El Irenismo en la raíz del modernismo conciliar
Para entender los gestos de Francisco en clave católica y poder evaluarlos en su catolicidad, lo que es deber de todo fiel si sospecha que algo raro está pasando, hay que volver, pese a todo, a hablar del irenismo, en especial después del acto del domingo junto con Shimon Peres y Mahmud Abbas.
No queremos ser repetitivos innecesariamente, pero aquí volver sobre el tema del irenismo es necesario. De esto se ha hablado ya aquí, aquí y aquí, por mencionar tres puntos de referencia.
Para entender los gestos de Francisco en clave católica y poder evaluarlos en su catolicidad, lo que es deber de todo fiel si sospecha que algo raro está pasando, hay que volver, pese a todo, a hablar del irenismo, en especial después del acto del domingo junto con Shimón Peres y Mahmud Abbas.
Este gesto, acompañado de un breve discurso-oración, fue la convocatoria de las autoridades máximas de Israel y Palestina a un acto de oración conjunta por la paz. Allí el papa pronunció estas palabras:
« Señor, Dios de paz, escucha nuestra súplica.
Hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas…
Pero nuestros esfuerzos han sido en vano. Ahora, Señor, ayúdanos tú. Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir: «¡Nunca más la guerra!»; «con la guerra, todo queda destruido». Infúndenos el valor de llevar a cabo gestos concretos para construir la paz. Señor, Dios de Abraham y los Profetas, Dios amor que nos has creado y nos llamas a vivir como hermanos, danos la fuerza para ser cada día artesanos de la paz; danos la capacidad de mirar con benevolencia a todos los hermanos que encontramos en nuestro camino.
Haznos disponibles para escuchar el clamor de nuestros ciudadanos que nos piden transformar nuestras armas en instrumentos de paz, nuestros temores en confianza y nuestras tensiones en perdón. Mantén encendida en nosotros la llama de la esperanza para tomar con paciente perseverancia opciones de diálogo y reconciliación, para que finalmente triunfe la paz. Y que sean desterradas del corazón de todo hombre estas palabras: división, odio, guerra.
Señor, desarma la lengua y las manos, renueva los corazones y las mentes, para que la palabra que nos lleva al encuentro sea siempre «hermano», y el estilo de nuestra vida se convierta en shalom, paz, salam. Amén. »
Invocación por la paz, Francisco, 08/06/14.
Pío XII y la paz
Si un papa moderno ha debido enfrentar una guerra terrible, devastadora y universal ha sido Pío XII. El mismo que condenó en su Magisterio el error del irenismo. De su breve mensaje a modo de Encíclica con motivo de la Navidad de 1947, cuando ya habían cesado las acciones bélicas abiertas, pero se sufrían las consecuencias de ellas, y en la Europa oriental el comunismo trituraba toda resistencia cristiana, el Santo Padre recordaba a los obispos y fieles:
“Tengan todos presente que el acerbo de males que en los últimos años hemos tenido que soportar se ha descargado sobre la humanidad principalmente porque la Religión divina de Jesucristo, que promueve la mutua caridad entre los hombres, los pueblos y las naciones, no era, como habría debido serlo, la regla de la vida privada familiar y pública.
Si, pues, se ha perdido el recto camino por haberse alejado de Jesucristo, es menester volver a Él tanto en la vida privada como en la pública. Si el error ha entenebrecido las inteligencias, hay que volver a aquélla verdad divinamente revelada que muestra la senda que lleva al cielo.
Si, por fin, el odio ha dado frutos amargos de muerte, habrá que encender de nuevo aquel amor cristiano, que es el único que puede curar tantas heridas mortales, superar tan tremendos peligros y endulzar tantas angustias y sufrimientos”.
Carta Encíclica Optatissima pax, de 1947
Como se puede ver sin mayor dificultad, el Magisterio tradicional de la Iglesia no propicia la guerra, y tiene en altísima estima la paz. El nombre de este documento, Optatissima pax, es elocuente: La paz tan deseada, la deseadísima paz, deseo al que se suma el Vicario de Cristo, como tantas veces durante la guerra mundial que comenzó apenas había asumido el pontificado y que tuvo por objetivo militar inclusive a la propia Ciudad Santa.
Pero tan ardiente deseo no obnubila su inteligencia ni intimida su palabra, que debe ser faro de la humanidad, ante las exigencias de la corrección política. Por eso el papa recuerda que se llegó a los extremos de crueldad inconcebibles que conocimos durante la llamada IIª Guerra Mundial porque la Religión divina de Jesucristo… no era, como habría debido ser, la regla de vida privada y pública. Y que a ella es necesario volver para que se encienda nuevamente la divina caridad que cura heridas mortales y endulza angustias y sufrimientos.
No es posible encontrar en la oración de Francisco nada que recuerde la primacía excluyente de la religión divina de Jesucristo como fuente única de paz, paz de Dios, no paz como la da el mundo.
