Triunfo de la Cruz
Presentamos un extenso trabajo de análisis del filme de Mel Gibson. Se trata de un estudio realizado por un especialista en el arte cinematográfico, que es a la vez un hombre de fe y vastísima cultura. Con un estilo polémico y fuertemente asertivo, desglosa aspectos del filme y su entorno mostrándonos lo que él llama una visión signada por el entusiasmo, recordando la acepción primigenia del término.
Presentamos un extenso trabajo de análisis del filme de Mel Gibson. Se trata de un estudio realizado por un especialista en el arte cinematográfico, que es a la vez un hombre de fe y vastísima cultura. Con un estilo polémico y fuertemente asertivo, desglosa aspectos del filme y su entorno mostrándonos lo que él llama una visión signada por el entusiasmo, recordando la acepción primigenia del término. Es que solo desde el punto de vista de quien tiene a Dios en sí y ve a la luz de ese estado espiritual se puede profundizar el sentido y los detalles de una obra tan teológicamente rica como profundamente pidadosa y artísticamente bella. Este texto se publicará semanalmente en entregas de dos o tres capítulos.
Por Flavio Mateos
«O Crux, Ave, Spes Unica»
«En materia importante no se puede demostrar, sino mostrar».
Nicolás Gómez Dávila
«Dios nos habla de diversas maneras y por vías muy varias».
Kempis (Imitación de Cristo, L. I Cap. 5)
«Tu película no está hecha para pasear los ojos, sino para penetrar en ella y ser absorbido por entero».
Robert Bresson (Notas sobre el cinematógrafo)
«No hay para el alma representación más hermosa que el recuerdo continuo de la pasión de Cristo».
Kempis (El jardín de las rosas, Cap. XVI)
«Necesitamos que se nos recuerde continuamente aquello en lo que creemos»
C. S. Lewis (Mero Cristianismo)
«Si no es de Dios que hablamos, no es sensato hablar de nada seriamente».
Nicolás Gómez Dávila
EL FUROR DE LOS PROFESORES
«Kirkegor predijo que su enemigo iba a ser siempre «el Profesor»
R. P. L. Castellani (Notas sobre Kirkegor, Nueva crítica literaria)
«Ciertamente, Dios no nos prohibe contemplar un cuadro… pero su deseo es meternos adentro del cuadro……aunque sea rompiendo el cuadro. La misma belleza humana de Cristo es para ser trascendida hacia su Divinidad»
R. P. L. Castellani (Doce parábolas cimarronas)
«Yo soy de oficio poeta, y la Biblia es un libro ante todo poético… yo entiendo que el poeta es el primero llamado a entenderlo. No por cierto en sus detalles lingüísticos o técnicos, pero sí en su conjunto y su sentido»
Paul Claudel a Castellani, en Crítica literaria
«Seguramente el caso por antonomasia de penetración de la verdad, es decir de captación de la realidad mediante la intuición afectiva, sea el arte en general y la poesía en particular»
Abelardo Pithod
«Y empréstenmé su atención
si ansí me quieren honrar,
de no, tendré que callar,
pues el pájaro cantor
jamás se pára a cantar
en árbol que no da flor».
José Hernández (Martín Fierro)
Un irresistible impulso interior me llevó a escribir sobre esta película, pero no a dedicarle tantas páginas. Eso lo hicieron los católicos.
Aclaremos: los católicos que se empeñaron en «destrozar» esta película y también los que ya habían decidido, en su habitual despiste, que el cine no podía ser arte o era sólo algo subalterno y sin demasiada importancia. Hoy un film como éste viene a desmentir soberbiamente tales imposturas y muestra las posibilidades que las herramientas del cine, medio de conocimiento y decisión, son capaces de abordar y, por su medio, provocar en los espectadores no adheridos a ya rancios prejuicios culturosos.
