La Frate, ¿vuelve o no vuelve?
Introducción
En realidad es un título engañoso, personalmente no creo que la Fraternidad San Pío X se haya ido de la Iglesia Católica, de la Iglesia esposa de Cristo, cuerpo Místico, por lo cual no debe volver, siempre estuvo, pero tampoco despreciemos a priori la cuestión de los “papeles” que no es un tema estrictamente “burocrático”, más aun a la hora de ir a los bifes, o sea cuando de salvar almas se trata.
Definamos antes de meternos en el berenjenal. Tengo el raro privilegio de conocer dos mundos paralelos, viví el “oficial de la Iglesia”, es decir, parroquia, vengo trabajando en la misma por muchos años, con participación en movimientos y actividades formativas, es decir lo que se define como el “católico comprometido”, aquel laico que colabora en la pastoral de…y allí ponemos el nombre que se nos antoje: pastoral de la música, de la catequesis, de los matrimonios, de los jóvenes, de los niños, de los guías de las misas (Dios nos perdone), de los ministros/as extraordinarios de la eucaristía (nos recontra perdone), ¡¡¡ah!!! DE LOS LOS POBRES, QUE ES LA MAS IMPORTANTE DE LAS PASTORALES
Y aunque les parezca exagerado, hay “pastorales” como para hacer dulce. Nunca falta un roto para un descosido, dice el párroco de turno, e inventa una pastoral. Esa extravagante vida de parroquias y movimientos tiene una permanente necesidad de cambio y novedad, con la famosa “experiencia y vivencia” como única referencia “doctrinal”, entendiendo por doctrinal algo que muy difusamente tiene relación con la Doctrina y el Magisterio de la Iglesia, salvo el sacrosanto Concilio que es de lo poco (y mal) que sacerdotes y laicos conocen.
El otro mundo paralelo es el de la Tradición al cual, abreviando, me inserto a partir de terminárseme los anticuerpos de la correcta y más o menos sólida formación religiosa de mi juventud, con los cuales me protegí del modernismo, los abusos y horrores litúrgicos, los disparates pseudodoctrinales, la superficialidad emotiva (casi protestante, o no tan casi) a que están sometidos los incautos y engañados fieles católicos. Y que comenzaba, toda esa ensalada, a hacer mella en mi alma. Para no extenderme: al descubrir la Misa de siempre recuperé plenamente mi identidad católica y disfruté y disfruto de una buena y segura doctrina, lo cual devuelvió la confianza y fortaleció el espíritu de milicia que creo tener.
Stricto sensu, no soy feligrés de la Fraternidad, apenas tengo trato personal con algún que otro fiel, no conozco a ningún sacerdote mas allá del saludo y apretón de manos de circunstancia, no participé ni conocí la “resistencia dura” en defensa de la Misa de siempre de los años de las excomuniones, por lo cual creo tener un mirada desapasionada y sin prejuicios.
Aunque tampoco oculto la admiración y respeto que tengo por la obra de Mons. Lefebvre, particularmente en la defensa del sacerdocio católico y en la seguridad que me brinda el recibir los sacramentos y la orientación espiritual de estos sacerdotes.
Hechas estas aclaraciones, vayamos a cuestiones de orden práctico.
- La gran decisión
Este tiempo es de tensión, desconcierto, incertidumbre y grandes dudas para los feligreses de la Fraternidad, ante la firma o no del famoso Preámbulo. No seré yo quien aclare los más y menos de la complejísima decisión, pero aporto, humildemente, una mirada de orden práctico que puede ser de referencia.
Riesgos: “oficializarse”, aun en los términos mas amplios y favorables para la Fraternidad: será someterse a una formidable maquinaria que no tiene simpatía ninguna con lo que ella representa, o sea Tradición y sacerdocio católico. Una maquinaria que como arma de lucha utilizará, sospecho, la táctica de diluir sin prisa pero sin pausa la firmeza doctrinal, que es su sello de distinción.
Digamos que será como agregar agua en dosis pequeñas y continuas a un vino de alta calidad para que no se distinga de la enormidad de “vino de la casa” con que cuenta la bodega, porque si se distingue, del vino malo no se venderá ni una gota o peor aún, el cliente tal vez le reclame al bodeguero por tantos años de vino horrible que le hizo tragar, con la excusa de que el cambio y la renovación le mejoraría el gusto por lo novedoso; novedoso ciertamente, pero malo sin dudas.
Y de esta tarea, de aguar el vino, se encargarán los capataces y administradores regionales de la bodega (monseñores y autoridades jerárquicas), porque el gerente general, el Papa Benedicto, es evidente que quiere y necesita de ese vino de alta calidad para salvar la bodega.
Ya se, no se apresuren, él también es uno de los responsables de haber bajado la calidad del vino, hasta casi agriarlo y hacerlo no apto para el consumo humano, pero rescatemos, aún dentro de la contradicción, que es un buen hombre que siente el peso y gravedad de la hora y asume el tremendo riesgo, incluso al punto que tal vez los capataces lo tiren dentro de una vasija y lo ahoguen.
