Limosna, acción social y familia
Las ayudas a la familia de parte del Estado “no son una forma de limosna sino una verdadera ‘deuda social’ respecto a la institución familiar, que tanto aporta al bien común de todos”, ha dicho Francisco en su visita a la ciudad de Guayaquil. Esta fraseología da para un comentario aparte, pero aquí quisiéramos recordar un texto del Magisterio de León XIII sobre la cuestión social, como para establecer comparaciones.
Las ayudas a la familia de parte del Estado “no son una forma de limosna sino una verdadera ‘deuda social’ respecto a la institución familiar, que tanto aporta al bien común de todos”, ha dicho Francisco en su visita a la ciudad de Guayaquil. Esta fraseología da para un comentario aparte, pero aquí quisiéramos recordar un texto del Magisterio de León XIII sobre la cuestión social, como para establecer comparaciones.
«9. Ahora bien: esos derechos de los individuos se estima que tienen más fuerza cuando se hallan ligados y relacionados con los deberes del hombre en la sociedad doméstica. Está fuera de duda que, en la elección del género de vida, está en la mano y en la voluntad de cada cual preferir uno de estos dos: o seguir el consejo de Jesucristo sobre la virginidad o ligarse con el vínculo matrimonial. No hay ley humana que pueda quitar al hombre el derecho natural y primario de casarse, ni limitar, de cualquier modo que sea, la finalidad principal del matrimonio, instituido en el principio por la autoridad de Dios: «Creced y multiplicaos».
He aquí, pues, la familia o sociedad doméstica, bien pequeña, es cierto, pero verdadera sociedad y más antigua que cualquiera otra, la cual es de absoluta necesidad que tenga unos derechos y unos deberes propios, totalmente independientes de la potestad civil. Por tanto, es necesario que ese derecho de dominio atribuido por la naturaleza a cada persona, según hemos demostrado, sea transferido al hombre en cuanto cabeza de la familia; más aún, ese derecho es tanto más firme cuanto la persona abarca más en la sociedad doméstica.
Es ley santísima de naturaleza que el padre de familia provea al sustento y a todas las atenciones de los que engendró; e igualmente se deduce de la misma naturaleza que quiera adquirir y disponer para sus hijos, que se refieren y en cierto modo prolongan la personalidad del padre, algo con que puedan defenderse honestamente, en el mudable curso de la vida, de los embates de la adversa fortuna. Y esto es lo que no puede lograrse sino mediante la posesión de cosas productivas, transmisibles por herencia a los hijos. Al igual que el Estado, según hemos dicho, la familia es una verdadera sociedad, que se rige por una potestad propia, esto es, la paterna. Por lo cual, guardados efectivamente los límites que su causa próxima ha determinado, tiene ciertamente la familia derechos por lo menos iguales que la sociedad civil para elegir y aplicar los medios necesarios en orden a su incolumnidad y justa libertad. Y hemos dicho «por lo menos» iguales, porque, siendo la familia lógica y realmente anterior a la sociedad civil, se sigue que sus derechos y deberes son también anteriores y más naturales. Pues si los ciudadanos, si las familias, hechos partícipes de la convivencia y sociedad humanas, encontraran en los poderes públicos perjuicio en vez de ayuda, un cercenamiento de sus derechos más bien que una tutela de los mismos, la sociedad sería, más que deseable, digna de repulsa.
10. Querer, por consiguiente, que la potestad civil penetre a su arbitrio hasta la intimidad de los hogares es un error grave y pernicioso. Cierto es que, si una familia se encontrara eventualmente en una situación de extrema angustia y carente en absoluto de medios para salir de por sí de tal agobio, es justo que los poderes públicos la socorran con medios extraordinarios, porque cada familia es una parte de la sociedad. Cierto también que, si dentro del hogar se produjera una alteración grave de los derechos mutuos, la potestad civil deberá amparar el derecho de cada uno; esto no sería apropiarse los derechos de los ciudadanos, sino protegerlos y afianzarlos con una justa y debida tutela. Pero es necesario de todo punto que los gobernantes se detengan ahí; la naturaleza no tolera que se exceda de estos límites. Es tal la patria potestad, que no puede ser ni extinguida ni absorbida por el poder público, pues que tiene idéntico y común principio con la vida misma de los hombres. Los hijos son algo del padre y como una cierta ampliación de la persona paterna, y, si hemos de hablar con propiedad, no entran a formar parte de la sociedad civil sino a través de la comunidad doméstica en la que han nacido. Y por esta misma razón, porque los hijos son «naturalmente algo del padre…, antes de que tengan el uso del libre albedrío se hallan bajo la protección de dos padres» (Santo Tomás, II-II q.10 a.12). De ahí que cuando los socialistas, pretiriendo en absoluto la providencia de los padres, hacen intervenir a los poderes públicos, obran contra la justicia natural y destruyen la organización familiar.
