Panorama Católico

San Moisés, el de la cátedra…

Después del sínodo de la familia, versión dos, cabe preguntarse: ¿qué queda de la Iglesia?

Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Haciendo esto amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza. Rom. 12,20

Después del sínodo de la familia, versión dos, cabe preguntarse: ¿qué queda de la Iglesia?

Dos respuestas se apresuran en la mente: “No queda nada”; “No ha cambiado nada”. Partimos de respuestas presumibles de personas que siguen con interés y cierta formación la crisis que ya pasa del medio siglo y cuyas consecuencias han superado las expectativas de (casi) todos los más pesimistas. No se salva ni siquiera la moral.

Hay que recordar aquí que el sustento de la moral es la doctrina de la Fe. Es Dios mismo que nos enseña, por la Revelación, cómo debemos actuar. Lo bueno y lo malo. Y en particular, Nuestro Señor Jesucristo quiso, en su infinita sabiduría y providencia, aclarar en detalle la cuestión del matrimonio. Luego el Magisterio de la Iglesia ha ido formulando estas verdades reveladas, interpretándolas bajo la guía del Espíritu Santo y formando un cuerpo de doctrina incuestionable porque es Dios mismo que nos ha dicho, por la palabra autorizada de los Sumos Pontífices, el qué y el cómo de cada punto de fe.

Para desviarse en la moral, no digo en la práctica de las virtudes meramente sino en la firmeza doctrinal de lo que es bueno y mandado y lo que es malo y prohibido por Dios o por la Iglesia en su nombre, para llegar a la confusión sobre lo que Dios manda, normalmente primero hay que abandonar la Fe. Como la Fe es íntegra, inconsútil, basta negar o trastrocar un punto para dañarla toda.

Tal vez el daño no se note inmediatamente, es muy probable que el deterioro se ahonde por muchos años, pero inexorablemente se llega al punto en que –abandonada la Fe en uno o varios de sus puntos- se abandona la moral. En la práctica hemos visto que muchos del clero ideológicamente posconciliar se han involucrado en casos horribles de inmoralidad, además de las caídas a las que arrastra la inclinación de la naturaleza herida por el pecado cuando en lugar de disciplina hay juerga general. Lo segundo ha ocurrido en tiempos de relajación de las costumbres y tibieza en la piedad. No necesariamente se hubo de perder la Fe. Lo primero siempre vino de la mano de la novedad teológica, la confusión, la herejía y el desenfreno. En ese orden.

¿Queda algo, entonces, de la Iglesia después de estos bandazos contra la moral matrimonial, que, seamos justos, comenzaron con Paulo VI y Juan Pablo II? ¿Queda algo después de que Francisco dinamitó todas las certezas, hasta las más elementales, sobre la moral sexual (“¿quién soy yo para juzgar?”), y la matrimonial (“… a menudo se esconden incluso dentro de las enseñanzas de la Iglesia o detrás de las buenas intenciones para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas”). Discurso del cierre del Sínodo. Recordemos que los despreciables personajes sentados en la cátedra de Moisés son los que han defendido la moral revelada y sostenida siempre por la Iglesia.

Hay quienes argumentan con razones que no por verdaderas alcanzan a ser suficientes: “hay que ver lo que dice el Papa en el documento magisterial, si es que produce uno”. “Este es un documento consultivo”. “Hay muchos puntos en los que se defiende la moral católica”… (la moral sujeta a escrutinio, gana por 2/3 en todos los casos o si no gana, al menos empata: no se dice la docrina, pero tampoco se proclama el error claramente, solo un poquito).

El masomenismo moral

Convengamos que no es posible sostener la moral del “masomenos”. Sobre todo cuando la intención era más bien menos, y se tuvieron que conformar con un compromiso para no alimentar más el escándalo de los trece cardenales diciéndole a papa que este sínodo era fraudulento en la doctrina y en los procedimientos. Además de la inconmensurable confusión que se ha producido ya entre los católicos y los no católicos. Porque además de llevar por caminos perversos a sus propios fieles, estos clérigos han arrebatado a la Iglesia la gloriosa función de ser la luz del mundo, la referencia en la que los agnósticos, ateos, paganos, islámicos, judíos y hasta enemigos declarados de Cristo tenían que medirse. Como se dice en la jerga deportiva, la Iglesia “marcaba la cancha”, y los que se salían de esa marca quedaban expuestos. Hoy “la cancha” tiene un formato irreconocible y nadie sabe si está dentro o fuera.