La paz del mundo
En el Evangelio del domingo de Pentecostés se lee el discurso de Nuestro Señor donde promete la venida del Espíritu Santo. Allí distingue expresamente Su paz de la falsa paz del mundo. “Os dejo mi paz, os doy mi paz, no como la da el mundo”. Jn. 14, 27. El contraste es expreso y clarísimo. Mi paz, dice Nuestro Señor Jesucristo, NO ES la paz del mundo.
Por eso, cuando se repasan algunos de los tantísimo intentos de los papas conciliares de liderar propuestas de paz, se ve con pena que en ellas parece invocarse permanentemente la paz del mundo: el diálogo, la negociación, el entendimiento superador… nada de lo cual será más que una ilusión, o un instrumento de la astucia política, si detrás de los que deciden y también de los pueblos por ellos regidos no está el sustento virtuoso de la religión de Jesucristo, cuya caridad divina es la única que puede mover los corazones a practicar la justicia, a perdonar, a hacer lo que ningún maestro humano ha propuesto, que supera inclusive el deber estricto de la justicia: amar al enemigo.
Indiferentismo e irenismo
Alguien podría preguntarse si esa oración dirigida “al Señor”, con Francisco flanqueado por un judío y un musulmán, no es una invocación de la paz de Cristo. Y hasta podría responderse que sí, pero estaría cayendo en el mismo error de quienes nos proponen, ya desde las logias masónicas del siglo XVIII hasta la ONU y otros organismos mundialistas de estos tiempos la paz del mundo: el error del indiferentismo religioso.
Es clarísimo que los papas conciliares admiten, no siempre de un modo expreso pero sí implícitamente que Dios, el único verdadero, el Padre de Jesucristo, es el mismo que adoran o dicen adorar judíos y musulmanes, en este caso concreto. Tal vez si se les pregunta en concreto y con detalles respondan que lo dicen en tal o cual sentido que resulte admisible con el dogma católico. Pero lo que se entiende de sus dichos públicos, lo que entiende la mayoría es que son el único Dios, el mismo Dios.
Solo que el Padre no puede ser adorado si no se adora al Hijo. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Jn. 14, 6. Y añade el Señor: “Si vosotros me conocéis, conocéis también a mi Padre”. Lo que implica que si no me conocéis no conocéis a mi Padre, porque “nadie va al Padre sino por mí”.
¿Es tan difícil de entender un texto cuya literalidad resulta abrumadora?
Así pues, si algo no puede ser menospreciado para lograr la paz (relativa siempre, porque el pecado y sus frutos, la enfermedad, la pobreza, la injusticia, etc. solo se pueden aliviar en este mundo y alcanzar plenamente en el cielo), si algo no puede faltar en una exhortación a la paz protagonizada por un Vicario de Cristo, es la mención de que solo es posible llegar a un entendimiento por encima de los odios, sobre los fundamentos permanentes que sean posibles dentro de la fragilidad humana, poniendo el cimiento en la piedra basal de la religión divina de Jesucristo. Y que alejarse de ella, tanto en la vida privada como en la pública, nos lleva necesariamente a potenciar las miserias humanas, a concebir formas de crueldad inimaginables, a atropellar toda razón y justicia.
Cuando se dice que las guerras son castigos del pecado de los hombres, se dice bien. El pecado nos aleja de la verdad y de las obras que nacen de la luz de la verdad. Entenebrecen las inteligencias y propician el odio en los corazones. Esto es lo que vivimos en todos los países, en diversos grados y con manifestaciones variadas. Parece seguro que de continuar en este camino, los odios llegarán a extremos que ya hemos visto en distintos lugares, como en Medio Oriente y también en Europa o en África misma, pero de un modo generalizado. Y en la medida en que los papas y la jerarquía en general se engañan y engañan a los fieles y a todos los hombres con promesas de falsa paz, el camino del desastre se vuelve irreversible.
Este es el criterio con el que debemos juzgar el acto del domingo en la Santa Sede: lo que nos ha enseñado el Magisterio siempre: no hay paz posible sin aceptar a Jesucristo como Señor de las Naciones, y su doctrina como inspiración de las leyes de la sociedad civil. No hay paz, ni shalom ni salam que valgan fuera de la caridad de Cristo: será una paz de cementerios, de campos de concentración, de oprimidos o suprimidos. Una falsa paz sostenida en la injusticia, hasta en el exterminio de los que resulten obstáculo para ese supuesto entendimiento. O una mera paz de publicidad y actos vacuos, flotando sobre corazones palpitantes de odio y mentes que planean la venganza.
Quiera Dios alumbrar la mente y ablandar el corazón del Vicario de Cristo -a quien Santa Catalina llamaba “dulce Cristo en la tierra»- para que siga la doctrina del dulce Cristo del Cielo.

