Panorama Católico

Para llegar a Octubre… y seguir firmes en la Fe

Vienen grandes pruebas para la Iglesia y para la Fe de cada uno de los católicos. Se nota mucha agitación en el mundillo que refleja la Internet. Mucha ira, mucha indignación y violencia espiritual.

Programa de acción para llegar a Octubre firmes en la Fe

Vienen grandes pruebas para la Iglesia y para la Fe de cada uno de los católicos. Se nota mucha agitación en el mundillo que refleja la Internet. Mucha ira, indignación y violencia espiritual.

Un modo de recuperar la paz del espíritu consiste en reconocer nuestra condición y la culpa que tenemos -en diversos grados- de que los tiempos, las patrias, las familias y cada uno de nosotros estemos tan alejados de Dios. Todos somos parte de esta responsabilidad, no por igual, sin duda. Pero debemos evitar compararnos con los apóstatas y los más descarriados para no formar de nosotros una imagen falsa. Como han hecho siempre los santos, debemos compararnos bajo la luz de la Justicia que Dios nos pide, no importa qué tiempos o qué circunstancias elija para cada uno.

San Agustín nos propone una oración para pacificar el alma: allí nos presenta como somos, y como cada uno debe representarse ante sí mismo. Si este reconocimiento, debidamente sostenido por la vida sacramental en su plenitud, según la espiritualidad del Antiguo Rito Romano, corremos el riesgo de que la marea de impiedad que tendrá un punto crítico en los próximos meses nos lleve al abismo.

No lo merecemos, pero Dios escucha la oración humilde de los pecadores, y si es posible según su economía de salvación, nos hará más llevadera la tribulación.

 

Ante tus ojos, Señor, ponemos nuestras culpas, y las comparamos con los castigos que por ellas hemos recibido.
Si sopesamos el mal que hemos hecho, es poco lo que hemos padecido y más lo que hemos merecido.
Es más grave lo que hemos cometido, y más leve lo que hemos sufrido.
Sentimos la pena del pecado, y no por ello abandonamos la obstinación de pecar.
Mediante tus castigos se aniquila nuestra debilidad, mas no se muda nuestra iniquidad.
Se inclina el espíritu dolorido, pero no se doblega la cerviz.
Nuestra vida suspira en el penar, pero no se enmienda en el obrar.
Si esperas, no nos corregimos; si castigas, no lo soportamos.
Mientras dura el castigo, confesamos lo que pecamos;
y pasada tu visita, olvidamos lo que hemos llorado.
Si extiendes tu mano, prometemos obrar bien;
pero si suspendes el golpe, no cumplimos lo prometido.
Si nos castigas, clamamos para que perdones;
si perdonas, de nuevo te ofendemos para que nos castigues.
Aquí nos tienes, Señor, confesándonos culpables;
reconocemos que si nos perdonas, es justo que nos castigues.
Concédenos, oh Padre omnipotente, lo que pedimos, aunque no lo merezcamos, puesto que nos has creado de la nada a los que te lo pedimos.
Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

V. No nos trates, Señor, conforme a nuestros pecados.
R. Ni nos retribuyas de acuerdo a nuestras iniquidades.

Oremos. Oh Dios, que te ofendes por el pecado y te satisfaces por la penitencia, escucha misericordioso las oraciones de tu pueblo suplicante, y aparta de nosotros el flagelo de tu ira, que hemos merecido por nuestros pecados. Por Jesucristo, Nuestro Señor.

R. Amén.

San Agustín de Hipona.

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