¿Pastores dotados de parresia?
En su alocución a los miembros de la Congregación de los Obispos, que se ocupa de asesorar al papa en la elección de los sucesores de los apóstoles, Francisco ha descripto una serie de condiciones que deben tener los candidatos, y también el consejo elector que esta congregación constituye. Algunas frases nos han sonado vibrantes y llenas de buen sentido. Dios las haga verdaderas.
Otras, hacen parte del lenguaje un poco vago y general que caracteriza la retórica papal. Parece un mensaje escrito a dos manos.
En su alocución a los miembros de la Congregación de los Obispos, que se ocupa de asesorar al papa en la elección de los sucesores de los apóstoles, Francisco ha descripto una serie de condiciones que deben tener los candidatos, y también el consejo elector que esta congregación constituye. Algunas frases nos han sonado vibrantes y llenas de buen sentido. Dios las haga verdaderas.
Otras, hacen parte del lenguaje un poco vago y general que caracteriza la retórica papal. Parece un mensaje escrito a dos manos.
Una frase nos mueve particularmente a este comentario entre varias dignas de destacar: “Para elegir a esos ministros todos necesitamos elevarnos, subir también nosotros al ‘piso superior’… Tenemos que elevarnos por encima de nuestras eventuales preferencias, simpatías, pertenencias o tendencias para entrar en la amplitud del horizonte de Dios…No hombres condicionados por el miedo de lo bajo, sino Pastores dotados de parresia, capaces de asegurar que en el mundo hay un sacramento de unidad y por lo tanto la humanidad no está destinada al abandono y al desamparo… «, según lo refiere el Vatican Vis.

Hombres dotados de parresia:
Investigando la palabra, de origen griego y acuñada en la antigüedad, encontramos un sentido realmente muy adecuado para estas aspiraciones papales. La parresia es una virtud que permite a quien la posee hablar con libertad de espíritu, sin sentirse intimidado; hablar con valentía y franqueza. Es la virtud de los profetas, y es también la forma de hablar característica del propio Cristo, que en su predicación no se amedrentó ante nadie, así como de los apóstoles después del descenso del Espíritu Santo en Pentecostés.
Una virtud que pedimos a Dios constantemente: porque ella combina la valentía, la libertad de espíritu, la franqueza con la sabiduría, la pureza de intención, la mesura… Nadie puede poseer esta virtud en un grado excelso si no es dueño también de una gran santidad de vida.
Lo curioso es que la RAE, en su diccionario de la lengua española define la palabra de otro modo, no como virtud sino como figura retórica que «consiste en aparentar que se habla audaz y libremente al decir cosas, ofensivas al parecer, y en realidad gratas o halagüeñas para aquel a quien se le dicen». Siendo la Real Academia autoridad indiscutible sobre la lengua española, debemos pensar que la palabra tiene dos acepciones contrarias. O que la RAE ha descuidado el sentido tradicional del término, limitándose a referir solo un tecnicismo literario. No reconoce tampoco la versión «parresía» muy usada y se limita a consignar «parresia».
Quede este enigma para los filólogos, no sin destacar que -no obstante aplaudir nosotros los lineamientos papales expresados en su alocución- los prelados encumbrados por él desde que era el gran «hacedor de obispos» argentinos hasta ahora en que los designa por derecho, en el mejor de los casos, más parecen practicar la «parresia» de la RAE que la de la tradición bíblica. O no practicar parresia alguna: no se nos quita de la cabeza la figura del hoy card. Poli invitando a los profanadores de la Iglesia de San Ignacio de Buenos Aires a «tomar unos mates y dialogar». Parresia hubiera sido señalar a los responsables materiales, o al menos ideológicos, y anunciarles las consecuencias para sus almas.
Menuda, brevísima, más bien nula parresia la del neocardenal, que solo se envalentona con los que no se pueden defender ni tienen la protección de los medios de comunicación o de la corrección política de moda.
Así pues, lo dicho antes: el papa marca muy bien como deben ser lo obispos, pero no lo aplica. Dicho esto con la mejor «parresia» que nos permite el cuerpo.
Texto completo: Ecclesia, Madrid.

