El sínodo del HORROR
Por ahora se sabe poco de lo que acaece en las aulas sinodales oficialmente, porque toda información depende de unos relatos de personas elegidas para determinar qué es lo relevante de las discusiones, por demás «armoniosas», lo que resulta muy raro teniendo en cuenta los enfrentamientos pre-sinodales.
Por ahora se sabe poco de lo que acaece en las aulas sinodales oficialmente, porque toda información depende de unos relatos de personas elegidas para determinar qué es lo relevante de las discusiones, por demás «armoniosas», lo que resulta muy raro teniendo en cuenta los enfrentamientos pre-sinodales.
Es decir, no solo se ha dejado fuera a personas laicas que han dedicado su vida a defender el matrimonio, como testimonia Magister, sino que el matrimonio (sabemos solo de uno) que habló, hizo una apología de la «misericordia» con una pareja de homosexuales «acogidos» por los padres de uno de ellos en su casa, todos, eso sí, muy católicos. El testimonio de un blog amigo es de aterradora elocuencia:
«El otro día, cuando un papá y una mamá contaban entusiasmados y enternecidos la entrañable acogida hogareña de su nene gay y su noviete, la asamblea sinodal se puso en pie y les aplaudió con fervor. Increíble, pero pasó.
Ahora el síndrome filo-homosex-familiar sube un nivel (o varios) y ha sido un cardenal, el brasileño Assis, obispo de Aparecida, quien destapa su proclividad y reclama que la Iglesia sea la casa paterna también para las parejas gays.
Es muy tremendo lo que voy a decir, pero el Emmº y Revmº Assis quiere, ni más ni menos, que la Iglesia sea Sodoma: Sodoma, la ciudad vecina de Gomorra, donde habitaban y vivían aquellos legendarios sodomitas y gomorritas. Huelga contar cómo acaba el relato del Génesis (Gn 18,16-19,29) que cuenta aquello, con el prólogo de la bella escena del regateo de Abraham con el Señor, rebajando la cuenta castigadora hasta los 10 justos sodomitas, que no se hallaron ni siquiera esos diez. En Sodoma no había ni diez sodomitas decentes.
La pregunta (retórica) a propósito del Sínodo y sus desviaciones no es si podrá jamás haber diez sodomitas justos. La pregunta es si caben en la Iglesia con todos los parabienes, como pide el purpurado brasileñí. ¿Cabrían?
Respondo: Como pecadores, sí; como justos, sólo si dejan su pecado, que no sólo es no practicar sodomías, sino no reconocerse en la tal condición y desprenderse, externa e internamente, de la categoría. Si no, si persistieran en la práctica nefanda y/o mantuvieran el gay pride, su lugar en la Iglesia es la lista de los pecadores, con las condiciones y privaciones anejas a su estado y su pecado.
Resulta repugnante que un cardenal confunda misericordia con tragaderas. El Hijo Pródigo, cuando volvió a la casa paterna, no se llevó a las putas ni a los cerdos. Se le admitió porque llegó arrepentido (con atrición, por lo menos).
Confundir a la Iglesia con Sodoma y Gomorra es muy grave. Pero en esas estamos. A eso hemos llegado».
Lo que se lee agiganta el horror ya previsible. Si el deseo de los que manejan la comunicación es mostrar a una Iglesia permisiva, que ha abolido el concepto de pecado y culpa, de arrepentimiento, de enmienda de la conducta; que ha abolido la doctrina de Fe según la cual Dios no pide lo imposible y en todo tiempo se pueden guardar sus mandamientos; si este es el propósito de los que comunican, lo están logrando.
Puede ser que a las cansadas, con un lenguaje plagado de ambigüedades, vea la luz un documento donde no se afirmen errores claramente, pero ya están instalados en la masa católica. Y ahora los pocos que luchamos por la doctrina de la Fe y la moral católicas quedamos desautorizados por los papas en toda la línea. No sólo ya se nos cuestiona porque no aceptamos el diálogo interreligioso o la liturgia moderna, ahora se nos condena porque no aceptamos la fornicación ni la homosexualidad. Es un éxito completo de la «Iglesia de la publicidad», nunca mejor denominada que por la genial intuición del P. Julio Meinvielle.
Con todo, creemos que la línea Kasper y cía. busca oficializar estas doctrinas, llevarlas al rango de «magisterio». Y allí se verá qué hace Francisco, y en que medida asume formalmente tales aberraciones.
Realmente, seguir este sínodo es insalubre. Y relatar lo que se sabe de él resulta impúdico. En otros tiempos, los tratados de moral refeían estas enfermedades espirituales en latín, y se ponían solo al alcance de los que por oficio estaban llamados a la cura de almas. Hoy son objeto de aclamaciones de pie de los padres sinodales.
Confiamos que no de todos ellos. Tenemos la esperanza de que el «muro» desinformativo busque tapar esos testimonios de Fe, pero que ellos existan y de algún modo se manifiesten para esperanza de los fieles.
El HORROR se agiganta.

