Tercer Campanazo. Parte I
Por razones de extensión publico en dos partes este extraordinario texto de S. José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Razones inexplicables lo mantienen en secreto dentro de la Obra, así como no figura en sus obras. Es de 1974 y cambia completamente la perspectiva de su pensamiento. Lo único que lamentamos es que no lo hiciera público, con lo cual las cosas habrían sido diferentes en la Iglesia.
Queridísimos: …
§1.- Siento el deber de avisaros, y lo hago como tradicionalmente se convoca a los fieles para acercarlos al Sacrificio de Jesucristo: repitiendo las llamadas. Tres solían darse para anunciar el comienzo de la Santa Misa. Las gentes, al oír el repique ya familiar, aceleraban definitivamente el paso, corrían hacia la Casa del Señor.
Esta carta es como una tercera invitación en menos de un año para urgir vuestras almas con las exigencias de la vocación nuestra, en medio de la dura prueba que soporta la Iglesia. Quisiera que esta campanada… habrá de moveros a contrición y, si es necesario, suscitará un deseo de profunda reforma interior: una nueva ascensión del alma, más oración, más mortificación, más espíritu de penitencia, más empeño —si cabe— en ser buenos hijos de la Iglesia… anunciando la infinita clemencia de Dios con sus criaturas que en tantas ocasiones no se dirigen al Señor ni le aman porque no le conocen, ya que se ha secado la lengua de quienes deberían predicarLe, hasta el punto de que no pocos han perdido lo único de apariencia cristiana que les quedaba: la técnica de hablar claramente de Jesucristo y de su doctrina salvadora…
§2.- Hijos míos, Dios nos enseña a abandonarnos por completo. Mirad cuál es el ambiente, donde Cristo nace. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones: José —una historia de duros sucesos combinados con la alegría de ser el custodio de Jesús— pone en juego su honra, la serena continuidad de su trabajo, la tranquilidad del futuro; toda su existencia es una pronta disponibilidad para lo que Dios le pide. María se nos manifiesta como la esclava del Señor (Luc. I, 38) que, con su fiat, transforma su entera existencia en una sumisión al designio divino de la salvación. ¿Y Jesús? Bastaría decir que nuestro Dios se nos muestra como un niño; el Creador de todas las cosas se nos presenta en los pañales de una pequeña criatura, para que no dudemos de que es verdadero Dios y verdadero Hombre.
Sería suficiente recordar aquellas escenas, para que los hombres nos llenáramos de vergüenza y de santos y eficaces propósitos. Hay que embeberse de esta lógica nueva, que ha inaugurado Dios bajando a la tierra. En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de «mi» honra, ni de «mi» tiempo, ni de «mi» trabajo, ni de «mis» ideas, ni de «mis» gustos, ni de «mi» dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención. Rendida nuestra soberbia, declaremos al Señor con todo el amor de un hijo: ego servus tuus, ego servus tuus, et filius ancillae tuae (Ps. CXV, 16): yo soy tu siervo, yo soy tu siervo, el hijo de tu esclava María: enséñame a servirte…
§3.- Os escribo para que estéis prevenidos ante los asaltos del diablo, que ataca a la hora undécima quizá, casi al fin de este caminar de aquí abajo, cuando vuelve a remover los resortes de la prudencia carnal. Tú y yo, tenlo presente, hemos venido a entregar la vida entera. Honra, dinero, progreso profesional, aptitudes, posibilidades de influencia en el ambiente, lazos de sangre; en una palabra, todo lo que suele acompañar la carrera de un hombre en su madurez, todo ha de someterse —así, someterse— a un interés superior: la gloria de Dios y la salvación de las almas
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A servir a Dios y sólo a El (cfr. Matth. IV, 10; Luc. IV, 8) hemos sido llamados….
§4.- Hijos míos, no os podéis entibiar:.. Con Dios nos espera una cita importante siempre, especialmente en esta hora en la que, por la experiencia de cada uno y por las circunstancias de la sociedad, podemos —debemos— dar más abundantemente.
