Panorama Católico

Siervos Inútiles

“Se siente la frustración. A cada momento. Todo está por hacerse y nadie lo hace. Nadie. Tampoco nosotros. “El mundo cruje, la sociedad se quiebra, la familia colapsa. La Iglesia parece hundirse irremediablemente. Todo requiere de nuestro trabajo para detener o al menos aliviar tantos males. Pero no hacemos nada. Nuestra inutilidad es total.

“Se siente la frustración. A cada momento. Todo está por hacerse y nadie lo hace. Nadie. Tampoco nosotros.

“El mundo cruje, la sociedad se quiebra, la familia colapsa. La Iglesia parece hundirse irremediablemente. Todo requiere de nuestro trabajo para detener o al menos aliviar tantos males. Pero no hacemos nada. Nuestra inutilidad es total.

“Cuando queremos emprender la tarea política, el sistema nos expulsa. Si proclamamos los principios de la decencia, se burlan de nosotros, si recordamos la sana doctrina católica nos tienen por locos.

“Las tenazas se van cerrando a una velocidad nunca vista. Día a día vemos como se supera el mal con un mal mayor. La perversión se legaliza, la decencia se criminaliza. No hay rincón donde refugiarse siquiera. A todos lados llega esta peste por las ondas de la TV y ahora el Internet. La velocidad de la información ha destruido la reflexión.

“De nada sirve proclamar lo que la Iglesia enseña, recordarlo al menos ante los bautizados, los que comparten nuestras preocupaciones, porque apenas si pasan delante de los textos a gran velocidad y con suerte tildan “me gusta”. Todo se vence en 48 hs. Más rápido que la comida envasada.

“No tenemos los medios materiales, humanos, ni siquiera la salud o la plenitud del uso del tiempo. Allí donde los tienen, se ocupan de lavar el mensaje para que pase como el agua: sin color, olor ni sabor. Apenas como una sensación refrescante que lava las conciencias y se olvida al ritmo de la emoción, tan rápido como se disparó.

“¿Cuántos advierten la profundidad de la crisis? ¿Cuántos desean advertirla? Es algo duro de masticar, amargo de tragar, y ácido en el estómago.

“Todo lo que se puede hacer, que es poco, es inútil…”, dice para sí quien se siente capaz de hacer pero impotente por causas… ¿ajenas a él? Sí y no.

Dios resiste a los soberbios y los deja librados a sus propios desvaríos. Demora, a veces, el tiempo en que ha de darles la luz sobre su propia condición.

«Así también vosotros cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer hicimos.»

El que se siente capaz pero atenazado porque Dios “le niega los medios”, lee el párrafo evangelico con rebeldía y reproche, cuando debe, por el contrario, interpretar allí un voz de aliento y esperanza.

Dios todo lo puede, y a pesar de ello nos requiere para realizar su obra. Nos necesita, a su modo

Necesita, a su modo, del hombre para santificar, cuando solo El es fuente de santidad. Por eso ha instituido el sacerdocio. Y la Iglesia.

Necesita, a su modo, del hombre para gobernar el mundo, cuando solo El es fuente de poder. Por eso ha instituido la autoridad, que deben ejercer todos aquellos que tienen a su cargo el bien de otros.

Necesita, a su modo, del hombre para prolongar su creación, cuando solo El es fuente de vida. Por eso ha encomendado al hombre la prolongación y cuidado de la especie humana.

Necesita, a su modo, del hombre para ejercer la paternidad, cuando solo El es Padre Todopoderoso.

Necesita, a su modo, del hombre para enseñar y guiar, cuando solo El es el Maestro. Por eso ha dado a los sabios y prudentes la facultad de conducir a los pequeños hacia el bien y la verdad.

– Pero nada de eso es posible hoy…

Lo será inclusive bajo la Gran Tribulación.

– Todo lo que se hace actualmente es inútil…

No si somos siervos inútiles.

El sentimiento de inutilidad que ahoga al soberbio (todos lo somos) es el castigo por su falta. “Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado”… seréis siervos inútiles, pero no lo será aquello que hayáis hecho. Porque Dios quiere hacernos partícipes de las obras que El ha decidido poner a nuestro alcance. Aunque ante su infinito poder sean nada.

