Panorama Católico

Francisco aprueba un milagro muy particular

Se ha aprobado el milagro de canonización de la religiosa española María de la Purísima, muy popular en el sur de España. El beneficiado, un sevillano bastante pintoresco relata su experiencia «mística», de características bastante dudosas.

Cuando desde este y otros lugares se señala la poca seriedad con que trabaja la “fabrica de santos” montada por Juan Pablo II, no pocos se escandalizan. Pero las cosas son como son. Y la caracterización de “infalibilidad” que notaba a las canonizaciones puede ser más que puesta en duda, no porque el Sumo Pontífice haya perdido sus privilegios, obviamente, sino porque ha decidido no ejercerlos.

Del mismo modo que si un papa pretendiese definir un dogma de Fe y no se atuviese a las condiciones que la Iglesia ha determinado deben enmarcar una definición tal, el acto no revisttiría el carácter de infalible (inclusive si lo que pretende definir fuese verdad de Fe), así, aún cuando las personas que se pretenden canonizar tuviesen los méritos, el acto suele estar viciado por un enfoque completamente extraño a lo que la Iglesia siempre ha querido hacer al canonizar. Esto se ve en el procedimiento, laxo y muchas veces viciado de “ligerezas”, aunque lo definitorio es el espíritu de estas canonizaciones, tan alejado del sentir de la Iglesia. No puede ser canonizado santo alguien que no sostiene la verdadera doctrina de la Iglesia. Pero también influyen en la canonización su vida, y los testimonios que se utilizan para elevarlo a los altares, en los que no puede haber la menor sospecha de falsía, de falsa influencias místicas o manifestaciones de una «espiritualidad» grotesca o supersticiosa.

Y si bien estas cosas vienen sucediendo desde hace mucho, Francisco tiene la “virtud” de hacerlas más evidentes. El caso que nos ocupa es, a mi ver, de palmaria claridad.  Se ha aprobado el milagro de canonización de la religiosa María de la Purísima, una persona muy popular en Andalucía, España. No sé si es santa o no merece el honor de los altares, pero el beneficiado por el segundo milagro que exige modernamente el proceso de canonización atestigua así su “experiencia” presuntamente milagrosa, la que habría consistido en recuperarse inexplicablemente de un ataque cardíaco tras doce días de estrecha cercanía a la muerte.

El personaje que habla es José Francisco Carretero, conocido como “er Carre” en el peculiar modo de hablar de los andaluces. Aquí su testimonio, tomado de una nota de Religión en Libertad:

«La peculiaridad viene por las descripciones que ha dado Francisco José a la prensa acerca de su experiencia al borde de la muerte. La Iglesia certifica que la oración a Madre María de la Purísima le sanó, pero él no vio a la religiosa en su experiencia, sino a la Virgen de la Esperanza, que además le hablaba con lenguaje poco elevado. 

«´¿Tú qué coño haces aquí?´ Eso me dijo a mí la Virgen de la Esperanza. Haga el favor de ponerlo como le he dich– explica el armao a un periodista, describiendo su encuentro mariano en la antesala de la muerte.

Además, Francisco José, que ha recibido la generosa curación de Dios, no ha transformado mucho su vida espiritual. «Yo no soy precisamente un meapilas, hace por lo menos veinte años que no me confieso», admite en 2015. 

Y tampoco es un ejemplo de evangelizador contundente: «Yo no sé si Dios existe, la que existe seguro es la Virgen de la Esperanza. Seguramente Dios también existirá. Lo que sí puedo decirle con certeza es que ahí arriba hay algo», explica cuando le entrevistan.

En lo que sí ha cambiado es en que ya no tiene miedo a las supersticiones: «Antes era muy supersticioso, ahora no me importa ir al cementerio o cruzarme con un tuerto». 

Porque lo que la Iglesia constata -la intercesión de una religiosa desde el Cielo- es distinto (no contrario) a lo que vivió Francisco José, cuyo punto de vista incluye otros elementos.