No olvidéis el particular empeño que pone en estos tiempos el demonio, para lograr que los fieles se separen de la fe y de las buenas costumbres cristianas, procurando que pierdan hasta el sentido del pecado con un falso ecumenismo como excusa. Deseamos, tanto como el que más lo desee, la unión de los cristianos y aun la de todos los que, de alguna manera, buscan a Dios. Pero la realidad demuestra que en esos conciliábulos, unos afirman que sí y —sobre el mismo tema— otros lo contrario. Cuando —a pesar de esto— aseguran que van de acuerdo, lo único cierto es que todos se equivocan. Y de esa comedia, con la que mutuamente se engañan, lo menos malo que suele producirse es la indiferencia: un triste estado de ánimo, en el que no se nota inclinación por la verdad, ni repugnancia por la mentira. Se ha llegado así al confusionismo, y se aniquila el celo apostólico que nos mueve a salvar la propia alma y las de los demás defendiendo con decisión la doctrina sin atacar a las personas…
§5.- Cuando escritores embusteros, que se atreven en su soberbia y en su ignorancia —quizá en su mala fe— a calificarse como teólogos, perturban y oscurecen las conciencias, cada uno de nosotros ha de anunciar con mayor fuerza la doctrina segura, a través de un proselitismo incesante. Para que esta acción apostólica sea fructuosa, dediquemos cada día más empeño a nuestra formación teológica personal y a nuestra vida interior. Pidamos al Dios Trino y Uno que aumente nuestras hambres de meternos en la sobrenatural oscuridad de su luz, y que esa luz de su verdad luzca en la cumbre, para que se verifique aquello del salmo: lux orta est iusto, et rectis corde laetitia (Ps. XCVI, 1 1); ha nacido la luz para el justo, y para los rectos de corazón la alegría.
§6.- Estamos en continuo contacto con la realidad eterna y con la terrena, realidad que sólo admite una postura: vivir en la Iglesia de siempre. Es cierto que, en alguna ocasión, el hecho de tener y propugnar la verdad, algunos lo interpretan falsamente como un acto de soberbia, como si nos preocupáramos de salvaguardar un derecho a nuestra vanidad personal, cuando cumplimos estrictamente un enojoso deber. Llena de dignidad cristiana aparece la figura de San Pablo, mientras se defiende de los que le iban a azotar, declarando su condición de ciudadano romano; y cuando con decisión expone al tribuno, que afirma que él consiguió con dinero ese privilegio, ego autem et natus sum (Act. XXII, 28), yo lo soy por nacimiento. San Pablo no teme ser acusado de soberbia porque proclama la verdad, en cosa que se refiere a él mismo: si he hablado antes de dignidad cristiana y de firmeza, ahora lo alabo por su valentía.
Dignidad, firmeza, valentía. Resulta difícil descubrir gentes que procedan con esa reciedumbre. Por eso, vienen ganas de gritar: ¿dónde estás, Señor, que no te siento: que no te veo, que no te oigo, que no te toco? Y me responde con palabras del Salmo: si ascendero in caelum, tu illic es: si descendero in infernum, ades (Ps. CXXXVIII, 8); me encontrarás en las alturas del cielo, lo mismo que en los abismos. Y en cada persona, en cada suceso, en cada instante, en cada latido de tu corazón. Adelante, pues, a no olvidar que la verdad no tiene más que un camino.
Hay que servir a Dios sin poner condiciones, si queremos serle fieles con alegría. Decidme, ¿qué gozo alcanzaría quien diera de mala gana, como quien hace un favor extraordinario? Pensad que cuando no fijamos condiciones a Dios, se caen las montañas: se desvanecen los obstáculos más grandes. Lo que parecía una dificultad que excedía nuestras fuerzas, se resuelve en un espejismo…
§7.- Estamos llamados a vivir al día, con lo puesto, sin que nada nos ate, confiados a la Providencia de nuestro Padre Dios…
§8.- Este camino de generosidad y de prontitud, para la contrición, marca la senda de la alegría.
