Cosas que pasaron en la Iglesia
Con frecuencia he oído decir que ni el papado de Avignon ni el Cisma de Occidente afectaron a la Iglesia, doctrinalmente hablando. La realidad es muy distinta. Cuando se oscurece la disciplina, no se reconoce la autoridad legítima, se degradan las costumbres es fácilmente surgirán opiniones temerarias o francas herejías.
Con frecuencia he oído decir que ni el papado de Avignon ni el Cisma de Occidente afectaron a la Iglesia, doctrinalmente hablando. La realidad es muy distinta. Cuando se oscurece la disciplina, no se reconoce la autoridad legítima, se degradan las costumbres es fácilmente surgirán opiniones temerarias o francas herejías.
Es verdad que algunas de las opiniones teológicas en su momento fueron zanjadas por la autoridad del Magisterio con posterioridad, y sin embargo, el desprestigio del papado dio origen a tantos males entre los que se cuentan las doctrinas que a continuación se exponen brevemente, tomadas de la Historia de la Iglesia Universal. Entre ellas la del conciliarismo, cuyo renacimiento en las últimas décadas ha oscurecido profundamente la eclesiología. También, el falso profetismo, hoy de moda en los Nuevos Movimientos, con su correspondiente correlato en el «aparicionismo».
La Crisis de Avignon y el Cisma de Occidente
El Conciliarismo. La disminución de la autoridad pontificia se manifestó en el orden de las ideas, cuajando teóricamente en la doctrina del conciliarismo. Los orígenes del conciliarismo están estudiando modernamente con sagacidad y método.
Dos fuentes del conciliarismo se han querido descubrir en la Edad Media: una filosófico-política y otra canónico-teológica. La primera sería una democratización de la Iglesia fundada en la doctrina de Aristóteles, según la cual el origen del poder público radica en la comunidad, en el pueblo, del cual recibe inmediatamente el príncipe su potestad. Semejantes doctrina aplicó al régimen eclesiástico Marsilio de Padua. Si el papa recibe su poder de la universalidad o conjunto de los fieles y solo remotamente de Dios, se entiende cómo deba estar sujeto al concilio universal, que representa a toda la Iglesia.
Otra fuente muy estudiada hoy día es la doctrina de canonistas y teólogos sobre el papa herético. Era antigua opinión, que aparece en la colección canónica del cardenal Deusdedit y en el Decretum de Graciano, aceptada luego por el mismo Inocencio II, que un papa podía ser depuesto en caso de herejía. Al concilio general, representativo de toda la Iglesia, competía dar la sentencia.
Canonistas y teólogos medievales que equiparaban a la herejía otros crímenes, como la simonía, etc. Si se admite que en estos casos puede ser juzgado el sumo pontífice por un concilio, fácilmente se pasará a dogmatizar que la autoridad de los concilios es superior a la de los papas. Y es lo que sucedió, aunque muy paulatinamente.
Ya Guillermo Duranti en el tratado que presentó al concilio de Vienne defendía que el romano pontífice está obligado a admitir no solo las Sagradas Escrituras, sino también las decisiones conciliares.
Y el teólogo tomista Juan de París, O.P. , en su tratado De potestate regia et papali, compuesto hacia 1302, aunque defiende el origen divino del primado, limita la plenitudo potestatis, diciendo que el concilio universal puede deponer al papa en caso de herejía, de locura, de incapacidad personal, de simonía o de abuso de potestad. En la teoría del papa herético se apoyaba Guillermo Nogaret, el ministro de Felipe el Hermoso, contra Bonifacio VIII, y Guillermo de Ockham, el inspirador de Luis de Babiera, contra Juan XXII.
Preciso es decir, con todo, que la doctrina conciliarista cobró vuelos a fines del siglo XIV, apoyándose no en las teorías, sin en la grave situación práctica del cisma, que había que resolver. Ya en 1378 los cardenales italianos propusieron la convocación de un concilio universal independiente del pontífice para solucionar el incipiente cisma. Pero quienes trataron de justificar tal concilio fueron dos profesores alemanes que enseñaban en la Universidad de París: Gelnhausen y Langenstein. (…)
Semejantes doctrinas defendieron los más célebres canonistas, como Francisco Zabarella (1360 – 1417), a quien veremos actúar en Constanza, el cual concedía al emperador la facultad de convocar el concilio si no lo hacía el colegio cardenalicio, y resumía su pensamiento en esta frase: “Potestas (es decir, plenitudo potestatis ecclesiasticae) est in universitate, tamquam in fundamento, et in papa tamquan in principali ministro”.
