Más cosas de las que los hombres podemos explicar
Más sorprendente que las cosas de los hombres del mundo, los que “son de este mundo”, a veces me resultan las de quienes “no son de este mundo”.
“Quien no vuelva la espalda al mundo actual se deshonra”
Nicolás Gómez Dávila
“Escolios a un texto implícito”
Más sorprendente que las cosas de los hombres del mundo, los que “son de este mundo”, a veces me resultan las de quienes “no son de este mundo”.
Los tiempos se apresuran
Estamos ahí nomás de algo que se ha profetizado desde hace muchos siglos con la certeza de lo revelado por Dios. Ahí, a un tiempo. No me pregunten cuánto es “un tiempo”, pero me parece que este es breve, digamos que yo lo podría ver sin llegar a ser muy anciano. Tal vez en esta década misma que tiene un lustro de vida y otro tanto para expirar.
Hace tiempo conocí las revelaciones de la beata Elisabetta Canori Mora, (1) que vivió hasta el primer cuarto del siglo XIX. Algunas de sus predicciones se publicaron en Panorama Católico en papel, en los primeros números. En ellas se anuncia una decadencia tan monstruosa de la Iglesia que la misma santa mujer no parece acertar a describir con precisión. Quizás no la pudo representar en su piadosa imaginación tal como Nuestro Señor se la relataba.
Me parece que todo lo que dice allí se ha cumplido o se está cumpliendo de hecho en estos días. Y si las malas han sido veraces, podríamos tener fundada esperanza de que otras, en las que se predice una restauración de la Fe y tienen fecha prevista (menos de doscientos años a contar desde 1821), (2) podrían, por acción directa de Dios, llegar a verse realizadas en poco tiempo.
Dios hace más cosas de las que los hombres podamos explicar
Cito el caso tan notable de Elisabetta Canori, porque, aunque es revelación privada se suma a otros anuncios en asombrosa coincidencia, entre los que las profecías de Fátima no están en un lugar menor. La Santísima Virgen muestra en el así llamado Tercer Secreto (Tercera Memoria) la figura de un obispo de blanco, que a Sor Lucía, la vidente supérstite dice les pareció ser el papa, y luego una figura (¿la misma?) que dice con certeza era el papa. ¿Dos papas? ¿Es eso posible?
Anuncio muy misterioso hasta la renuncia de Benedicto XVI y esta extraña pareja de papas que hoy nos desconcierta tanto, en particular porque el sucesor de Benedicto no parece tener demasiado amor por la palabra “papa” y actúa sin más como un revolucionario que quisiera como mínimo cambiar lo que históricamente se ha conocido como “la Iglesia” proponiendo una destrucción de sus formas tradicionales en todos los aspectos. Comenzando por la doctrina y terminando por el papel del papa, ya no Vicario de Cristo, sino más bien profeta del mundo.
La visión profética de Sor Lucía termina y se agrega inmediatamente el esperanzador “Finalmente mi Corazón Inmaculado triunfará”, previamente conocido ya por todos.
Signos claros de los fines…
Hemos visto en estos días una sorprendente concentración de líderes mundiales abrazados por las calles de París (me ha parecido una escena de esas novelas parusíacas que hemos leído en Benson o Castellani). Estos personajes marchan contra el “terrorismo” identificándose con e identificando como supremo valor de la humanidad civilizada el derecho de blasfemar. Así lo han reivindicado no pocos, incluyendo la revista jesuita Etudes que reprodujo “con humor” viñetas horribles sobre la Ssma. Trinidad, Nuestro Señor, el Papa Benedicto, etc.
Muchas voces en la Iglesia, incluyendo las de la Iglesia jerárquica, avalan este reclamo: “tenemos derecho a blasfemar”. ¿Se puede pedir un signo más claro de la precipitación de los tiempos? Solo a las perdidas una lavada declaración de Francisco a los periodistas en viaje a Manila. “No se puede insultar la fe de los demás”.
