Recuerdan a los mártires de hoy en la catedral porteña
El cardenal Mario Poli presidió una ceremonia con participantes de diversos credos convocada por la Comunidad de San Egidio. Evocaron que el antiguo cardenal Bergoglio la celebraba, y dijeron que hoy como Francisco pide «que no caiga en el olvido».
Ante una nueva ceremonia profanadora
Recuerdan a los mártires de hoy en la catedral porteña
El cardenal Mario Poli presidió una ceremonia con participantes de diversos credos convocada por la Comunidad de San Egidio. Evocaron que el antiguo cardenal Bergoglio la celebraba, y dijeron que hoy como Francisco pide «que no caiga en el olvido».
Este tipo de disparate teológico proviene de papas anteriores y ha sido confirmado por el actual Sumo Pontífice.
En el reportaje publicado el 16 de diciembre de 2013 en el diario La Stampa, ante la pregunta de Andrea Tornielli, el papa Francisco contestó lo siguiente:
- ¿La unidad de los cristianos es una prioridad para usted?
Sí, para mí el ecumenismo es prioritario. Hoy existe el ecumenismo de la sangre. En algunos países matan a los cristianos porque llevan consigo una cruz o tienen una Biblia; y antes de matarlos no les preguntan si son anglicanos, luteranos, católicos u ortodoxos. La sangre está mezclada. Para los que matan somos cristianos. Unidos en la sangre, aunque entre nosotros no hayamos logrado dar los pasos necesarios hacia la unidad, y tal vez no sea todavía el tiempo. La unidad es una gracia que hay que pedir. Conocí en Hamburgo a un párroco que seguía la causa de beatificación de un sacerdote católico que fue guillotinado (sic) por los nazis porque enseñaba el catecismo a los niños. Después de él, en la fila de los condenados, había un pastor luterano y lo mataron por el mismo motivo. Su sangre está mezclada. Ese párroco me contó que había ido a ver al obispo y le había dicho: “Sigo con la causa, pero de los dos, no sólo del católico”. Este es el ecumenismo de la sangre. Todavía existe hoy, basta leer los periódicos. Los que matan a los cristianos no te piden el documento de identidad para saber en cuál Iglesia fuiste bautizado. Tenemos que tomar en cuenta esta realidad.
Puede ser que desde el punto de vista del verdugo, fueran ejecutados por el mismo motivo (odio a todo lo que huela a religión) pero seguro que no los mataron por confesar lo mismo. Uno, el católico enseñaba la fe católica (verdadera), el otro, luterano enseñaría una de las tantas formulaciones (falsas) de los luteranos.
La afirmación “unidos en la sangre” no puede ser más naturalista. Si hay algo que identifica a los santos y a los mártires es la unión en la gracia sobrenatural y en la fe divina siguiendo lo dicho patentemente en el Prólogo del evangelio según san Juan: “Mas a cuantos lo recibieron, les dio poder para llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Los cuales han nacido, NO DE LA SANGRE, NI DEL DESEO DE LA CARNE, NI DE LA VOLUNTAD DEL HOMBRE, sino de Dios.” (Jn 1, 1213)
Es cierto que los protestantes “creen en su nombre”, pero no creen en lo que El ha revelado a través de su Iglesia, la única verdadera. No han obedecido a Cristo puesto que no escuchan a los que Cristo dijo que había que escuchar. “El que á vosotros oye , a mí oye ; y el que a vosotros desecha , a mí desecha ; y el que a mí desecha , desecha al que me envió ” (Lc 10, 16).
Y además, ¿por qué limitarse en ese supuesto martirologio ecuménico a anglicanos, luteranos y ortodoxos? ¿Acaso no tendríamos que incluir también al pastor Giménez y todos los que integran los ¡25.000! (sic) grupos derivados de la rebelión religiosa del siglo XVI? ¿Cuál es el criterio para limitarse a solo esos tres grupos heréticos y cismáticos, que encima están divididos entre sí?
Las afirmaciones de Francisco contradicen la fe católica en puntos esenciales, especialmente si nos fijamos en todo el Magisterio preconciliar en la Iglesia y, si me apuran, también contradice la declaración Dominus Iesus de agosto del 2000 que distingue claramente entre la fe sobrenatural (católica) y las creencias religiosas (de orden puramente natural) (n°7 de la declaración).
Quien no tiene la fe católica, no puede morir por lo que no tiene; no muere por una verdad propuesta por la fe, puesto que no tiene la fe sobrenatural.
Afirma León XIII en su encíclica Satis cognitum, N°16, 29-6-1896, en concordancia con todo el Magisterio de la Iglesia: “El que en un solo punto rehúsa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehúsa someterse a Dios como suprema verdad y motivo propio de la fe”.
