Pecados que ¿clamaban? al cielo…
Dícese que estos pecados claman al cielo porque lo dice el Espíritu Santo, y porque su iniquidad es tan grave y manifiesta que provoca a Dios a castigarlos can los más severos castigos. Catecismo Mayor de San Pío X
Dícese que estos pecados claman al cielo porque lo dice el Espíritu Santo, y porque su
iniquidad es tan grave y manifiesta que provoca a Dios a castigarlos can los
más severos castigos. Catecismo Mayor de San Pío X
Dice el Catecismo Mayor de San Pío X,
967. ¿Cuáles son los pecados que se dicen clamar al cielo? – Los
pecados que se dicen clamar al cielo son cuatro: 1.°, el homicidio voluntario;
2.°, el pecado impuro contra el orden de la naturaleza; 3.°, la opresión del
pobre; 4.°, la defraudación o retención injusta del jornal, del trabajador.
968. ¿Por qué se dice que estos pecados claman al cielo? – Dícese que
estos pecados claman al cielo porque lo dice el Espíritu Santo, y porque su
iniquidad es tan grave y manifiesta que provoca a Dios a castigarlos can los
más severos castigos.
Por si alguien creyera que esta cita –que tiene ya más de 100 años- está desactualizada, recuerdo, contra mi deseo, el nuevo “Catecismo de la Iglesia Católica” de 1997.
1867 La tradición catequética recuerda también que existen “pecados que claman al cielo”. Claman al cielo: la sangre de Abel (cf Gn 4, 10); el pecado de los sodomitas (cf Gn 18, 20; 19, 13); el clamor del pueblo oprimido en Egipto (cf Ex 3, 7-10); el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano (cf Ex 22, 20-22); la injusticia para con el asalariado (cf Dt 24, 14-15; Jc 5, 4).
Como se puede comprobar, la Iglesia mantiene vigente, porque no podría ser de otro modo, la enseñanza sobre los pecados más graves, los que ofenden de un modo particular a Dios violentando directamente el orden natural y moral por él establecidos: matar al prójimo voluntariamente, oprimir al más débil, defraudar o retener el jornal del que vive de la fuerza de sus brazos, y
el pecado de los sodomitas, que se llama nefando, es decir, del que no se debía siquiera hablar, por lo que cuando era necesario aludir a él se lo hacía de un modo elíptico. El pecado contra la naturaleza.
San Pablo manda que ciertas cosas “ni siquiera se nombren entre vosotros”, tales como “fornicación, y cualquier impureza o avaricia” (Ef. 5, 3). Y urge a proceder: “No digo con los fornicarios de este mundo en general, o con los avaros, ladrones o idólatras, pues entonces tendríais que salir del mundo. Mas lo que ahora os escribo es que no tengáis trato con ninguno que llamándose hermano sea fornicario, o avaro, o idólatra, o maledicente, o borracho, o ladrón: con ese tal ni siquiera toméis bocado”. (Cor. 5, 10 y ss.)
Así estamos, pues, en este tiempo, desconociendo la Ley de Dios (en ambos sentidos de la palabra “desconocer”) y proclamando a cuatro vientos, con detalles horripilantes, todos los vicios de los que el Apóstol nos manda “ni siquiera se nombren entre vosotros”. O sea, entre los cristianos. Además de que nos prohibe tener trato “con ninguno que llamándose hermano sea fornicario, o avaro, o idólatra, o maledicente, o borracho, o ladrón…”. Lamándose hermano, es decir, llamándose católico.
No parecen cuestiones difíciles de interpretar, los principios son simples, al alcance de todos, aunque la moral es compleja en la práctica y siempre se puede ahondar en distinciones. Pero estas distinciones no podrían jamás contrariar el principio enunciado por el Apóstol, que lo ha recibido de Dios mismo, porque es depositario de la Revelación.
¡Pobre San Patricio!
Hoy, en estos días, gran polémica en los EE.UU. por la decisión de Thimoty Dolan, cardenal de Nueva York, de permitir a los cultores del vicio nefando de los sodomitas participar activamente en la “St. Patrick’s parade”, el desfile anual del 17 de marzo, emblema del catolicismo de esa nación. Ya hemos hablado de esto en “El Horror y los horrores”. Pero ahora nos gustaría señalar un punto en particular.
El organizador del desfile, quien luchó años enteros para conseguir un reconocimiento legal del derecho de excluir a los homosexuales de dicho desfile, invocando las normas morales que rigen la conducta de los católicos, y que consiguió un fallo de la Corte Suprema de EE.UU. avalando dicho derecho, el mismísimo, decide permitir lo que por tanto tiempo meritoriamente se empeñó en impedir. Y a la vez recibe el aval del cardenal arzobispo de Nueva York. Notable coincidencia.
El pobre hombre quedó un poco mal parado. A todas luces se ha producido un cambio de 180º en sus convicciones. ¿Qué lo ha producido? Todos le exigen una explicación. Oigamos su respuesta por medio del vocero de la institución que organiza el desfile:
Bill O’Reilly, portavoz del comité organizador del desfile ha dicho el 8 de septiembre a la agencia Catholic News Agency, que la decisión de hacer desfilar a grupos de homosexuales ha nacido del “cambio de tono dentro de la Iglesia” que ha venido a ser más compasiva y comprensiva, atenta al modo en que “ha hablado de esto el Papa Francisco”. (Ver Settimo Cielo y National Catholic Register )
No es la primera vez que esto ocurre desde las desafortunadas palabras “¿quién soy yo para juzgar?”, citadas incluso en foros políticos anticatólicos para promover, lamentablemente con éxito, leyes de “matrimonio homosexual” en algunos distritos de los EE.UU.
Por lo que es necesario coincidir con el vaticanista Magister. Parece que hay pecados que “clamaban” al cielo, pero hoy han dejado de clamar, a instancias de las desgraciadísimas palabras del Papa Francisco, cuyas consecuencias caerán sobre su alma a modo de secuela de pecados que se están cometiendo ahora con cierto “aval moral de la Iglesia”.
Todo pecado clama al cielo ciertamente. Pero estos, la Iglesia lo dice y no se desdice, se distinguen por su particular malicia. La Iglesia ya ha juzgado y condenado, con la autoridad de Dios y de la Cátedra de Pedro. La Iglesia sí es quien para juzgar lo que está mal, lo que ofende a Dios, de modo tan grave que en sus documentos de enseñanza de la Fe y la Moral los distingue de un modo particular.
No hay pasado posible para la Fe o la Moral. Tienen vigencia siempre. Y siempre hemos de entender las cosas de la misma manera. Dícese que estos pecados claman al cielo porque lo dice el Espíritu Santo, y porque su iniquidad es tan grave y manifiesta que provoca a Dios a castigarlos can los más severos castigos.
Kyrie eleison.