Es demasiado fuerte como para no tomarlo en consideración. Algo inminente tiene que ocurrir o está ocurriendo, justo a mitad de camino entre dos “sínodos” de obispos “católicos” en la Santa Sede romana en los que se pretende oficializar la doctrina del pecado contra natura como una forma apreciable del amor. “No hay un modelo católico de familia, aunque una pareja casada y fiel siga siendo el ideal de desarrollo que propone la Iglesia”, ha dicho el obispo de Havre, Jean-Luc Brunin, recientemente designado por Francisco miembro del Sínodo ordinario, o sea la segunda parte de lo que empezó en octubre pasado. No hay mucho que agregar. Hay otros modelos de familia… Esto, de un modo menos brutal –aunque no tanto- es otra forma de blasfemar.
El misterio de Rusia
Entretanto, las fuerzas mundiales hacen un gigantesco boicot contra Rusia, poniendo en juego de sus filigranas financieras (bolsas, empresas, bancos, commodities) con los riesgos que ello implica y de los que ya muchos de sus propios agentes comienzan a quejarse. Tanto esfuerzo para derribar a la única nación del mundo que defiende la moral natural y los preceptos cristianos. Que es la que la Virgen dice se convertirá y por obra de dicha conversión vendrá al mundo “un tiempo de paz”.
Es opinable, se objetará, y no lo niego. Aunque también los hechos se presentan con una fuerza tal que, aunque las cosas resulten luego de otro modo, no puede ser uno muy alejado del descripto.
O sea, es el fin de algo; algo grande está en curso, a nivel mundial, muy malo, prólogo de un punto final inminente de la crisis moderna, pronto a culminar. La Parusía, tal vez. El Milenio… Dios sabe. Un gran castigo, una purificación de la humanidad y de la Iglesia. Es algo que parece todos nosotros intuimos de un modo u otro.
Los que no somos de este mundo
Los que no somos, o no queremos ser enteramente de este mundo estamos llamados a resistir al demonio fuertes en la Fe (I Pet, 5,9). Ahí esta la base sobre la cual todo lo demás se edificará. Debemos dar la espalda al mundo (enemigo de Cristo, a quien odia [Jn. 15,18]), en particular a este mundo que parece haber sido entregado a manos del demonio con una influencia crecientemente proporcional a la retirada de la Iglesia hasta que sea atado y arrojado al lago de fuego y azufre (Apoc. 20-10).
Si algo resulta también evidente de los hechos ocurridos a partir de la “apertura” del Concilio Vaticano II, y luego como resultado de la imposición de la nueva liturgia y todos sus derivados, es que el clero y los fieles católicos se han ido alejando de la Fe y la moral católicas de un modo impresionante. Y los que han permanecido en ellas, han debido enfrentar una lucha muy desigual para resistir las influencias del mundo. Tan desigual que no es la lucha “habitual” que nos plantea el Evangelio, sino una tan fuerte que “si los tiempos no se abrevian, hasta los justos perecerán”( Mt. 24-22).
Parece evidente, también, que en impresionante desigualdad de fuerzas, quienes han resistido en la Fe sin compromisos con las ideas ni las costumbres modernas y amparados en los sacramentos tradicionales, centrados en la Misa, contra toda expectativa y razonable predicción humana, lejos de extinguirse se han multiplicado y crecido en fuerza moral y espiritual, siendo hoy, pese a su poca importancia numérica comparativa, los interlocutores autorizados de aquellos que, unidos por el espanto, van deponiendo antiguos rencores y desconfianzas.
El mayor mérito de Francisco ha sido catalizar los elementos mezclados en confusión conciliar con una rapidez fulminante. Pensemos que no lleva todavía dos años en la silla de Pedro y ya ha reagrupado todas las fuerzas de la Iglesia, la claudicante bajo su dirección, y la fiel que busca organizarse y resistir el embate final.