Si el recibimiento del film hubiese sido unánime o si sólo se opusieran los mismos que se ven reflejados en la pantalla o los cretinos ideologizados con sus pasquines puntualmente subvencionados, no nos interesaría dar a luz estas páginas que se fueron urdiendo para acallar la verborrea impiadosa de los que se encierran en su atalaya, o para fustigar a los que, luego de la visión del film, volvieron a sumergirse en una indiferencia que clama su castigo al cielo.
Espero me perdonen los que esperan un inmutable tono doctoral exegético o la impasible disección de laboratorio en mis afirmaciones, pero, como voy a hablar no de algo muerto, sino de algo vivo y que vive en mí, complaceré a los ya irritados ( ¿irritados o indiferentes? Creo que irritados ante la no indiferencia frente al film) y caeré ante sus desdenes bajo la acusación de «subjetivismo» en estos «mal limados borradores». ¿Por qué empiezo haciendo referencia a los detractores de esta película? Porque aún ellos forman parte de estos ejercicios de admiración, o tal vez por aquello del Martín Fierro, «no para mal de ninguno/ sino para bien de todos», que así se han de hacer las cosas.
Esta asociación que muchos hacen entre lo subjetivo y la opinión, no corre de este lado, al menos, cuando uno se somete a la verdad. Conocer (de oídas) no es lo mismo que comprender (ser capaz de relacionar lo conocido). Ser subjetivo no equivale a opinar. Lo subjetivo comprende que conoce y qué conoce y lo expresa a partir de un estado del alma. Un estado del alma producido a partir de la belleza, belleza construida con sabiduría y paciencia, expresión de lo objetivo. Nuestra experiencia estética está hecha de lo que somos, nuestra transmisión debe basarse en las ideas, pero sin desprenderse de lo primero. Dice el Padre Castellani: «La experiencia es un modo de conocer que se refiere a uno mismo por un lado y por otro a las cosas… pero a las cosas que han pasado por uno… de modo que es un conocimiento enteramente cierto, indubitable… porque no es un conocimiento de oídas… y eso es lo que significa esa frase aparentemente disparatada del filósofo Kirkegor: «La subjetividad es la verdad»… lo cual quiere decir que la única verdad verdadera, segura y vital que poseemos es aquella que está enzarzada con nuestra propia existencia. Todo lo demás, aunque no sea despreciable, son saberes de oídas» (Arte Poética, Las canciones de Militis).
En qué medida las verdad inmutable en uno, en qué medida el haber o no vivido la experiencia de la verdad y el modo de conocer propio (conocer y vivir la religión), permite reconocer esa verdad en el otro o en una obra de arte, eso es parte constitutiva que no se puede soslayar, junto con el conocimiento específico del cine que nos da la mirada educada para ello, para poder aprehender, discriminar y sacar provecho de este film. Para eso debemos «meternos dentro del cuadro», como decía Castellani, o, bien entendido, en la película, que no es un cuadro, aunque algunos crean que la pueden juzgar como tal.
Desde que el film se estrenó, toda clase de comentarios revolotearon a mi alrededor, ningunos tan explosivos como inesperados, que los de algunos católicos tradicionalistas -en realidad, la división es hoy entre católicos y modernistas o naturalistas, aunque a algunos no les guste-. Hay que decir también que, como aquel «profesor» que cargaba contra Kierkegaard (que no era uno solo), me fue dado comprobar, ya no para mi asombro, que todos aquellos que peroraban contra la película eran, sí, profesores o, en algún caso, quien se había acercado a la Fe en actitud profesoral, esto es, más munido de manuales que de dolores, de ciencia y relaciones que de ficciones y soledades. Igualmente triste es comprobar la extraordinaria semejanza física que los hermana, por lo cual uno nos recuerda al otro, y éste a aquel. Lo lamentable, además, es que estos profesores se unan -sin quererlo- al vociferante coro de judíos, progresistas, modernistas y faranduleros que despreciaron y atacaron al film y a su director.
No sé por qué ahora me acuerdo de otra película. O sí, lo sé.