Tú y yo no podemos poner condiciones al Creador: El a nosotros, sí, porque es Dios y es el Dueño de nuestro corazón, de nuestra vida entera. Pero como Dios se identifica con el Amor (cfr. 1 Ioann. IV, 8) y las obligaciones que exige el Amor elevan y liberan la conducta entera, resulta que dejarse condicionar por nuestro Dios es entrar en el maravilloso recorrido de los que participan de su Amor. De ahí que, con la libertad de quienes sirven como hijos, repitamos, sabiendo muy bien lo que expresamos: gaudete in Domino semper! (Philip. IV, 4), alegraos siempre en el Señor. Nuestro gozo está en servirte: con las barreras que Tú quieras, Señor mío.
Precisamente quien no pone condiciones servirá al Señor con alegría, y quien se hace siervo de Dios libertus est Domini (I Cor. VII, 22), es liberto del Señor. Qué libertad la nuestra, hijos míos, si nos decidimos a perder la vida sirviendo; qué libertad, cuando renunciamos de verdad a ocuparnos de nosotros mismos. Perdonad mi insistencia, pero me urge que me entendáis muy bien: hemos de respetar todos… el compromiso de no permitir que nada ni nadie enturbie —con disquisiciones, teorías o ejemplos de ajenas experiencias más o menos de moda en un momento— el ambiente, el espíritu peculiar nuestro de entrega total.
Esto —y más hoy, y aun más en algunos círculos eclesiásticos— choca y no me extraña que choque, porque la lógica de Dios desafía abiertamente a la lógica de los hombres. Unos, con pretextos de evangelizar el mundo, se afanan en ceder y ceder, desvirtuando la sal cristiana. Nosotros procuramos exigirnos, y exigir mucho. Hijos míos, nos ha ido muy bien perseverar así, a pesar de las resistencias de nuestra personal debilidad. Justamente por el convencimiento de nuestra flaqueza, nos consta que cediendo no se consigue nada. Percibimos el grave deber de transmitir a las generaciones que vendrán detrás de nosotros este espíritu de radical dedicación, de no poner límites ni condiciones a cuanto el Señor nos pida en su servicio…
§9.- Dios nos necesita con una descarada carga apostólica, para que hablemos de El a las gentes… procurando dar a conocer la doctrina y la vida de Jesucristo.
Hay que vibrar, hijos míos, hay que vibrar, porque rendiremos cuenta del tiempo inútilmente gastado. Para nosotros, el tiempo es gloria de Dios, el tiempo —en cada momento— es ocasión irrepetible de sembrar buena doctrina. No existen nunca razones para descuidar el apostolado. Cuanto más lejos de la verdad de Cristo esté el lugar en que os mováis, más dentro de Dios debéis meteros, con nuestra vibración interior y con el fervor apostólico. Así seremos luz, farol resplandeciente, encendido en las encrucijadas de esta tierra.
§10.- Pero la humanidad actual, me diréis, no se presenta nada propicia para entender estos deseos de total dedicación a Dios. Efectivamente, el viento que corre, dentro y fuera de la Iglesia, parece muy ajeno a aceptar estos requerimientos divinos tan profundos. Personas alejadas de hecho de Jesucristo, porque carecen de fe, han ido fomentando un clima de renuncia a toda lucha, de concesiones en todos los frentes. Y así, cuando el mundo ha necesitado una fuerte medicina, no ha habido poder moral capaz de parar esta fiebre, esta organizada campaña de impudor y de violencia, que el marxismo explota tan hábilmente, para hundir aun más al hombre en la miseria.
Se escucha como un colosal non serviam! (Ierem. 11, 20) en la vida personal, en la vida familiar, en los ambientes de trabajo y en la vida pública. Las tres concupiscencias (cfr. 1 Ioann. 11, 16) son como tres fuerzas gigantescas que han desencadenado un vértigo imponente de lujuria, de engreimiento orgulloso de la criatura en sus propias fuerzas, y de afán de riquezas. Toda una civilización se tambalea, impotente y sin recursos morales.
No cargo las tintas, hijos míos, ni tengo gusto en dibujar malaventuras: basta abrir los ojos y, eso sí, no acostumbrarse al error y al pecado. Un lamentable modo de acostumbrarse ha ocasionado la petulancia de algunos eclesiásticos que —posiblemente para encubrir su esterilidad apostólica— llamaban signos de los tiempos a lo que, a veces, no era más que el fruto, en dimensiones universales, de esas concupiscencias personales. Con ese recurso, en lugar de imponerse el esfuerzo de averiguar la causa de los males para ofrecer el remedio más oportuno y luchar, prefieren claudicar estúpidamente: los signos de los tiempos componen la tapadera de este vergonzoso conformismo.