Pero veamos esa “oficialización” desde una perspectiva más de entre casa, desde el balance de costo-beneficio para el católico de a pie, el cura párroco, el obispo diocesano de alguna diócesis de, por ejemplo, el Gran Buenos Aires. Digo una diócesis del GBA, por dos motivos: por que representa el “sentir” de un católico de ciudad grande, el famoso “católico comprometido” que describí en el inicio y porque conozco “el campo” de primera mano.
El fiel promedio sabe poco y nada sobre la tradición, sobre la Fraternidad; menos que menos, sobre misa nueva-misa de siempre, misal romano de 1962 o de 1969, es más ni siquiera sabe bien que es un misal y para que sirve. Para ello está la “Hojita del domingo”, aunque parezca exagerado e increíble. Para el fiel común, la misa en latín, los curas con sotana y el Catecismo Mayor son piezas de arqueología guardadas en algún museo vaticano, muertas por congelamiento hace muchos años, y según le dicen sus párrocos, bien muertas están por viejas y por no “hablar el idioma de la gente” o sea del mundo; hoy la Iglesia se renovó, vive una primavera (¿?) y no hay vuelta atrás.
Por lo cual, que la Fraternidad se regularice para esa masa de fieles es absolutamente indiferente. Los tradicionalistas seguirán siendo ilustres desconocidos o en el mejor de los casos bichos raros, antiguos y atrasados, ineficaces porque no encajarían en ninguna de las famosas pastorales que son la razón de ser de las parroquias.
Por el lado de los sacerdotes oficiales, el tema es un poco más complejo. Están los que, como los fieles, no saben siquiera que existe algo llamado la Fraternidad, o muy vagamente algo relacionado a un tal Lefebvre, que si mal no recuerdan era un monseñor que quería la misa en latín y el Papa lo excomulgó, punto. Si, eventualmente, un día en sus jurisdicciones apareciera un tipo de sotana a celebrar misa, “bien de papeles” o sea regularizado canónicamente, probablemente les movería a compasión por la patética imagen salida del museo, y les molestaría por la, repito, ineficacia de esa práctica (misa de siempre), porque no “ayuda a la gente y a los pobres”.
En otro extremo tenemos el sacerdote típico modernista, liberal o de izquierda, si no está muy ocupado en hacer asistencialismo y es medianamente culto e informado, el tema Fraternidad y misa de siempre le producirán urticaria, bronca y ejercerá un cerrado y firme combate para erradicar esa peste. En su estructura de pensamiento, ideologizado, los curas con sotana y de misa en latín son “la derecha”, conservadores, militaristas, simpatizantes de dictaduras, indiferentes a los derechos humanos y a los pobres y desobedientes al Papa (el cual para ellos, también es de derecha y conservador y no hay que seguirlo salvo en temas de justicia social, ecumenismo y libertad religiosa).
En cuanto a los Obispos, es una incógnita; dependerá su aceptación o indeferencia o combate abierto hacia la tradición de factores diversos. Menciono solo uno y llamativo: así como a muchos sacerdotes poco les importa lo que piensa, dice, u ordena el papa, y obedecerán en función de sus intereses o valoraciones personales, de la misma forma actúan con sus obispos.
De tal modo que, si el monseñor de turno tiene que tomar posición frente a una Fraternidad regularizada y con presencia en su diócesis, y sospecha que habrá revuelta piquetera de sus sacerdotes, arrugará sin más y resistirá a la tradición. Si percibe que los mas radicales (liberales o zurdos) harán ruido en sus parroquias, arrugará. Si los mas tibios le aconsejan que tenga cuidado con los “conserva”, arrugará. ¿Arrugará porque es cobarde, por convicción, por comodidad o porque sabe que sus sacerdotes le boicotearán una decisión en contra del sentir y pensar de ellos? Por todas o algunas de estas razones, que no son las únicas. Personalmente he visto como más de un obispo arrió patéticamente sus estandartes ante sus sacerdotes en cuestiones mucho menos importantes.
Si hay curas católicos en su entorno y le sugieren que apoye con prudencia y energía una corriente tradicional en su diócesis, por el bien de las almas, y el tipo no es blandito, tal vez con diplomacia y mucha discreción favorezca la causa. Pero si es cómodo o arrugador de alma, con diplomacia y delicadeza, se hará el distraído y “hará para que nada pase”.
- Conclusión
La probable regularización canónica de la Fraternidad en lo “macro”, Iglesia universal, jerarquía vaticana, diplomacia ídem, superestructuras eclesiales, humm… Dudas y riesgos mayúsculos de agotar el esfuerzo y sacrificio de años y subsumirse en el pastiche modernista.
En lo “micro”, es decir, la presencia en el barrio, la convivencia con la parroquia y en una acción conjunta a favor de las almas, en aportar doctrina, liturgia y sensatez católica, otro esfuerzo inútil e ineficaz, porque sufrirán el ataque, la indiferencia o la crítica de la feligresía (inducida por los sacerdotes) y se desgastarán en un esfuerzo muy superior a sus fuerzas.
Todo lo dicho hasta aquí es un elemental análisis humano. Claro que Dios existe y la Providencia actúa, El hace nuevas todas las cosas, por lo tanto, que sea lo que Dios quiera, para bien de la Iglesia de Cristo y la salvación de las almas.