En el film que cierra la extraordinaria saga de «El Padrino», ustedes recordarán, hay una escena breve, bella y epigramática. Antes de recibir la confesión de Michael Corleone, el cardenal Lamberto, «un cura de verdad» (quien luego será elegido Papa, Juan Pablo I), saca amargamente una piedra de una fuente y la rompe, diciendo: «Mire esta piedra. Estuvo en el agua mucho tiempo, pero el agua no la ha penetrado. Lo mismo pasa con los europeos. Por siglos han sido sumergidos por la cristiandad, pero Cristo no los penetró». Así parece haber pasado con esta película, no ha penetrado en ellos, sus ojos pequeños y escudriñadores -bien es necesario precaverse contra la herejía-, tal vez justamente por este exceso de celo, han sido cubiertos con un velo, que los más simples no han tenido. Ese desapego, fruto de una posición de distanciamiento intelectual que, según el crítico V. F. Perkins, puede impedir la comprensión: «No puede analizarse, ni comprenderse una experiencia que se ha rechazado» (El lenguaje del cine). Acerca del porqué de todo esto, se podrá leer más adelante -si se desea llegar hasta allí- algo más. Lo cierto es que algunos católicos -pocos por cierto, y no se olvide de la anterior división que establecimos- vienen a coincidir con los enemigos de Cristo, quienes parecen haber visto más claro el sentido del film, acusando el impacto, y afirmando que «este film nos retrotrae a la Iglesia de antes del Concilio», ya sabemos cuál. Como suele decirse, a confesión de parte, relevo de pruebas. No obstante, no se trata acá de lo que la película hace con ellos, sino de lo que hacemos nosotros a partir de la película. De lo que la película es capaz de hacer en nosotros.
Me viene a la mente también el siguiente texto:
«Los que mejor la interpretan (la Misa dominical) -no en sus formas determinadas sino en su sentido general- son los niños (pues la inocencia es doctísima maestra). Ellos se libran totalmente a la admiración (obsequio del Cielo tan escaso en las complicadas conciencias contemporáneas) y ven cosas que muchos adultos ni siquiera sospechan. Pueden construir una aventurada teoría sobre cada asunto, evidentemente que no dogmáticamente correcta, pero estoy seguro que encaminada hacia la profunda verdad. No los pasos son sensatos, pero sí el sentido de ellos» (Alberto Wagner de Reyna, Introducción a la liturgia). Los niños entenderán mejor este film que los doctos con cátedra, circunspectos a destiempo y cesantes de la imaginación, los «critiquistas» y desconfiados a ultranza. Entenderán los niños o los que sepan hacerse como niños, sin llegar a serlo.
AGRADECER
«La admiración es un abandono feliz»
Kierkegaard
«Sólo el asombro y la admiración comprenden algo»
San Gregorio de Nyssa
Salir de la sala, después de haber visto por primera vez esta película, y alegrarse de haber adoptado la costumbre de nunca ver acompañado un film en tal circunstancia, es todo uno. Para que no se malinterprete: no me molesta la compañía de anónimos y callados espectadores junto a mí, pero, como diría Marco Denevi, «me gusta tanto el cine que no aguanto la compañía de nadie». La presencia de un acompañante obligaría seguramente a hablar y estropear así lo que el film, cuando es grande, aún sigue manifestando dentro de uno. Poder pensar, entonces, como Robert Walser, que «soy tan dichoso de no estar obligado a hablar demasiado, porque me asedian constantemente las impresiones», y no escuchar que se reduce una obra de arte a un banal (y aún elogioso) comentario de pasillos, «con ese fervor que ponen las personas cuando explican asuntos que apenas comprenden» (como dice José Bianco en «Las ratas», y que me perdone el «Profesor» o sabihondo si cito a tantos autores no cristianos… ya le daré el gusto). Es mejor, entonces, alejarse del murmullo y prolongar la soledad de la sala.