Hoy se juega el destino de millones de almas en pocos meses y se perfilan dos lados: los fieles a Cristo y los otros. Claro, en entre los fieles hay matices, desesperanzas y desuniones. Este es un triunfo que el demonio mantiene en nuestro campo.
Se oyen demasiados gritos, hay mucha crispación, se proclama la Fe pero muchas veces no hay una vida acorde. Ni siquiera coherente con lo que se defiende: la misa tradicional… pero asisto a la misa nueva… La familia, pero dejo a la mía en el abandono o el descuido… Raro fenómeno. Demasiada frase insultante contra los enemigos y contra los que “no piensan como yo” dentro del campo de los fieles: ahora ¡neocón!, “¡cobarde!”, “¡defensor de conservadores!”; antes ¡acuerdista! Demasiado capricho personal y pérdida de tiempo en discusiones estériles. Estos aspirantes a mártires no cesan de agraviar no solo a sus futuros martirizadores, sino a sus hermanos en la Fe…
Los fieles a Cristo
Los que estamos del lado de la Iglesia de Cristo, de su Revelación y su Tradición apostólica tenemos que jugarnos por todo, hasta llegar al extremo de perdonar a nuestros enemigos y abrazar a los fieles que no aceptan nuestras opiniones… Inclusive al extremo de deponer nuestras opiniones por caridad. Ahí sí nos vamos preparando para el martirio.
Mucha gente que enfrenta este momento parece equivocar el objetivo. No se trata de determinar la legitimidad del papado, ni el grado de malicia con que Bergoglio obra en contra de la Iglesia, ni como se resolverá el futuro del papado, en caso de que lo tenga (bien podría Dios clausurar la historia aquí).
Piden a gritos definiciones. Pero de nuestras urgencias humanas Dios se ríe. Parecen temer que se haya olvidado de la Iglesia y de sus fieles. De sus pretensiones de definir doctrinas sobre la vacancia de la Sede o el valor del Cónclave… Dios se ríe, pero hará pagar por el tiempo perdido en discusiones diletantes, cuando debían realizar la tarea más urgente y central de la hora que vivimos: conservar la Fe y trabajar en la salvación de las almas.
El problema más urgente hoy es permanecer firmes en la doctrina, obtener y mantener los recursos sobrenaturales de la gracia habitual en su forma incuestionada y más eficaz: es decir, según la liturgia de todos los siglos, apartándonos lo más posible del invento de Paulo VI y su ejecutor, el masón arzobispo Bugnini, impuesto a sangre y fuego al clero y los fieles, con astucia, con un uso tiránico de la autoridad pontificia y episcopal, que no han sido instituidas en contra sino para preservar la Fe y el culto sagrado.
Católicos sin padre
Hoy muchos católicos se sienten huérfanos, desconcertados y por momentos, con un temor cercano al terror. Esto se ve claro cuando presenciamos la postulación brutal de teorías inútiles, y de cierta brutal reacción contra los que queremos mantenernos en foco sobre lo esencial de la hora. Estos católicos gritan: “¡La Iglesia se hunde y Uds. se niegan a declarar la sede vacante! “Se niegan a decir que Francisco es un antipapa”. Como si pudiéramos, y como si eso resolviera algo.
En circunstancias analogables, cuando el núcleo germinal de la Iglesia viajaba en una barca azotada por la furia de la tormenta en el lago de Galilea, Jesús, que dormía, recriminó a sus apóstoles llamándolos “hombres de poca Fe” (Mt. 8,25). Es lo mismo que nos puede decir ahora a todos nosotros, en mayor o menor medida.
Están en pánico y gritan sus teorías, mientras que deberían pensar en el modo de socorrer a los que han caído o caerán al agua en poco tiempo (empezando por sí mismos), cuando suceda lo que parece ya inevitable: que se emita un documento oficial de la Iglesia no ya confuso o sujeto a difíciles interpretaciones para salvar su ortodoxia, como ha sido hasta ahora, sino francamente heterodoxo en una materia que ningún fiel podrá decir supera su capacidad de entendimiento y por lo tanto no está obligado a examinar.
