Panorama Católico

La liturgia tradicional: belleza en alabanza al Creador

Por senderos montañeses y huellas de cabra has  ascendido hasta el viejo monasterio levantado en plena soledad. Una razón de  arte, y no un motivo piadoso, te ha guiado en aquel ascenso matutino. Y al  entrar en la capilla desierta se deslumbran tus ojos: frescos y tablas de  colores paradisíacos, bajorrelieves adorables, maderas trabajadas, bronces y  cristalerías gozan allá la inmarcesible primavera de su hermosura.

“Por senderos montañeses y huellas de cabra has  ascendido hasta el viejo monasterio levantado en plena soledad. Una razón de  arte, y no un motivo piadoso, te ha guiado en aquel ascenso matutino. Y al  entrar en la capilla desierta se deslumbran tus ojos: frescos y tablas de  colores paradisíacos, bajorrelieves adorables, maderas trabajadas, bronces y  cristalerías gozan allá la inmarcesible primavera de su hermosura. Y estás  preguntándote ya quién ha reunido, y para quién, tanta belleza en aquél  desierto rincón de la montaña, cuando una fila de monjes negros aparece junto  al altar y se ubica sin ruido en los tallados asientos del coro. Y te asustas,  porque sólo te ha guiado una razón de arte.

No bien el Celebrante inicia la aspersión del  agua, los del coro entonan el Asperges. La casulla roja, con su cruz bordada en  oro, resplandece luego sobre el alba purísima que viste aquel mudo  sacrificador: en su antebrazo izquierdo cuelga ya el manípulo rojo sangre como  la casulla. Y cuando el Celebrante sube a las gradas del altar lleno de  florecillas rojas, los monjes de pie cantan el Introito. A continuación los Kyries  desolados, el Gloria triunfante, la severa Epístola, el Evangelio de amor y el  fogoso Credo resuenan en la nave solitaria. Y escuchas desde tu escondite, como  un ladrón sorprendido, porque sólo te ha guiado una razón de arte.

Ofrecidos ya el pan y el vino, una crencha de  humo brota en el incensario de plata; y el Celebrante inciensa las ofrendas, el  Crucifijo, las dos alas del altar; devolviendo el incensario al acólito, recibe  a su vez el incienso y lo agradece con una reverencia; en seguida el acólito se  dirige a los monjes y los inciensa, uno por uno. Y sigues atentamente aquella  estudiada multiplicidad de gestos cuyo significado no alcanzas; y, no sin inquietud,  piensas ya que tan solemne liturgia se desarrolla sin espectador alguno y en un  desierto rincón de la montaña, tal una sublime comedia que actores locos  representasen en un teatro vacío.

Pero de súbito, cuando sobre la cabeza del  Celebrante se yergue la Forma  blanca, te parece adivinar allí una presencia invisible que llena todo el  ámbito y en silencio recibe aquel tributo de adoración, la presencia de un  Espectador inmutable, sin principio ni fin, mucho más real que aquellos actores  transitivos y aquel teatro perecedero. Y terror divino humedece tu piel, y  tiembla en tu escondite de ladrón; porque sólo te ha guiado una razón de arte. ”

Lepoldo Marechal, Adán Buenosayres.

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