Santo Tomás y de Aristóteles, todas y cada una de estas virtudes, que ya los paganos apreciaban como parte del ornato espiritual del hombre noble.

Recomendamos comenzar (válganos por una vez el capricho) por la magnanimidad y la eutrapelia. Una es la virtud del hombre de ánimo o alma grande, la megalopsijía de los griegos. Con distinciones como filigranas, el P. Sáenz nos la delineará con perfiles netos. No es la presunción, la vanagloria ni la ambición, que podrían considerarse sus caricaturescos excesos. No es, obviamente, la pusilanimidad, su defecto opuesto. La magnanimidad se enraíza en la esperanza sobrenatural y nos empuja a la acción y a la resistencia, teniendo un parentesco muy cercano con la fortaleza, sin ser lo mismo. La magnanimidad es, dice Santo Tomás, una «cierta tendencia del ánimo a las cosas grandes». Ya se ve que en la Argentina no abunda, al menos en las clases dirigentes.

La otra virtud que vemos con particular afecto es la eutrapelia. Digamos para comenzar que no se compadece con espíritus adustos. Es el placer del juego y la broma. El P. Sáenz nos habla del «humor» en las Sagradas Escrituras, en muchas de las parábolas donde las situaciones son tan extremas o por el contrario tan familiares que habrán movido a sonrisas a los privilegiados oyentes de Nuestro Señor. El juego es algo esencial a la naturaleza humana. El propio Aristóteles definía al hombre como un zoon (animal) loguikón (racional), politikón (social) y guelastikón (capaz de reir): esto nos diferencia del resto de la fauna.

El juego adopta por cierto muchas formas, la representación, la poesía, la música, y hasta el comercio, la jurisprudencia y la milicia. Acaso no redactó ese gran poeta argentino, Ignacio Braulio Anzoátegui una sentencia en verso&#8230… También este rasgo lúdico se reconoce en la liturgia. En especial la tradicional, donde el público cándido aprecia la coreografía, el despliegue de imágenes dibujadas por los movimientos de oficiante y acólitos, algo incomprensible para los espíritus pragmáticos que otean el reloj calculando cuanto más breve sería la misa si se hicieran menos reverencias, giros e incensaciones. La misa se «actúa» y por eso hay un maestro de ceremonias, un ritual y unos ornamentos.

Para abreviar, la eutraelia es la virtud por la cual el hombre descansa su espíritu, divierte su mente de las preocupaciones y vuelca en movimientos corporales y mentales su deseo de jugar. La eutrapelia hace al hombre liberal (generoso) en especial con su bien más preciado, su tiempo. Coadyuva a hacer la vida gozosa, tanto la propia como la del prójimo y no le hace perder el tono muscular de las demás virtudes: non molliuntur delectatione ludi, decía el aquinate, es decir «no se ablandan con el placer del juego».

Como toda virtud moral, es un justo medio entre defecto y exceso. El exceso sería el espíritu ligero, burlón, inelegante (la eutrapelia supone la elegancia del espíritu). El defecto, el hombre estreñido, seco, que se molesta de las bromas y gracias ajenas. Aristóteles lo llama agroikós: rústico, huraño. «El agroiko juzga inútil los momentos de broma… nada aporta de su parte, y todo se le hace motivo de tristeza».

Tantísimas consideraciones más expone el P. Sáenz en este bello y útil libro sobre las virtudes olvidadas. No olvide leerlo y recomendarlo.

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