Los mandamientos, los textos evangélicos, la repetición permanente de advertencias que han hecho algunos pastores fieles junto con una pléyade de publicaciones tradicionales no dejan lugar a demasiada excusa. Miles, millones de almas serán oficialmente “confirmadas” en el pecado por la autoridad en ejercicio de la Iglesia, muy probablemente, en octubre del año en curso, si Dios no lo remedia.
Lo único que realmente podemos hacer, lo que verdaderamente debemos hacer es guardar la Fe, guardar el culto, denunciar el error y asistir a las almas en peligro de perdición que estén a nuestro alcance.
Toda otra discusión en principio será inútil y hasta perversamente promovida por quienes nos quieren separar de nuestra obligación de bautizados y nuestro deber de caridad. Francisco (no juzgo su intención) es un dialéctico nato. Sus dichos y parecen pensados para mantenernos dispersos en un terreno estéril, cargado de recelos y violencias entre nosotros. Hay que escapar de ese círculo siniestro.
Invitación a la acción
“La lucha contra la injusticia que no culmine en santidad, culmina en convulsiones sangrientas”, decía también Gómez Dávila. Se aplica no solo a lo social, también a la lucha espiritual.
Lo que debemos hacer es salir de la dialéctica vertiginosa, cesar de responder y condenar cada dicho de los cientos que al día nos proponen los medios para volvernos locos. Las cosas están planteadas de este modo. Los enemigos de Cristo gobiernan en la Iglesia, sabrá Dios luego separar las intenciones de cada uno, la confusión de cada quien y ponerlos en su lugar. Pero lo nuestro no es responder a cada cosa, menos aún exaltadamente y con animo violento, a cada una de las provocaciones. Sino lo contrario.
Lo nuestro es amurallar serenamente nuestra pequeña cristiandad, fundada sobre la familia, en torno a la misa, a la escuela cuando lo tengamos, a los amigos en la Fe. Y desde ese santuario tender puentes a los que están en riesgo de ser tragados por las aguas de esta corrupción inaudita, que de no abreviarse…
Fortalecer o levantar esas murallas. Unirnos con los que guardan la Fe. Defendernos mutuamente, en la Caridad y alentados por la Esperanza.
Yo creo debe hacerse, y propongo hacer, algo en concreto para facilitar esta mutua ayuda. Invito a los lectores a sugerir ideas que tengan la virtud se ser posibles de realizar de un modo sencillo para unir a las familias, alentar los sacerdotes fieles, ayudar los que dudan y rescatar a los que han caído en la confusión y en el pecado.
No hay mucho tiempo. Y hay graves peligros. “La mayor astucia del mal es su mudanza en dios doméstico y discreto, cuya hogareña presencia nos reconforta”.
Si no sentimos la urgente necesidad de prepararnos espiritualmente para resistir, es que el mal, bajo forma de dios doméstico, ya se ha instalado en nuestro hogar… o está haciéndolo.
Notas
(1) Su diario espiritual http://www.intratext.com/IXT/ITA1070/
(2) “Voy a renovar a mi pueblo y a mi Iglesia, voy a enviar celosos sacerdotes que derramaran mi espíritu para renovar la faz de la tierra. Voy a reformar las Ordenes por medio de hombres santos y sabios. Voy a dar a mi Iglesia un nuevo PASTOR que, lleno de mi espíritu y animado de mi celo, ha de guiar mi grey. Y, por último, le certificó que tal obra no tardaría DOSCIENTOS AÑOS en llevarse a feliz término, como ella pensaba, sino que el Señor abreviará ese tiempo en gracia a la oración y penitencia de los hombres: “El tiempo está en mis manos… Ora y mortifícate…, que el tiempo no está tan lejos como tú crees.”