Santo Tomás sobre este preciso punto enseña (destacados nuestros):
Quien no se conforma ni se adhiere, como a regla infalible y divina, a la doctrina de la Iglesia, que procede de la verdad primera, manifestada en las Escrituras, no posee el hábito de la fe (…). Si de las cosas que sostiene la Iglesia admite unas y otras las rechaza libremente, entonces no da su adhesión a la doctrina de la Iglesia como a regla infalible, sino a su propia voluntad. Por lo tanto, el hereje que pertinazmente rechaza un artículo, no se halla dispuesto para seguir en todo la doctrina de la Iglesia (no sería hereje, sino solo un equivocado si no lo hiciera con pertinacia). Queda, pues, manifiesto que el hereje que niega un solo artículo no tiene fe de los otros, sino únicamente opinión según su propia voluntad (S.Th, II-II, q.5., a.3., subr. mío).
Por eso la Iglesia nunca ha hablado propiamente de martirio en el caso de otras confesiones; no puede hacerlo. No los puede honrar como mártires puesto que han muerto separados de su unidad. Muchos, por su ignorancia, tal vez murieron creyendo estar en la verdadera Iglesia de Jesucristo y en gracia de Dios, y Dios, que conoce el interior de los corazones, ya recompensará esa buena fe, esa buena voluntad y esas buenas disposiciones en el caso de que realmente se hayan dado; pero la Iglesia Católica, que juzga del exterior y que constata la herejía externa, se ve obligada a rehusar un título que solo pertenece a sus miembros. Serán mártires ante Dios, pero no ante la Iglesia. De hecho la Iglesia definió magisterialmente hace siglos: “No pueden permanecer con Dios los que no quisieron estar unánimes en la Iglesia. Aun cuando ardieran entregados a las llamas de la hoguera; aun cuando arrojados a las fieras den su vida, no será aquella la corona de la fe, sino el castigo de la perfidia; ni muerte gloriosa, sino perdición desesperada” (Dz 247, papa Pelagio II 575590, De la Carta 2 Dilectionis vestrae a los obispos cismáticos de Istria, hacia el año 585).
Fundamental no olvidar lo de la carta de san Pablo: “Y si distribuyese todos mis bienes y entregase mi cuerpo a las llamas, pero no tuviere caridad (agape), de nada me serviría” (I Cor 13, 3). Ese ágape que aparece designa el amor a Dios y al prójimo infundido por el Espíritu. No se trata, pues, del amor natural y espontáneo (filantropía), sino amor sobrenatural. Pero esto la gente ya no lo distingue y no entiende bien esa diferencia fundamental, especialmente cuando se lee este pasaje (llamado el Himno de la Caridad) en los casamientos de hoy.
Esa caridad está relacionada directamente con la verdad. Si no fuera así, ¿para qué tituló el papa Benedicto XVI su encíclica “Caritas in veritate”?
Él mismo papa afirma en su Mensaje de Cuaresma de 2013:
La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).
Este vínculo privilegiado entre la muerte y la fe católica implica que no se puede hablar de mártires herejes o cismáticos. Como dicen varios Padres de la Iglesia, “únicamente sufren realmente persecución por la justicia los que se apoyan en la verdadera Iglesia” (San Ireneo, Adversus Haereses, IV, XXXIII, 9). “No puede ser mártir el que no está en la Iglesia” (San Cipriano, De unitate Ecclesiae, 14). No cabe duda de que podemos imaginar que un hereje o un cismático de buena fe (con ignorancia invencible) puedan morir por la fe verdadera: su sacrificio será agradable a Dios, puesto que supone la caridad. Pero la Iglesia no lo reconocerá como mártir, pues el juicio sobre la buena fe de un individuo en particular le corresponde a Dios. Por esto, la pretensión de un “martirologio ecuménico” es inconcebible desde el punto de vista católico, a menos que se juzguen las intenciones y la buena fe (cosa que solo le corresponde a Dios) o que se destruya la virtud teologal de la fe (que queda reducida a una fe puramente natural sin un contenido definido).
De todos modos, en honor a la verdad, reconozcamos que este grave error no es original de Francisco. Ya lo había planteado nada menos que el concilio Vaticano II cuando en su documento “pastoral” Unitatis redintegratio en su punto 4, 10, sostenía: “Por otra parte, es necesario que los católicos, con gozo, reconozcan y aprecien en su valor los tesoros verdaderamente cristianos que, procedentes del patrimonio común, se encuentran en nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las virtudes en la vida de quienes dan testimonio de Cristo y, a veces, hasta el derramamiento de su sangre, porque Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras.”
