Panorama Católico

La grandeza cristiana de estos tiempos

Nuestro Señor, después de salir de la sinagoga se dirige con algunos de sus apóstoles a la casa de Pedro y Andrés. La suegra de Simón Pedro padecía unas fiebres y ellos le hablan a Jesús sobre esto. Ingresando la hizo levantar y al tocar su mano la fiebre desapareció, y ella los atendía y servía.

Et protinus egredientes de synagoga, venerunt in domum Simonis et Andreae, cum Iacobo et Ionanne. Decumbebat auntem socrus Simonis febricitans: et statim dicunt ei de illa. Et accedens elevavit eam, apprehensa manu eius: et continuo dimisit eam febris, et ministrabat eis.

Nuestro Señor, después de salir de la sinagoga se dirige con algunos de sus apóstoles a la casa de Pedro y Andrés. La suegra de Simón Pedro padecía unas fiebres y ellos le hablan a Jesús sobre esto. Ingresando la hizo levantar y al tocar su mano la fiebre desapareció, y ella los atendía y servía. Más adelante N.S. cura a muchos que padecían todo género de males de la salud, a algunos que pronunciaban diversas lenguas, expulsando a los demonios que los poseían. Luego se retiró al desierto a orar, pero fue buscado por todos. Entonces dirigióse a los poblados cercanos, predicando en sus sinagogas, y en toda la Galilea, y expulsaba a los demonios. (Mc. 1, 29 y ss.)

Jesús cura a la suegra de Pedro, lo que ha dado motivo de comentarios jocosos de algunos intérpretes. Le mandó levantarse y al tomar su mano la fiebre se extinguió.  Ella, inmediatamente, se puso a servirlos.

La enfermedad, leve o grave, transitoria o crónica, es pena por nuestros pecados y a la vez camino de santificación para el acrecentamiento de las virtudes. Dios la alivia o la quita según su voluntad, que siempre está en perfecta armonía con nuestra salvación. El querer de Cristo-Dios es perfecto. Solo puede querer lo que es bueno, no como los hombres, que pueden querer el mal bajo forma de bien. Dios no se equivoca.

La voluntad humana de Cristo es distinta de la Voluntad Divina, pero unida a Ella de un modo perfecto. Tanto que algún papa llegó a confundir a la Cristiandad hablando de “una sola voluntad”, queriendo decir “una por su perfecta unión moral”. Esto dio pábulo a las herejías monotelitas, resabios del monofisismo.

El escándalo fue grande y un concilio llegó a declararlo hereje y excomulgarlo post-mortem. Pero la Iglesia corrigió ese abuso, condenando al Papa Liberio por ceder a la tentación de decir en un escrito magisterial una verdad teológica de modo que se prestaba a confusión y tratar así de favorecer por medio de una ambigüedad “la unidad de la Iglesia”. Su actitud produjo la revitalización de la herejía en oriente durante décadas. La Iglesia de Occidente, en cambio, lo resistió.

La falta de unidad en la Iglesia es como una enfermedad: causada por nuestros pecados, pero convertida en bien por Dios de un modo misterioso, cuando y como él quiera. Ante ella puede el cristiano pedir a Dios la salud de las almas, que es el regreso a la sana doctrina, y a la vez el deseo y la fuerza para realizar un ejercicio manso de la caridad, a fin de resistir como roca inconmovible la tentación de buscar la “unidad” sobre otro fundamento que no sea la verdad revelada. Porque nadie puede tener a Dios por padre si no tiene a la Iglesia por madre (S. Agustín). No hay unidad con quienes no tienen a la Iglesia por madre, hasta que la reciban y acepten postrados de rodillas.

Y Dios puede, a la vez, restañar las heridas con el bálsamo de la caridad. La unidad se pierde por alejamiento de la fuente, que es la Fe divinamente revelada, o por disensiones personales. Lo primero es la herejía, lo segundo el cisma. Con frecuencia lo segundo termina en lo primero.

La suegra de Pedro, todavía Simón, enferma y sanada, se dispone inmediatamente a servir a Jesús y a sus  apóstoles. (A Dios y a la Iglesia). Cuando recibe la salud la pone al servicio de quien le ha dado la salud. Otros, sufrientes crónicos, pueden servir a Dios y a la Iglesia, asumiendo los dolores para “completar lo que falta a la pasión de Cristo”. Por eso Jesús deja que muchos sufran y no les concede la salud. Ni la física ni la espiritual (ese dolor por las cosas terribles que suceden en la Iglesia y en la humanidad). Para que puedan asumir como víctimas expiatorias estos sufrimientos y apresuren la intervención divina.

Durante las crisis de enfermedad, física o espiritual, Dios nos pone al alcance de la mano la posibilidad de hacer mucho por la Iglesia: rezar, sufrir y ofrecer para la conversión de los pecadores. Si nos devuelve la salud, como a la suegra de Pedro, nos llama a servirlo en la acción. Si no, en la expiación.

Y El, que es el único Todopoderoso, sanará según sus designios a quienes lo deseen con sincero corazón, y restablecerá el orden trastornado, devolviendo la primacía al servicio del culto y la adoración, en templos consagrados y libres de profanación. Este culto será, además, perfumado por una vida cristiana acorde a sus mandamientos y una caridad ardiente para atraer a los descaminados.

Es la grandeza cristiana de estos tiempos. 

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