§11.- ¿Qué remedios emplearemos nosotros, cuando abunda tanta facilidad para desvariar? Hijos míos, inactivos no vamos a quedarnos. Equivaldría a desertar. El procedimiento primero se basa en la santidad individual. Es hora de exigencias en la conducta. Cada uno debe considerarse personalmente comprometido a responder con generosa fidelidad a la vocación recibida. No hemos de aflojar en el cumplimiento de nuestras Normas de piedad, si queremos aportar algún auxilio contra estos males. Hemos de luchar por guardar los sentidos, para que la presión de toda una sociedad cargada de erotismo no debilite la finura de nuestra vida casta; ni hemos de abrir la mano tampoco en las lecturas, aunque se lancen a diario, llenando kioskos y librerías, quintales de basura contra la fe y contra la moral.
Hay que pelear y resistir, hijos, no cabe más solución que ir contra la corriente, ayudándonos a mantenernos fieles y atribuyendo mucha importancia aun a lo más insignificante, en el ejercicio cotidiano de las virtudes. No existe nada de poca categoría: un abandono, en algo que se nos antoja de escasa monta, puede traer detrás una historia desagradable de traiciones. No os fiéis, pues, de vosotros mismos, aunque pasen los años. Mirad que lo que mancha a un chiquillo mancha también a un viejo.
Velad, para individuar con prontitud el menor síntoma de flojera en la lucha. Así no nos dejaremos dominar por una mentalidad y una norma de conducta ajenas a las enseñanzas de Jesucristo. Todo tiene su trascendencia. Mirad que el demonio pretende engañar y sugestiona, argumentando que tal o cual detalle no lesiona ni la fe ni el camino y, si uno se deslizara por esos pequeños abandonos, acabaría perdiendo el camino y la fe. Atentos, hijas e hijos de mi alma, que el diablo no para, y todos arrastramos concupiscencias y pasiones.
§12.- En esta última decena de años, muchos hombres de Iglesia se han apagado progresivamente en sus creencias. Personas con buena doctrina se apartan del criterio recto, poco a poco, hasta llegar a una lamentable confusión en las ideas y en las obras. Un desgraciado proceso, que partía de una embriaguez optimista por un modelo imaginario de cristianismo o de Iglesia que, en el fondo, coincidía con el esquema que ya había trazado el modernismo. El diablo ha utilizado todas sus artes para embaucar, con esas utopías heréticas, incluso a aquellos que, por su cargo y por su responsabilidad entre el clero, deberían haber sido un ejemplo de prudencia sobrenatural.
Resulta muy significativo que —quienes promovían todo este fenómeno de desmejoramiento— solían escamotear las exigencias cristianas de reforma personal, de conversión interior, de piedad; para abandonarse, con un obsesivo interés, a denunciar defectos de estructura. Entraban ganas de clamar, con el profeta, scindite corda vestra et non vestimenta vestra (Ioel II, 13): ¡basta de comedias hipócritas!: a confesar los propios pecados, a tratar de mejorar cada uno, a rezar, a ser mortificados, para ejercitar una auténtica caridad cristiana con todos.
Hijos míos, curaos en salud y no condescendáis. El demonio anda rondando tamquam leo rugiens circuit (I Petr. V, 8): como un león inquieto, y espera que hagáis la mínima concesión, para dar el asalto al alma: a la entereza de vuestra fe, a la delicadeza de vuestra pureza, al desprendimiento de vosotros mismos y de los bienes terrenales, al amor de las cosas pequeñas.
§13.- En una palabra: el mal viene, en general, de aquellos medios eclesiásticos que constituyen como una fortaleza de clérigos mundanizados. Son individuos que han perdido, con la fe, la esperanza: sacerdotes que apenas rezan, teólogos —así se denominan ellos, pero contradicen hasta las verdades más elementales de la revelación— descreídos y arrogantes, profesores de religión que explican porquerías, pastores mudos, agitadores de sacristías y de conventos, que contagian las conciencias con sus tendencias patológicas, escritores de catecismos heréticos, activistas políticos.