Este grave error fue ampliamente repetido (y potenciado) por el recientemente canonizado Juan Pablo II en ese monumento a la confusión y contradicción que es la encíclica Ut unum sint (sobre el empeño ecuménico) del 25 de mayo de 1995 (en tiempos normales este documento solo hubiera bastado para impedir cualquier beatificación y canonización del “santo súbito”):
48. Las relaciones que los miembros de la Iglesia católica han establecido con los demás cristianos a partir del Concilio, han hecho descubrir lo que Dios realiza en quienes pertenecen a las otras Iglesias y Comunidades eclesiales. Este contacto directo, a varios niveles, entre los pastores y entre miembros de las Comunidades nos ha hecho tomar conciencia del testimonio que los otros cristianos ofrecen a Dios y a Cristo. Se ha abierto así un espacio amplísimo para toda la experiencia ecuménica, que es al mismo tiempo el reto de nuestra época. ¿No es acaso el siglo veinte un tiempo de gran testimonio, que llega «hasta el derramamiento de la sangre?» ¿No mira también este testimonio a las distintas Iglesias y Comunidades eclesiales, que toman su nombre de Cristo, crucificado y resucitado?
84. Si nos ponemos ante Dios, nosotros cristianos tenemos ya un Martirologio común. Este incluye también a los mártires de nuestro siglo, más numerosos de lo que se piensa, y muestra cómo, en un nivel profundo, Dios mantiene entre los bautizados la comunión en la exigencia suprema de la fe, manifestada con el sacrifico de su vida. 138 . Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 noviembre 1994), 37
“Si se puede morir por la fe (¡?), esto demuestra que se puede alcanzar la meta cuando se trata de otras formas de aquella misma exigencia.”
¿Cuál fe? ¿La “fe” ortodoxa, la luterana, la anglicana “baja”, la anglicana “alta”, la de los pentecostales, la de los ecuménicos de Taizé, la de los metodistas, los baptistas, los adventistas, la de las miles y miles de sectas, ¿cuál, por favor? ¿Realmente se piensa que estas sectas que ni siquiera tienen un texto común de la Biblia, que pretenden darle el orden sagrado del sacerdocio y el obispado a mujeres, que consagran “matrimonios” de invertidos, que niegan verdades básicas de lo revelado, que tienen errores gravísimos en la doctrina moral, están “iluminados por el Espíritu”, tienen la gracia santificante y los que mueren por estas sectas pueden terminar siendo “mártires de la verdad”?
Y parece que no solo tenemos martirologio común, también, hay santoral común:
“Si los mártires son para todas las Comunidades cristianas la prueba del poder de la gracia, no son sin embargo los únicos que testimonian ese poder. La comunión aún no plena de nuestras comunidades está en verdad cimentada sólidamente, si bien de modo invisible, en la comunión plena de los santos, es decir, de aquéllos que al final de una existencia fiel a la gracia están en comunión con Cristo glorioso. Estos santos proceden de todas las Iglesias y Comunidades eclesiales, que les abrieron la entrada en la comunión de la salvación.”
Todos estos errores ya los contestaba ese ejemplo de pensador católico que fue Romano Amerio cuando aparecieron en otros documentos eclesiales, como éste de Juan Pablo II que jamás tendría que haber sido publicado como parte del Magisterio de la Iglesia, la carta apostólica Tertio Millenio Adveniente (1994):
Allí, el papa Juan Pablo II sostenía algo parecido a lo que acaba de responder el papa Francisco: “El testimonio ofrecido a Cristo hasta el derramamiento de la sangre se ha hecho patrimonio común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes” (N°37).
Amerio comentaba:
“Prescindamos del hecho de que esta igualación de creencias completamente distintas convierte al martirio en un simple testimonio de la propia opinión, de modo que incluso el ateo puede ofrecer ese testimonio.” (…) “Es cierto que los mártires se enfrentaban al suplicio para obedecer a Dios, pero en los mártires que obedecían a Dios es difícil que pueda reconocerse un germen del “patrimonio común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes”, porque el testimonio bimilenario de los católicos se ofrece en un plano superior, en un plano sobrenatural, plano cerrado a toda fe a la cual le falte la gracia: no son ellos quienes dan testimonio de sí mismos (eso sería pelagianismo), sino que es el Espíritu Santo quien da testimonio de ellos. Y el Espíritu solo sopla de modo propio y normal en la Iglesia querida por Cristo.” (Stat Veritas, pág. 110-111).