11. Pero, además de la injusticia, se deja ver con demasiada claridad cuál sería la perturbación y el trastorno de todos los órdenes, cuán dura y odiosa la opresión de los ciudadanos que habría de seguirse. Se abriría de par en par la puerta a las mutuas envidias, a la maledicencia y a las discordias; quitado el estímulo al ingenio y a la habilidad de los individuos, necesariamente vendrían a secarse las mismas fuentes de las riquezas, y esa igualdad con que sueñan no sería ciertamente otra cosa que una general situación, por igual miserable y abyecta, de todos los hombres sin excepcíón alguna. De todo lo cual se sigue claramente que debe rechazarse de plano esa fantasía del socialismo de reducir a común la propiedad privada, pues que daña a esos mismos a quienes se pretende socorrer, repugna a los derechos naturales de los individuos y perturba las funciones del Estado y la tranquilidad común. Por lo tanto, cuando se plantea el problema de mejorar la condición de las clases inferiores, se ha de tener como fundamental el principio de que la propiedad privada ha de conservarse inviolable.
Rerum novarum, Nº 9 a 12.
Comentario Druídico: Aunque sería materia de otro comentario más extenso, no debe olvidarse que la «justicia social», que se suele traducir en la vaga «acción social», frecuentemente reclamada por los obispos y hasta por los papas conciliares al Estado, es un tema bastante resbaladizo. El propio León XIII hace ciertas reservas al comienzo de la encíclica: «Es dificil realmente determinar los derechos y deberes dentro de los cuales hayan de mantenerse los ricos y los proletarios, los que aportan el capital y los que ponen el trabajo. Es discusión peligrosa, porque de ella se sirven con frecuencia hombres turbulentos y astutos para torcer el juicio de la verdad y para incitar sediciosamente a las turbas» (Rerum novarum I).
El orden político revolucionario moderno estableció la división de poderes y destruyó la división de funciones que tan eficazmente ordenaba la sociedad del antiguo régimen. El rey se ocupaba del gobierno civil, los nobles de la defensa y el gobierno regional, la Iglesia de la educación, la salud y la hoy llamada «acción social» que se traducía en intituciones inspiradas por la caridad.
Hoy el socorro de los que están en necesidad extrema se exige lo haga el Estado, pero esto debe ocurrir solo excepcionalmente, y no como función propia. Mucho menos determinar la vida familiar en materia de educación, propiedad, acumulación de bienes o derecho de transmisión por herencia. Apenas tutelar que los derechos naturales se resguarden.
La mentalidad socialista ha permeado tanto al catolicismo que los propios obispos, papas y no pocos católicos, inclusive de mentalidad más consevadora tienden a atribuir al Estado estas funciones que le son ajenas y se las reclaman. Y como León XIII advierte, el reparto de la riqueza, que ahora se llama «inclusión social» es una forma menos radical pero lo mismo conducente al cercenamiento del derecho de propiedad, del cual suelen ser víctimas más perjudicadas aquellos a los que se pretende socorrer.
Apenas más adelante dice el papa: «quitado el estímulo al ingenio y a la habilidad de los individuos, necesariamente vendrían a secarse las mismas fuentes de las riquezas, y esa igualdad con que sueñan no sería ciertamente otra cosa que una general situación, por igual miserable y abyecta… (Ibid. Nº 11). En la Argentina esto ha producido más de un millón de jóvenes que no saben trabajar y no tienen el menor interés en estudiar. Hijos de padres que trabajan informalmente para cobrar los planes sociales. A lo que se suma que la mejor oferta laboral para ellos hoy es la venta de drogas al minoreo.
¿No termina siendo esto descripto por el papa León lo que vemos todos los días con el uso abusivo de los planes sociales, en la Argentina y en tantos países donde se ha instalado el modelo «populista», o en la Europa de la crisis donde colapsa el modelo del «bienestar»?
¿No es acaso a éste modelo en que piensa la mayoría de los católicos cuando habla de «doctrina social de la Iglesia»?
Tal es la confusión.

