Panorama Católico

El músculo olímpico

El difícil determinar cuales sean los músculos más importantes en las disciplinas olímpicas, pero a ojo de buen cubero, y según se ha visto muchas veces, multiplicado al infinito en Brasil, parecen ser los glúteos.

El difícil determinar cuales sean los músculos más importantes en las disciplinas olímpicas, pero a ojo de buen cubero, y según se ha visto muchas veces, multiplicado al infinito en Brasil, parecen ser los glúteos.

Nos referimos, claro, a la ceremonia de inauguración y algunas pruebas de los juegos de Río de Janeiro, y también al atuendo usado en varias disciplinas deportivas en las cuales las competidoras exponen con rigor esta parte fundamental de su anatomía sin que razones técnicas (que ya no morales, ¿a quién le importan?) parezcan justificarlo.

Pero dejemos el tema atrás, donde debe estar, porque ya lo ha sintetizado muy bien Eulogio López en su breve nota sobre el mismo ítem. Comencemos estas reflexiones por los temas alusivos de los espectáculos inaugurales, que dicen mucho del espíritu de los juegos: La fraternidad de los pueblos por medio del deporte. Tema que trató, también con cierta impudicia Francisco en sus célebres vídeos de “intenciones de oración” (agosto de 2016).

De un barón a los (proximamente) atletas transgender…

Todos saben que el alma mater de la olimpíadas fue el barón francés Pierre de Coubertin, fundador de la práctica rediviva de la antigüedad, la cual era de culto religioso. La Argentina, digámoslo con orgullo, formó parte ya del primer comité olímpico, en el siglo XIX, cuando los elegidos eran muy pocos.

Los juegos tomaron gran auge con el correr de los años, sin que falten quienes atribuyan esto a la influencia de la Masonería. Habrá que probarlo. En contrario circula un libro de la historiadora del deporte Antonella Stelitano, donde afirma tener documentación que prueba el apoyo que San Pío X dio al deportivo noble (Coubertin), cuando viajó a la Santa Sede buscando avales para que Roma fuese sede olímpica en 1908, lo que no pudo ocurrir por razones económicas, y terminó finalmente en Londres.

Según la autora, el papa Sarto consideraba los juegos con gran entusiasmo. De ser así, él miraría en el deporte un medio para educar y entretener a la juventud, para fortalecer la voluntad y difundir el amor por la disciplina y el esfuerzo, sustento natural de las virtudes sobrenaturales (la gracia supone la naturaleza). Y vería también que estos juegos podrían ser instrumento para ello debidamente alentados por la doctrina cristiana. No se, supongo. Porque aunque Pío X era un papa que gustaba del deporte, no me consta el relato de la historiadora mentada. Démoslo por bueno.

En tal caso, también, como una práctica saludable, aunque en aquellos tiempos el sedentarismo no era un lujo que pudieran darse muchos, en particular los pobres. El deporte olímpico comenzó como un modo muy artificial (sin que eso sea en desmedro) de ejercitar el cuerpo. Tanto como los deportes hoy tan populares inventados en la modernidad, aunque el buen gusto de los tiempos hacía que se copiaran los de la antigüedad, casi siempre vinculados con la guerra.

Lo cierto es que la práctica moral católica ha promovido el deporte en la juventud entre otras cosas para que los naturales ímpetus de la edad se canalizaran en actividades nobles y alejadas de las tentaciones de las pasiones concupiscibles. Remedio natural que supone su complemento sobrenatural.

Del deporte a la rivalidad deportiva

Lo cierto es que el deporte de competición, sobre todo de alta competición, no tiende a difundir la camaradería y la generosa donación al bien común, ni la paz entre los contendientes, (a menos que sean personas extremadamente virtuosas, que las debe haber). Menos si estos deportes son promovidos como instrumentos de propaganda política. Lo han sido y continúan siendo de un modo grosero bajo los regímenes comunistas, y sin duda, con más sutileza, forman parte de la “grandeza” que las potencias democráticas demuestran al mundo como “políticas de Estado”.

La obsesión por ganar o al menos figurar en un podio (sobre todo si la opción es el tiro en la nuca); el uso de recursos poco leales, dudosamente saludables (como el consumo de sustancias, permitidas o no, el entrenamiento inhumano, y finalmente, en los tiempos actuales, la distribución de miles de profilácticos entre los atletas) nos mueven a preguntarnos: el deporte como instrumento de perfección de la salud… ¿dónde quedó?

Sin duda no serían estos los planes de San Pío X cuando pensaba en dar su aval al deporte olímpico, ni tampoco los del barón de Couvertain. Pero el deporte, con todo lo bueno, humano y saludable que tiene, no deja de ser un medio natural, es decir, subordinado, al servicio de fines sobrenaturales. Que son también los fines últimos del Estado. Para decirlo más directamente: los gobiernos civiles deben promover todo aquello que conduzca al bien de sus pueblos, a fin de que sean virtuosos y salven sus almas.

Algo me dice que estos juegos no se orientan a este fin.