Somos inútiles. Pero somos siervos y a su servicio hacemos lo que nos pide. Y eso que nos pide, en virtud de quien nos lo pide, no es inútil. Es tan importante que El mismo nos lo impone bajo obligación grave.

Y para que el hombre soberbio, a quien Dios resiste particularmente, comprenda la inmensidad de su arrogancia, lo reduce, no solamente al fracaso de sus aspiraciones, sino a vivir en las circunstancias más adversas. Porque el hombre soberbio no es solo el que ha rechazado todo lo que hay de bueno, de santo en el mundo, y lo combate, el hombre moderno. También puede ser el hombre bueno que quiere servir a Dios, pero lo quiere servir según su propio plan y disposición y no según el plan de Dios.

El hombre soberbio ha sido, por muchas décadas, también católico. Y por eso Dios lo encerró en el laberinto modernista. El hombre soberbio puede ser, y muchas veces lo es, el católico tradicional, que reniega de los designios más altos y misteriosos, se resiste a aceptar que pueda suceder lo que Dios permite que suceda, para castigo de los malvados y santificación de los piadosos según su voluntad y justicia.

El hombre soberbio puede serlo en su pretensión de resolver los designios de Dios sobre la historia, y en su pretensión de ser parte de ella fuera del lugar, muchas veces muy pequeño, que Dios le ha asignado.

Pera el hombre que depone su soberbia, nada es inútil, todo sirve a un propósito que Dios conoce y dirige. Su falta de recursos, su escasez de respuestas, y hasta el aparente silencio de Dios ante sus oraciones son medios para hacer útil su inutilidad.

En la pobreza, en la oscuridad, en el silencio de Dios cuando se le piden razones y cuando reza para apurar el cumplimiento de los tiempos, si lo hace con mansedumbre y humildad, realiza la gran tarea que Dios le ha impuesto.

-Pero ¿de qué sirve?

-De nada, porque somos nada. Pero de mucho, porque Dios lo quiere así.

Dios quiere que recemos como si todo dependiera de El. Pero quiere que hagamos todas las cosas que estén a nuestro alcance, como si de esas pequeñeces que hacemos nosotros dependiese todo. Porque, de alguna manera, de esas pequeñas cosas depende todo. Así lo ha querido El.

Por lo tanto nos manda sacrificarnos por la conversión de los pecadores, pero no lo hacemos porque es poco. O cumplir los nueve primeros viernes de mes al Sagrado Corazón, pero lo dejamos, porque es “devoción privada”. Rezar el Rosario por la conversión de Rusia, pero lo olvidamos, porque, en el fondo ¿qué importancia puede tener la conversión de Rusia?

Nos manda defender la moral en nosotros, en nuestras familias, y con nuestro clamor, grande o pequeño, oído o ahogado, ante la sociedad. Pero callamos, porque no sirve para nada.

Nos manda ejercer la caridad para con el prójimo, la de la verdad y la de la misericordia, ahí donde podamos llegar, aunque podamos llegar muy poquito. Pero lo desestimamos, porque estamos ocupados en cosas mayores, como resolver las grandes conspiraciones del tiempo presente.

Nos manda resignar nuestros deseos y ahogar en nosotros las pretensiones. Y sin embargo, ¿puede saber Dios más que yo dónde y cómo prestar mis servicios a la gran causa de la Iglesia?, nos decimos calladamente. Parece que no, porque no nos eleva al rango que merecemos…

Estamos para servirlo. Donde El quiera, como El quiera, inclusive en la agónica espera de la respuesta a la pregunta “¿Cómo quieres que te sirva, Señor?” Durante esa espera ya estamos prestando el servicio, realizando no sabemos qué gran, inmensa obra que Dios quiere hacer por medio de ese acto, tremendo a veces, de humilde Fe y Esperanza que infunde en nosotros.

Solo si desistimos de la soberbia y nos volvemos verdaderamente inútiles, o sea, capaces de contribuir a los fines que El tiene previstos para cada uno, de un modo misterioso pero real, en nuestra inutilidad, podremos hacer grandes cosas.

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