Lo que vio entre la vida y la muerte

«Estaba en el bar, era ya casi la hora de cerrar y estábamos recogiendo. Noté que me faltaba el aire, me fui para la cocina y me senté en una silla.  Entré en coma y me desperté doce días después. De lo único que he conseguido acordarme es que el jueves antes estuve en el Vizcaíno tomando una cerveza con una amiga», explicó. 

«Yo el túnel ése no lo he visto», puntualiza refiriéndose al túnel de luz que muchas personas describen tras pasar experiencias cercanas a la muerte. Y continúa así:

»Lo que vi fue como si la cofradía estuviera de regreso por el Arco y la Resolana y mucha gente entrando en la Basílica, aunque la gente no iba vestida de nazareno. Era como una manifestación. Había gente a los lados viendo la cofradía y, por medio, en vez de los nazarenos, gente. Entré e hice lo mismo que hago cada vez que entro. Siempre voy primero a rezarle al Señor de la Sentencia, luego a la Virgen del Rosario y termino con la Virgen de la Esperanza. Bueno pues esa vez me fui al altar del Señor de la Sentencia, pero el altar estaba tapiado. Después miré al altar de la Virgen del Rosario y también estaba tapiado. 

»¿Esto qué es?, me pregunté. Y en ese momento, la Virgen de la Esperanza, que estaba en su altar vestida con un manto rojo y una saya blanca, me dijo hablando como hablan las macarenas viejas: ´¿Tú qué coño haces aquí?´ Eso me dijo a mí la Virgen de la Esperanza. Haga el favor de ponerlo como le he dicho.

»La Virgen me hablaba como las macarenas viejas: ´¿Te quiere í ya de aquí, que hasta los setenta y cinco años no tienes que venir? Y me lo dijo así, echando las manos por delante. ´Que te vayas de aquí ya´. Me acuerdo que le dije: ´mire usted´, yo hablándole a la Virgen de usted, ´yo lo que hago es seguir a la gente´. Y ella volvió a decirme: ´que te vayas ya, que no quiero verte por aquí hasta que tengas setenta y cinco años´».

Me pregunto si la “experiencia” de “er Carre” y su testimonio no resultan grotescamente indecorosos para canonizar a una santa que obra como mediadora ante Dios de los milagros, para la salvación de las almas. Aquí está claramente puesto, en blanco sobre negro, la escasa seriedad, el populismo demagógico que moviliza muchas de estas canonizaciones, y por sobre todo ese alejamiento impresionante del sentir de la Iglesia sobre la razón de ser de las canonizaciones.

Al P. Brochero le demoraron años la beatificación porque utilizaba un lenguaje popular en sus prédicas, que el Abogado del Diablo de la causa juzgaba “grosero”. Un santo elevado a los altares no puede haber predicado usando expresiones groseras. El caso es que el Cura Brochero estaba muy lejos de la grosería, y sus palabras “malsonantes” para el público de la ciudad eran limpias y claras al oído de los gauchos cordobeses. Un problema de incomprensión de los registros lingüísticos.

Podrá parecer exagerado, pero el cuidado de la Iglesia en esta materia ha sido siempre extremo. Nada grotesco, obsceno, grosero, fantasioso, etc. puede asociarse a Dios, porque no procede de Dios, sino de quien muchas veces toma su lugar para engañar a las almas. Ni hablar del efecto venenoso que puede tener sobre los fieles para quienes el santo es modelo.

Por lo tanto, aunque el recibir los beneficios de un milagro (y hasta de una aparición) no garantizan el provecho espiritual del beneficiado, todo el espíritu de estos presuntos milagros más los testimonios de los “milagreados” marcan claramente que estamos lejos de las cosas de Dios.

Alguien objetará que más allá de lo pintoresco del personaje, el milagro ocurrió.

Si el “milagro” de “er Carre” es milagro, quisiera verlo, porque hasta con Juan Pablo II uno de los médicos de la junta vaticana, en disidencia, “fue renunciado” para lograr la necesaria unanimidad.

Menos trabajo se tomarían para analizar lo que pasó con este andaluz que se cuida muy bien de ser un “meapilas” y piensa que “tal vez Dios exista”.

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