Baste por ahora indicar que en la turbia atmósfera del cisma era natural que los conceptos –especialmente acerca de la Iglesia- se obscureciesen y deformasen, engendrándose teorías poco conformes con la sana doctrina.
El Galicanismo. Intimamente únido con el conciliarismo está el galicanismo, una de cuyas doctrinas es la teoría conciliarista. Hay un galicanismo político y otro eclesiático. El galicanismo político o parlamentario, elaborado por los legistas y abogados de París, coarta la jurisdicción de la Santa Sede, para extender más y más la del rey. Coincide plenamente con el regalismo francés. Se han querido ver sus inicios en Carlomagno, protector de la Iglesia; en el mismo San Luis, que empleó medidas de fuerza contra ciertas leyes eclesiásticas; pero su verdadero origen debe ponerse en Felipe el Hermoso con sus ministros Pedro Dubois, Guillermo Nogaret, etc., según los cuales el ius regium se extendía hasta la colación de obispados y prebendas, al usufructo de los beneficios vacantes y aún hasta la abolición de la propiedad eclesiástica. Estos legistas, con su concepción pagano-absolutista del príncipe, se injerían en la administración de las diócesis, abadías y parroquias; impedían en ocasiones el contacto directo de las Iglesias particulares con la Santa Sede; exigían el placet regium; querían que el Parlamento fuese el intermediario entre Roma y la Iglesia nacional. Este galicanismo trata de formularse en los tiempos obscuros y tumultuosos del cisma, siguiendo la pauta – como cree Haller – del Parlamento inglés, que en el Statute of Provisors (1351) y en el Statute of Praemunire (1353) había limitado mucho la jurisdicción papal en Inglaterra.
Indisolublemente ligado a éste se desenvolvía el galicanismo teológico o eclesiástico, cuya base y cimiento eran las loables costumbres de la Iglesia galicana, y cuyos principales postulados eran la doctrina conciliarista y la teoría de que el papa no posee otra jurisdicción temporal que la que le viene por concesión de los emperadores o príncipes o por prescripción; en el foro externo no puede ejercer más que un poder coercitivo moral. El primado es ciertamente de institución divina, mas no concede al papa el poder de modificar arbitrariamente las costumbres y estatutos de las iglesias particulares ni de suprimir las libertades y fueros de la iglesia galicana. El sumo pontífice está en la Iglesia, mas no sobre la Iglesia; no puede legislar sino conforme a los cánones de los concilios; sus propios decretos son reformables y ninguna de sus decisiones es infalible, a no ser que coincida con la Escritura, la revelación, las decisiones dogmáticas conciliares. La provisión de los beneficios eclesiásticos pertenece a los obispos, a los cabildos, a los patronos, no a la curia romana.
Estas doctrinas, que hemos visto apuntar en los concilios nacionales o asambleas del clero de 1398 y 1406, fueron expuestas y defendidas, al menos en parte, por los dos luminares de la Universidad de París, Pedro de Ailly y Juan Gersón en varios tratados y sermones; con ocasión del concilio de Constanza se hicieron ley del reino en la pragmática sanción de Bourges (1438), fueron codificadas por el abogado parlamentario Pedro Pithou en 1594 y triunfaron en la Declaratio cleri gallicani de 1682, para ser, finalmente, condenadas en el concilio Vaticano.
Relajación de las costumbres.- Consecuencia del cisma fue también, aunque sólo en parte, la relajación de las costumbres que durante los siglos XIV, XV y principios del XVI serpea por todo el cuerpo social. No poseyendo el papa suficiente autoridad e influencia para cortar enérgicamente los abusos y corruptelas y hallándose todos los grados de la jerarquía eclesiástica un poco desquiciados e inseguros, es natural que el celo de la disciplina se amortiguase y la debida vigilancia se descuidase.
Además, no era sólo el cisma el que influía perniciosamente en la moral pública y privada. Eran las guerras casi continuas, con su secuela de devastaciones, pillajes, hambres, pestes y desórdenes; era la anarquía política y la falta de autoridad de varias naciones; era también el crecimiento de la industria, el comercio y las riquezas en las grandes ciudades.