Según parece, a muchos nos pasa que, cuando queremos volver a pensar esta película, nos sentimos aún contenidos en ella, imbuidos de una impresión que es difícil de comunicar haciendo abstracción de nuestra experiencia individual, la que, por ser tan profunda, más cuesta iluminar. Se escribe entonces, como pocas veces, bajo el influjo de aquello que, como sabemos, induce las indagaciones filosóficas, la reflexión, el afán de poner en claro las cosas: hablo de la admiración, ese mirar activo que invita a despertar y darse cuenta de las cosas.
Admiración que, en primer lugar, suscita en uno la necesidad de agradecer. Chesterton titulaba un artículo suyo con estas cuatro palabras de un verso de su amigo Belloc: Elogiar, exaltar, establecer y defender. Acaso luego de agradecer, deba uno encaminarse, desde la propia limitación, a emprender ese camino, esas cuatro cosas que hace brillantemente Mel Gibson con su película. También, y por qué no, está en uno el afán de rememoración, como quien anota un sueño increíble, que aún despiertos permanece en nosotros, y que sabe que de no perpetuarlo en esas líneas, de a poco se desvanecerá. Si el cine tiene mucho de sueño en su mecanismo, lo supera en que es un sueño al que puede volverse una y otra vez y, además, es un puente que nos demanda vivir la realidad a partir del sentido de lo visto.
Ahora bien, ¿es necesario traducir inútilmente en frías palabras lo inefable que a cada uno pudo haberle provocado esta película? ¿No bastan acaso la emoción, el ensimismamiento, la gloria del final? Por eso, prescindiendo de esas primeras e imposibles descripciones ( ¿cómo describir el amor y la compasión, la tristeza y la alegría, sin hacerlo vanamente, como vano e insulsa encontramos esta ciudad que nos rodea al salir del cine?), habrá que admitir, cada uno en su mucha, poca o casi nula humildad, en el silencio más doloroso, la propia caída de cada día, el dolor infligido a Cristo a través de nuestros pecados, la necesidad de conversión diaria, el camino que se nos ha mostrado con toda claridad. Después, sólo después de esto, podremos recapitular, empezar a hilvanar todo lo que esta película sublime nos ofrece, recordando aquello que escribió Sertillanges: «La admiración, que se desentiende voluntariamente de la imitación y del amor, es a los ojos de Cristo una verdadera blasfemia (…) Cuando yo he terminado de admirar un objeto cuya razón total pide la imitación, ésta debe dar comienzo o bien dejo desde ese momento de admirarla» (Los grandes temas de la vida cristiana).
FUERA DEL PLANETA RUIDOSO
«El hombre en su interioridad utiliza la inteligencia de modo deplorable con el propósito de mantenerse lejos de toda decisión»
Sá¶ren Kierkegaard (La pureza del corazón es querer una sola cosa)
«En el silencio se gestan las herramientas que permiten hallar la Verdad. Entre el silencio y la Verdad hay una callada armonía. El hombre creador de cultura invita al silencio»
Stan Popescu (Cultura y libertad)
«Quien posee en verdad la palabra de Jesús puede oír incluso su silencio»
San Ignacio de Antioquia
«Yo, el predicador, debo elevar la voz cuando te hablo. Pero Cristo te instruye más eficazmente en silencio»
San Agustín (Sermones 102, 2)
¿De dónde procede sino, este film que a este mundo, o a los que son del mundo, o a los que aceptan el mundo, les parece tan chocante? ¿Cómo no sorprendernos desde que se nos dio a conocer el proyecto, su realización por parte de un católico verdadero, sus diálogos en latín y arameo, su fidelidad a los Evangelios, su carácter mariano, su mostración de la Misa como sacrificio, entre tantas otras cosas? ¿Cómo esto, de dónde en un planeta ruidoso que se aturde con «tecnología de avanzada» para no dejar lugar al rumor de la oración, o al íntimo silencio donde escuchar a Dios? ¿De dónde en un mundo donde los medios de comunicación soterran el pudor y la inteligencia, y se escarnecen de los valores que enlazan con lo sagrado, propalando en contrario, la apología desembozada del pecado y la libertad de perdición, todo disfrazado como un bien?