Por el contrario, con la pretensión de darles a las otras religiones un valor intrínseco que no tienen, los modernistas abusan de Jn 3, 8: “El viento sopla donde quiere”, y algunos interpretan, en vez de “viento”, la palabra “Espíritu”. Jesús no habla del Espíritu Santo (lo excluyen el texto y el contexto), sino precisamente del viento: “El viento sopla donde quiere. Tú oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene y a dónde va. Así es todo el que ha nacido por el Espíritu” (Jn 3, 8). Esto significa: “La regeneración sobrenatural del hombre es misteriosa e inaferrable como el viento, pero real y reconocible por sus efectos” (Mons. Garófalo, La Sagrada Biblia, Marietti, vol. III, pág. 224, nota 8). Y aun suponiendo que Jesús dijera que el Espíritu Santo “sopla donde quiere”, justamente el Espíritu Santo sopla donde quiere: donde quiere él, no donde quieren los hombres. Esto es: sopla fuera de la Iglesia para atraer hacia ella mediante las gracias actuales; y sopla dentro de la Iglesia a fin de vivificarla por medio de la gracia santificante. En total coherencia con esto el papa Pío XII enseñaba en su encíclica Mystici corporis: “El [el Espíritu Santo] es, finalmente, quien al par que coengendra cada día nuevos hijos a la Iglesia con la inspiración de la gracia, rehúsa habitar con su gracia santificante en los miembros totalmente separados del Cuerpo” (Dz 2288).
Sigue diciendo –en ese desacertado documento– Juan Pablo II: “El ecumenismo de los santos, de los mártires, es tal vez el más convincente. La communio sanctorum habla con una voz más fuerte que los elementos de división” (N°37)./p>
Amerio comentaba:
“Todas las religiones se consideran equivalentes en el fondo: todos los hombres que mueren por su religión, cualquiera que ésta sea, son mártires. (…) Para la doctrina neotérica [modernista], la razón que asemeja al martirio católico con todos los demás, incluidos los políticos [¿no quieren, acaso, beatificar a los palotinos?, n.d.autor] es que en todos se exalta y se glorifica la conciencia individual: no la cosa en sí, sino la conciencia de la cosa. (…) Es lo que ha enseñado, implícita o explícitamente, el Concilio con la Declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa: el hombre profesa una religión cualquiera, y dicha creencia es respetable porque exalta su libertad. Pero el principio católico es totalmente distinto: la verdad, a la cual uno se adhiere libremente. El principio no es la conciencia individual sino el objeto al cual la conciencia individual se somete, al cual obedece, ante el cual se humilla: la verdad, es decir, Dios, el Dios trinitario. Si se abandona este principio, se abandona el principio de la religión católica.” (op.cit., pág. 111-112).
Y estos errores se han difundido tanto que incluso tendremos que llegar a oír de labios de un papa la barbaridad de que los mártires también murieron por el derecho a la libertad de conciencia y por la libertad religiosa. Así lo hizo Benedicto XVI en el más importante discurso de todo su pontificado (Discurso a la curia romana, 22 de diciembre de 2005) [destacados nuestros]:
“El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos.
La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo[dicho sea de paso, expresión de sabor modalista], y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, (¡¡¡????) una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia.”
Como alguien se preguntó acertadamente: ¿de veras espera Benedicto XVI que creamos que san Pedro fue martirizado por el derecho de los romanos a ofrecer pollitos muertos a Júpiter sin impedimento? ¿O que san Justino aceptó la muerte en testimonio del derecho de los adeptos de Mitra a sacrificar su toro sagrado?
Y respecto a un santoral común, Amerio contestaba:
“La santidad impone la separación del pueblo elegido por Dios respecto a los demás pueblos, y excluye la communio sanctorum promovida por la Carta [Tertio…]. Mas bien puede decirse que la santidad es principio y forma de los factores que separan a la Iglesia del mundo. Tal vez por eso san Gregorio gustaba de subrayar que incluso el apóstol san Juan, siempre inflamado por la caridad en todos sus actos, muestra cómo la caridad es suprema y perfecta en los deberes del cristiano hacia la doctrina: “si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa ni le digáis ‘Salud’; el que le dice ‘Salud’ entra en comunión con sus malas obras” (II Jn 1011). Así pues, tanto para el apóstol de la caridad como para aquel gran Pontífice, la communio sanctorum no habla “con una voz más fuerte que los elementos de división”, sino que quien “viene…y no trae esa doctrina” es menos digno y menos elevado para la consecución de la communio sanctorum; y a esos tan poco dignos y elevados debe negáseles incluso el saludo de paz, para no entrar “en comunión con sus malas obras”, maldad a la cual hoy día, por el contrario la nueva caridad no desdeña asociarse” (op. cit. pág. 114).
Agreguemos nosotros que, con todo este planteo, nos encontraríamos en la paradoja de tener que afirmar que la Iglesia católica, al posibilitar la ejecución de herejes, condenados previamente por legítimo procedimiento inquisitorial, evidentemente ha contribuido al santoral ecuménico. ¿Quién negará que muchos de ellos murieron por la libertad de conciencia (liberal) y por el derecho a difundir su propia fe (falsa)?
¡¿Qué tendremos que terminar rezando, según la doctrina conciliar?…“¿San Hus, san Wiclef, san Giordano Bruno, rogad por nosotros?”!
En definitiva, sigamos rezando… pero para que el Papa no dé más reportajes.