Lo que más escandalizaba era la conducta inmoral de muchos eclesiásticos, sin excluir a los prelados más altos. El números de los clérigos de multiplicaba excesivamente. A las dignidades eclesiásticas llegaban solamente los nobles, y éstos no siempre movidos por fines sobrenaturales; las consecuencias fácilmente se adivinan. Los concilios particulares lamentan con frecuencia el concubinato de los clérigos.
Llegaron algunos a opinar que no había humano remedio y que sería más conveniente y menos escandaloso que la Iglesia permitiese el matrimonio a los eclesiásticos, Otros, en cambio, dotados de más fino sentido espiritual y cristiano, salieron con Gersón a la defensa de la ley del celibato, sosteniendo que no era difícil de imponerse, con tal que se diese a los aspirantes al sacerdocio una educación conforme a su alta vocación.
Nada diremos aquí de la anarquía de las ideas y de aquella penumbra o subobscuridad teológica que antes de Trento envuelve las doctrinas, difuminándolas, hasta no saber dónde termina la opinión discutible y dónde empieza la verdad dogmática, porque la causa de esta confusión e incertidumbre de la teología se ha de buscar en el nominalismo y en el antagonismo que reinaba entre las diversas escuelas. Tampoco puede afirmarse que del cisma nazcan, aunque en aquel ambiente se originan y se afianzan las grandes herejías de Wiclef y Huss.
Visionarios y seudoprofetas.- El pulular de profecías y de visones apocalípticas sobre el destino de la humanidad es fenómeno ordinario en cualquier época atormentada por guerras y cataclismos. Hemos visto cómo en círculo de los exaltados espirituales y en el exilio aviñonés cunde el visionarismo y el seudoprofetismo, confundiéndose muchas veces con los dones sobrenaturales de los santos. El cisma acalora la fantasía de los soñadores, y el aire se llena de fatídicos augurios y de predicciones sobre la inminencia del fin del mundo y del anticristo.
Un supuesto ermitaño, Telésforo de Cosenza, enemigo de Alemania y partidario de la obediencia aviñonesa, declama contra la Iglesia de Roma y contra las costumbres del clero, anunciando el pontificado de un papa angelicus, al igual que los joaquinistas, y vaticina el final del cisma para el año 1393, añadiendo que la corona imperial pasará a Francia, cuyo Rey Cristianísimo llegará a ser un monarca universal, en lo cual no hacía sino repetir las predicciones de Juan de Rocquetaillade (+ 1362).
San Vicente Ferrer, en carta a Benedicto XIII, le profetiza el próximo advenimiento del anticristo, que vendrá cito, bene cito, valde breviter. Todos se contagian de esta epidemia profética, y los predicadores en sus sermones mezclaban tales vaticinios y revelaciones con cábalas astrológicas. El mismo Pedro de Ailly, gran teólogo y filósofo, obispo de Cambray, en un discurso pronunciado en el Adviento de 1385, ponía las profecías de Joaquín de Fiore y las del monje Cirilo (atribuidas al general de los Carmelitas, San Cirilo de Constantinopla, RIP 1234) a la misma altura que las de San Juan Evangelista, ya que, según él, la era de los profetas no se cerró con el Apocalipsis. Interpretando al abad Joaquín de Fiore, escribe en 1385 que el fin del mundo será hacia el año 1400.
Esto es inconciliable con lo que él mismo profetizó astrológicamente: “Hablemos – dice – de la octava y máxima conjunción de Saturno y Júpiter, que tendrá lugar hacia el año 1692 de la encarnación de Cristo, y al cabo de diez revoluciones saturnales vendrá el año 1789… Si dura el mundo hasta aquellos tiempos, lo cual sólo Dios sabe, habrá entonces muchas, y grandes, y asombrosas alteraciones y mudanzas del mundo, sobre todo en el aspecto político y religioso.”
También Nicolás de Clemanges, orador, teólogo y humanista, y Nicolás Oresme, notable filósofo y obispo de Lisieux, compusieron libros sobre el Anticristo y el fin del mundo.
Y todavía después de vaticinado el cisma siguen vaticinando el próximo fin del mundo personajes tan insignes como el filósofo-místico Nicolás de Cusa y el santo predicador Juan de Capistrano.
Historia de la Iglesia, BAC