Fatigoso es este mundo que cerca el acecho y que a veces nos hace creer que su malévola, ruidosa y horrorosa unicidad ya ha sido definida sin que nada podamos hacer. Pero entonces, cuando ya la modernidad proclama salvaje y estruendosamente -televisadamente vía satélite- que no hay bien ni mal o que todo depende de uno mismo… que lo importante es lo que uno sienta, y para eso están los derechos humanos, para no coartar los infinitos deseos ultra-estimulados… que el pecado no existe y que Dios se escribe con minúscula, porque es un invento ya innecesario a los hombres… cuando todo esto se desparrama en nombre de la diosa Democracia desde las grandes ciudades hasta los rincones más remotos del planeta, cuando el ideario del hombre moderno es «comprar el mayor número de objetos… hacer el mayor número de viajes… copular el mayor número de veces» (N. Gómez Dávila), es entonces que surge este film, realizado contra viento y marea, que parece obra de pocos para un puñado de «retrógrados» católicos «a la antigua», y que sin embargo es visto por millones en todo el mundo, provocando decisiones, devociones y rechazos, poniendo a los hombres, solos frente a la representación más impresionante de Aquel que no vino a traer la paz sino la espada, en la situación de tener que decidir acerca de su relación con aquel Hombre y Dios, que es su Redentor, quiéralo o no. Ya no hay lugar para la demora, la distensión enajenante o el activismo tras utopías humanistas o sanas razones autosuficientes. La vida en esta tierra es «milicia contra la malicia», Orad y vigilad, dijo el Señor. Este film nos viene a sacudir de un mundo solo de apariencias y simulacros, de fantasmas mediatizados, de aturdida soledad y decisiones siempre pospuestas. Si no es uno el que decide, por nosotros decide el mundo, el demonio, la carne. Queda poco tiempo. Como decía el Padre Castellani:
«La ciencia más señalada
es que el hombre en gracia acabe
porque al fin de la jornada
>aquel que se salva, sabe
y el que no, no sabe nada».
LA IMAGEN DESECHADA
«El elogio pálido de algo bello es una ofensa»
Ingres
«Todo pasa, una sola cosa te será contada, y es tu obra bien hecha. Noble es el que se exige, y hombre, tan sólo, quien cada día renueva su entusiasmo»
Eugenio d’…Ors
«Sentirnos capaces de leer textos literarios con imparcialidad de profesor es confesar que la literatura dejó de gustarnos.»
Nicolás Gómez Dávila
Entusiasmo es una palabra derivada del griego, que suele definírsela por éxtasis, arrobamiento, exaltación emocional o fervorosa, pero también como «estar inspirado por la divinidad», ya que propiamente deriva de theós. También la podemos definir como el tener a Dios dentro de sí. Para esto se necesita fe, claro. O, mejor aún, como lo dice Kierkegaard, «el entusiasmo de la fe». «El entusiasmo de la fe nunca es una defensa, sino que es un ataque y una victoria. Un creyente es siempre un vencedor».(S. K. La enfermedad mortal). Y sin embargo, la tibieza como una bruma pestilente parece infiltrarse hasta en los medios que frecuentamos los católicos, y, con las excepciones del caso, extrañamos el encomio y el vapuleo, el elogio y el desprecio justificados, el entusiasmo de la fe que laboriosamente escarnece o pondera, sin recurrir al indecisionismo del «film polémico» o los métodos y formas desastradas con que los medios gráficos suelen diseccionar lo que para ellos es una cosa muerta. Sin el entusiasmo corremos el peligro de adormecernos fácil y cómodamente, pues, «vivían ellos en un mundo que execra todo enigma y no aprecia otros bienes que aquellos que pueden adquirirse en el mercado» (J. Conrad, El regreso).