Los optimistas defensores de la doctrina de la “correcta interpretación” de lo que ha dicho el papa o los cardenales, cuando dicen ambigüedades inexorablemente más parecidas al pecado que a la virtud deben cesar de defender “eso”. O adoptar explícitamente una doctrina de la necedad como camino de salvación. Cuanto más necios, más cerca del cielo…

¿No queda nada?

La otra respuesta, “no queda nada”, es también una forma de necedad, de necedad ilustrada, podríamos decir.

El daño es enorme, la confusión cósmica. La salida de esta situación, muy difícil de anticipar. Pero la Iglesia no se ha desdicho de su doctrina: solo estos clérigos descarriados, por cuya salvación mucho me temo. De entre los cuales hay algunos, con serias falencias doctrinales que sin embargo no han cedido en esto. ¿Por qué no han cedido en esto? Misterios de la gracia divina.

Hemos de confiar en que más allá de decir non possumus a estos dislates, reflexionen sobre las causas que nos han llevado a ellos. Y dejen de alabar a Juan Pablo II por su buena doctrina matrimonial, cuando puso una bomba de tiempo en su Familiaris Consortio invirtiendo los fines del matrimonio, o dejen de alabar a Paulo VI por su Humanae Vitae, en la que salvó la doctrina de un naufragio autoprovocado por su consulta a los obispos del mundo sobre un tema que la Iglesia ya había definido con magisterio solemne, para luego ratificar el mismo magisterio. Hago un agujero en el casco de la nave y cuando empieza a escorar peligrosamente, lo tapo a los apurones.

El resultado práctico ha sido desastroso: muchos curas y obispos, Humanae vitae o no, comenzaron a considerar “los casos particulares” y en los confesionarios bendijeron la contracepción. De aquellos polvos… estos lodazales.

Pero la Iglesia, aunque no se note, NO se ha desdicho de su doctrina. Solo un grupo de curas y obispos patanes y una serie de papas confusos y enamorados del mundo han estado fumando en la santabárbara de la nave, cargada de barriles de pólvora. Los últimos acontecimientos, más que una distraída reunión de clérigos con pitillos en el lugar inadecuado, parecen la conspiración de la pólvora. Algunos obispos y cardenales estaban ahí con baldes de agua.

La Iglesia no se ha desdicho, sin duda. Al punto tal que una mujer, una médica rumana les dio al Papa, a los obispos y cardenales, y a todos nosotros una lección de fe y buena doctrina. Una lección de buen sentido y de lucidez sobre lo que ocurre en el mundo. Hizo lo que el apóstol San Pablo dice hay que hacer con los enemigos: no vengarse sino colocar carbones encendidos sobre sus cabezas. Hizo lo que todos debemos hacer.

Aquí puede leerse el breve discurso de la médica rumana que es la única conclusión válida del sínodo.

Tal vez Dios se esmere y logre que Francisco lo convierta en un documento magisterial. Los milagros existen. Si no será lamentable.

Habrá triunfado San Moisés, ¿se acuerdan? El de la cátedra…

Nota: Ver Casti Connubii de Pío XI, parágrafo 20. «Viniendo ahora a tratar, Venerables Hermanos, de cada uno de los aspectos que se oponen a los bienes del matrimonio, hemos de hablar, en primer lugar, de la prole, la cual muchos se atreven a llamar pesada carga del matrimonio, por lo que los cónyuges han de evitarla con toda diligencia, y ello, no ciertamente por medio de una honesta continencia (permitida también en el matrimonio, supuesto el consentimiento de ambos esposos), sino viciando el acto conyugal.

Criminal licencia ésta, que algunos se arrogan tan sólo porque, aborreciendo la prole, no pretenden sino satisfacer su voluptuosidad, pero sin ninguna carga; otros, en cambio, alegan como excusa propia el que no pueden, en modo alguno, admitir más hijos a causa de sus propias necesidades, de las de la madre o de las económicas de la familia. Ningún motivo, sin embargo, aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta».

Casti Connubii 20

Mientras que en la Familiaris Consortio se repite, al menos dos veces, que el orden de los fines es inverso basada en el Vaticano II: “En esta perspectiva el Concilio Vaticano II afirmó claramente que «cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal»[86].

“Es precisamente partiendo de la «visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna»[87], por lo que Pablo VI afirmó, que la doctrina de la Iglesia «está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador»[88]. Y concluyó recalcando que hay que excluir, como intrínsecamente deshonesta, «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación»[89].

Familiaris Consortio 32

Derecho Canónico de San Pío X – Benedicto XV, vigente hasta 1983: Canon 1013: «La procreación y la educación de la prole ese el fin primario del matrimonio, la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia es su fin secundario».

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