Las tricicletas LGBT, la naturaleza y el aumento de las “naciones”

Comedidos comentaristas informaron que cinco de los conductores de las espantosas tricicletas floridas con las que se presentaban las naciones -¿cuántas naciones hay en este mundo globalizado?- eran “transgender”, o sea hombres quirurjizados mujeres y viceversa. Más claro, hombres que no eran hombres, y mujeres que no eran mujeres conducían triciclos con flores de plástico en nombre de la preservación de “lo natural”. Algo no muy coherente con la naturaleza, si se lo piensa bien. Ya que la naturaleza –que no precisa de nosotros, según dicen los ecologistas- era el tema central de la ceremonia.

Parece un chiste.

Además, muchas de “las naciones” que se hicieron presentes parecían salidas de alguna parodia de repúblicas bananeras. Y encima se sumaron delegaciones de expatriados, muy respetables por cierto. Pero las que prodigaron más colorido, en esta fiesta de la unión de la humanidad, fueron las que reivindicaban el mismo nombre (del norte y del sur, del este y del oeste, de aquí, de acá y de acullá), y por cierto, en algunos casos hasta tres. Y otras, ante la imposibilidad de dividirse, se reunieron, como la delegación de atletas de la Micronesia, que con miles de islas llevó un solo competidor.

Parece un chiste.

Todo bien, y ojalá gane una medalla de oro. Pero como juegos de la unidad que llevan más de 100 años y cada vez ven pasar más “naciones” que antes eran una sola… resultan un poco ineficaces. Sobre todo porque no solo están divididas sino en guerra.

Si Dios no lo remedia, los próximos juegos van a tener que financiar vestuarios especiales para las distintas “opciones de género”, y habitaciones para las nuevas naciones que se creen en los próximos años, porque estas de Río eran más que las que reconocen las Naciones Unidas, lo que es decir.

Nada de dispendio de dinero donde hay necesidades

Es verdad que la ceremonia fue horrible pero finalmente barata pues todo se limitó a unos tíos disfrazados de marcianos con unas capas metalizadas, a unos que paseaban una cajas de acero brillante con miles de semillas (= naturaleza) y al rejunte de comparsas donde brillaron la fealdad de los atuendos, y los glúteos curtidos por el sol.

Todo conteste con lo políticamente correcto: hay que salvar el planeta del CO2 (mientras emitían grandes cantidades de gases explosivos al aire, aunque fue lo único vistoso) y dejar que todo sea natural, (mientras en los discursos y en los hechos se promovía la tolerancia con la transexualidad). Hay que ser leales y amigables con todos, (mientras se intentaba dejar afuera a Rusia bajo una acusación generalizada de doping, que en el mejor de los casos le cae a todos), y aclamar a los pueblos hermanos, (mientras las cariocas abucheaban a la delegación argentina) y luego en tribunas diversas se devolvieron gentilezas.

La paz por las pelotas

Lo dijo Francisco y si él lo dijo hay que tomarlo en serio: la paz vendrá por las pelotas que derriban muros. Y también lo dijo él, siempre están esos clavos inútiles que dicen que no a todo.

No falta quien sostiene que esto una farsa, un montaje de la publicidad, eficaz por el horror que la mayoría de las personas siente de salirse de lo que se debe decir y opinar. Que es el nuevo decálogo del mundo moderno. Dios no existe, y si existe no es problema nuestro, allá El. La moral natural no existe, cada uno hace lo que quiere, pero, eso sí, para ser atleta olímpico te someten a un rigor que ni los más duros ascetas cristianos han practicado. El planeta es un bien en sí mismo, abortemos a todos los niños que sea necesario para no superpoblar, y lindezas por el estilo. Hay tipos a los que todo les parece mal.

Por suerte aceptan que no hay nada malo en sí en estas competencias. Que hasta San Pablo (siempre lo meten a San Pablo en todo) las usa como metáfora de la ascesis cristiana en una de sus cartas. Pero, y todo se pudre, te dicen que el vaciamiento de lo cristiano ha hecho que todo se corrompa y sea llevado a los extremos del naturalismo, que es elpreternaturalismo.

Y que el hombre, centro y fin de todo, y sus fuerzas, todopoderosas no pueden alcanzar la paz y la comprensión a pelotazo limpio. Pero limpio porque “el planeta”, que no es para el hombre sino a la inversa grita que lo cuidemos.

El juego, te dicen, sin la contención del hombre religioso se vuelve un acto de idolatría pagana, al poder del hombre, tan poderoso que se subsume en el dios “naturaleza”; que pretenden sustituir al Dios verdadero en los altares la autoalabanza. Esos altares son los estadios, nuevos templos religiosos de los tiempos en curso. Eso es lo que inspira tanta fealdad, sensualidad, perversión. Que el “dios” que nos prometió que seríamos como dioses si le hacíamos caso, en cualquier momento se presenta en persona.

Y se harán alguna ceremonia. Que sin duda tendrá gran profusión de glúteos bamboleantes, porque allí está, sin duda, el músculo de la olimpíada.

 

P.S. necesario: Todo bien con los partidos, la gimnasia, las carreras, los lanzamientos. Pero no seamos ingenuos si queremos salvar el alma. Si no, dediquémonos a cazar pokemones.

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