Entusiasmo es la característica de los artistas y los niños, por eso Francis Ford Cóppola dijo una vez: «Mi mayor virtud es el entusiasmo. Todo lo que me interesa me emociona… soy como un chico de seis años». Esto nos lleva a recordar al Padre Castellani y su definición de la poesía: » ¿El hombre que pone su nombre a todas las cosas y juega con ellas, no se llama poeta? ¿Se puede ser poeta sin ser pensador? Piensa, puesto que es el rey del sentido común (……) Porque jugar no es necesariamente engañar. El hombre cuando juega finge, pero el niño al jugar hace una cosa importante y seria. Chesterton es un niño terrible. Se puede jugar con fantasmas y jugar con cosas. Dios jugó con cosas cuando hizo el mundo y juega todos los días haciéndolas. Y al hombre le es dado jugar con las ideas, fantasmas de las cosas, el cual juego es llamado vulgarmente poesía, de una palabra griega que significa crear». La diferencia es que el cine juega con cosas y con ideas -representadas por las cosas-, de ahí aquello de Hitchcock: «En un film documental el autor es Dios. En un film de ficción el autor es quien lo realiza». Entusiasmo es lo que necesitó (el entusiasmo de la fe) Mel Gibson para ir contra la corriente tumultuosa de este mundo que cae irrefragablemente, sin importar los obstáculos que se presenten.
La imagen desechada por el mundo es ésta que Mel Gibson nos presenta, en cada una de sus implicancias. La imagen desechada que en muchos es vileza y perdición, pero en otros puede ser un síntoma de tibieza. Dice Epicteto: «Si se dice mal de ti, y es verdad, corrígete… si es mentira, ríete». ¿Pero qué hacemos si se dice mal de otro, contra toda evidencia? ¿Cada uno tiene su verdad, o debemos anclarnos en la verdad para saber defenderla? ¿Defenderla? ¿Cómo? No dejando replegado el corazón, temeroso y escondido, para, aprendiendo a ver, asistidos siempre por la ayuda que no debemos dejar de demandar en la oración, inteligir la verdad, y entonces ser verdaderos. Quien mira y no ve, tiene su propio castigo. Pero quien ve y no dice obra, en contra de sí mismo. Se trata de no dejar que coloquen las lámparas debajo de la mesa. Y una forma de oscurecer es el recurso miserable de la tibieza.
«Por toda la eternidad es imposible que yo obligue a una persona a aceptar una opinión, una convicción, una creencia. Pero sí puedo hacer una cosa: puedo obligarle a darse cuenta. En un cierto sentido ésta es la primera cosa… porque es la condición antecedente a la próxima cosa, es decir, a la aceptación de una opinión, de una convicción, de una creencia. (…) Al obligar a un hombre a darse cuenta logro también el propósito de obligarle a juzgar. Ahora está a punto de juzgar… pero lo que ahora juzga no está bajo mi control. Tal vez juzga en sentido totalmente opuesto de aquel que yo deseo. Además, el hecho de que se ha visto obligado a juzgar puede tal vez haberle amargado furiosamente contra la causa y contra mí. Y acaso yo soy la víctima de mi acto temerario. Obligar a la gente a darse cuenta y a juzgar es la característica del auténtico martirio. Un mártir genuino nunca usa su fuerza, sino que lucha con la ayuda de la impotencia.» (Sá¶ren Kierkegaard, Mi punto de vista). Cabe esta pregunta: ¿Hasta qué punto nos damos cuenta? Parece ser entonces que nuestro primer paso ha de ser el de obligarnos a nosotros mismos a darnos cuenta y a juzgar. Para quien quiere, este film puede ser un elemento más en el camino de ese darse cuenta de cuál es el camino que debemos seguir, ése que Cristo caminó antes que nosotros y por nosotros. El único que debemos seguir.