Hay, por desgracia, toda una fauna inquieta, que ha crecido en esta época a la sombra de la falta de autoridad y de la falta de convicciones, y al amparo de algunos gobernantes, que no se han atrevido a frenar públicamente a quienes causaban tantos destrozos en la viña del Señor.
Hemos tenido que soportar —y cómo me duele el alma al recoger esto— toda una lamentable cabalgata de tipos que, bajo la máscara de profetas de tiempos nuevos, procuraban ocultar, aunque no lo consiguieran del todo, el rostro del hereje, del fanático, del hombre carnal o del resentido orgulloso.
Hijos, duele, pero me he de preocupar, con estos campanazos, de despertar las conciencias, para que no os coja durmiendo esta marea de hipocresía. El cinismo intenta con desfachatez justificar —e incluso alabar— como manifestación de autenticidad, la apostasía y las defecciones. No ha sido raro, además, que después de clamorosos abandonos, tales desaprensivos desleales continuaran con encargos de enseñanza de religión en centros católicos o pontificando desde organismos paraeclesiásticos, que tanto han proliferado recientemente. Me sobran datos bien concretos, para documentar que no exagero: desdichadamente no me refiero a casos aislados. Más aún, de algunas de esas organizaciones salen ideas nocivas, errores, que se propagan entre el pueblo, y se imponen después a la autoridad eclesiástica como si fueran movimientos de opinión de la base. ¿Cómo vamos a callar, ante tantos atropellos? Yo no quiero cooperar, y vosotros tampoco, a encubrir esas grandes supercherías.
§14.- A este descaro corruptor, hemos de responder exigiéndonos más en nuestra conducta personal y sembrando audazmente la buena doctrina. Hijas e hijos míos, que nadie nos gane en diligencia: es la hora de una movilización general, de esfuerzos sobrenaturales y humanos, al servicio de la fe. Ninguno de mis hijos puede ausentarse de esta batalla. Saber estas cosas y lamentarse no bastaría: debemos esparcir la buena semilla a manos llenas y con constancia, de palabra y por escrito. Pero, sobre todo, con nuestro comportamiento: que se note que reverenciamos la fe y amamos fielmente a Jesucristo y a su Santa Iglesia. Cada uno de vosotros debe ser un foco activo de apostolado, que haga eco y difunda doctrina cristiana diáfana, en medio de este mundo y de esta Iglesia, tan enfermos y tan necesitados de la buena medicina que encierra la verdad que Jesús nos trajo.
Persuadíos de que, si procuramos trabajar con esta sinceridad, no nos ganaremos las simpatías de algunos. Sin embargo, no caben ni ambigüedades ni compromisos. Si, por ejemplo, os llamaran reaccionarios porque os atenéis al principio de la indisolubilidad del matrimonio, ¿os abstendríais, por esto, de proclamar la doctrina de Jesucristo sobre este tema, no afirmaríais que el divorcio es un grave error, una herejía?
Hijos de mi alma, que ninguno me venga con remilgos y distingos, en estos momentos en que se requiere una firme entereza doctrinal. Abominemos de ese cómodo irenismo de quien imaginara pacificar todo, encasillando unos a la izquierda y acomodando otros a la derecha, para colocar graciosamente en un prudente centro —nada de extremismos, aseguran— el fruto de su juego dialéctico, ajeno a la realidad sobrenatural.
Ellos inventan el juego y deciden la posición de los demás. De estas típicas posturas falaces de ciertos eclesiásticos, que traicionan su vocación, brota como resultado la frívola componenda, la doctrina desvaída, el alejamiento del pueblo de sus pastores, la pérdida de autoridad moral y la entrada en el ámbito de la Iglesia de facciones partidistas. En el fondo, todo se reduce a que han caído en las redes de la dialéctica propia de una filosofía opuesta a la verdad, porque se fundamenta en violencias a la realidad de las cosas. Se descubre, también, que se teme más el juicio de los hombres que el juicio de Dios
Continuará.
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