¿Debemos hacernos protestantes?
Ya es tiempo de encontrar de nuevo el sentido común de la fe, de reencontrar la verdadera obediencia a la verdadera Iglesia, oculta bajo esa falsa máscara del equívoco y la mentira. La verdadera Iglesia, la Santa Sede verdadera, el Sucesor de Pedro, los Obispos en cuanto sometidos a la Tradición de la Iglesia, no nos piden y no pueden pedirnos que nos volvamos protestantes, marxistas o comunistas.
Los actos conjuntos luterano-católicos que tendrán lugar el 31 de octubre y 1º de noviembre próximos parecen inspirados en una novela apocalíptica. Allí Francisco reconocerá que Lutero fue un verdadero reformador de la Iglesia, que tenía razón en sus tesis y que la formación del protestantismo fue una «medicina» para la Iglesia que debemos agradecer. Por eso conviene recordar algunos de los tantos textos de quienes nos advirtieron sobre esto hace casi 50 años.
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Satanás ha logrado verdaderamente un golpe maestro: logra hacer condenar a quienes conservan la fe católica por aquéllos mismos que debieran defenderla y propagarla.
Ya es tiempo de encontrar de nuevo el sentido común de la fe, de reencontrar la verdadera obediencia a la verdadera Iglesia, oculta bajo esa falsa máscara del equívoco y la mentira. La verdadera Iglesia, la Santa Sede verdadera, el Sucesor de Pedro, los Obispos en cuanto sometidos a la Tradición de la Iglesia, no nos piden y no pueden pedirnos que nos volvamos protestantes, marxistas o comunistas. Ahora bien, se podría creer al leer ciertos documentos, ciertas constituciones, ciertas circulares, ciertos catecismos que se nos pide que abandonemos la verdadera Fe en nombre del Concilio, de Roma, etcétera.
Debemos negarnos a volvernos protestantes, a perder la Fe y a apostatar como lo hizo la sociedad política después de los errores difundidos por Satanás en la Revolución de 1789. Nos rehusamos a apostatar, aunque fuera en nombre del Concilio, de Roma, de las Conferencias Episcopales.
Permanecemos adheridos, por sobre todo, a todos los Concilios dogmáticos que han definido a perpetuidad nuestra Fe. Todo católico digno de este nombre debe rechazar todo relativismo, toda evolución de su fe en el sentido de que lo que ha sido definido solemnemente por los Concilios en otros tiempos dejaría de ser válido hoy y podría ser modificado por otro Concilio, con mayor razón si es tan sólo pastoral.
La confusión, la imprecisión, las modificaciones de los documentos sobre la Liturgia, la precipitación en la aplicación, demuestran bien a las claras que no se trata de una reforma inspirada por el Espíritu Santo. Esta manera de obrar es de tal modo contraria a las costumbres romanas que obran siempre «cum consilio et sapientia». Es imposible que el Espíritu Santo haya inspirado la definición de la Misa según el artículo VII de la Constitución y aún más inaudito que se haya sentido la necesidad de corregirla enseguida, lo que es una confesión de chapucería en la más importante realidad de la Iglesia: el Santo Sacrificio de la Misa.
La presencia de los protestantes para la reforma litúrgica de la Misa, es preciso confesarlo, establece un dilema al cual parece difícil escapar. Su presencia significaba o que estaban invitados a reajustar su culto según los dogmas de la Santa Misa o que se les preguntaba lo que les desagradaba en la Misa Católica para evitar que se dejara presente una expresión dogmática que ellos no podían admitir. Es evidente que esta segunda solución es la que fue adoptada, cosa inconcebible y ciertamente no inspirada por el Espíritu Santo.
Cuando se sabe que esta concepción de la «Misa normativa» es la del Padre Bugnini y que él la impuso tanto al Sínodo como a la Comisión de Liturgia, se puede pensar que hay Roma y Roma, la Roma eterna con su fe, sus dogmas, su concepción del Sacrificio de la Misa y la Roma temporal influenciada por las ideas del mundo moderno, influencia a la que no ha escapado el propio Concilio —el cual, a propósito y por la gracia del Espíritu Santo quiso ser únicamente pastoral.
Santo Tomás se pregunta en la cuestión de la corrección fraterna si conviene que se la practique a veces con los Superiores. Con todas las distinciones útiles, el el Doctor Angélico responde que se la debe practicar cuando se trata de la Fe.
Ahora bien, ¿quién puede con toda conciencia decir que hoy en día la Fe de los fieles y de toda la Iglesia no está amenazada gravemente en la Liturgia, en la enseñanza del catecismo y en las instituciones de la Iglesia?
Léase y reléase a San Francisco de Sales, San Roberto Bellarmino, San Pedro Canisio y Bossuet y se hallará con asombro que tenían que luchar contra los mismos falsos procedimientos. Pero esta vez el drama extraordinario consiste en que estas desfiguraciones de la Tradición nos vienen de Roma y de las Conferencias Episcopales; si uno quiere por consiguiente guardar su Fe tenemos que admitir sí que algo anormal pasa en la administración romana. Debemos, por cierto, sostener la infalibilidad de la Iglesia y del Sucesor de Pedro, debemos también admitir la situación trágica en que se encuentra nuestra Fe católica por las orientaciones y los documentos que nos vienen de la Iglesia; la conclusión vuelve a lo que decíamos al comienzo: Satanás reina por el equívoco y la incoherencia, que son sus -medios de combate y que engañan a los hombres de poca Fe.
Mons. Marcel Lefebvre: El Golpe Maestro de Satanás

