Panorama Católico

Hoy por ser día de tu santo…San Juan Nepomuceno, presbítero y mártir, patrono del sigilo sacramental.

Es curiosa la  persistencia que las leyendas, sea cualquiera su signo, logran frente a la  historia mejor fundada. Hoy conocemos ya con absoluta certeza cuál fue, en  realidad, la vida de San Juan Nepomuceno, cuáles las vicisitudes de su culto y  los fundamentos documentales de todo orden en que puede apoyarse. Y, sin  embargo, mientras esto ocurre, nos encontramos con, que todavía la leyenda  persiste con toda su fuerza. 

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SAN JUAN NEPOMUCENO,  Presbítero y Mártir

Patrono del Sigilo Sacramental (†  1393)   

20 de marzo

Es curiosa la  persistencia que las leyendas, sea cualquiera su signo, logran frente a la  historia mejor fundada. Hoy conocemos ya con absoluta certeza cuál fue, en  realidad, la vida de San Juan Nepomuceno, cuáles las vicisitudes de su culto y  los fundamentos documentales de todo orden en que puede apoyarse. Y, sin  embargo, mientras esto ocurre, nos encontramos con, que todavía la leyenda  persiste con toda su fuerza.

Y subsiste en primer  lugar la leyenda de tipo negativo. En 1835 un protestante alemán llamado Abel,  con la intención que puede suponerse, dio suelta a su imaginación y presentó la  historia de San Juan Nepomuceno como un tardío intento, improvisado por los  jesuitas, para conseguir borrar en el pueblo bohemo el recuerdo de Juan Hus.

Como los husitas  negaban la confesión sacramental, se había insistido por parte de los jesuitas  en hacer del fantástico santo un héroe de la misma confesión. Todavía el 7 de  marzo de 1945 un filósofo de la talla de Benedetto Croce pronunciaba una  conferencia sobre Italia y  Bohemia en la que se hacía  eco de semejante teoría: «De aquel Juan Nepomuceno, el legendario mártir  del secreto mantenido frente al rey sobre la confesión de la reina, con cuyo  nombre se procuró borrar y sustituir el tenaz recuerdo popular que los bohemos  conservaban todavía de otro Juan, de su héroe Juan Hus».

La teoría era  completamente absurda por la obvia razón de que, cuando se pretende que  ocurrieron estos hechos, sólo personas muy eruditas conocían a Juan Hus, y muy  pocos bohemos habrían leído alguno de sus escritos. La verdad es que cuando los  jesuitas llegaron a Bohemia el culto a San Juan Nepomuceno estaba ya  sólidamente establecido y sumamente difundido entre el pueblo fiel. Pero no  importa que la hipótesis protestante fuera absurda. La leyenda subsiste, y  continuará con tenacidad.

Dígase lo mismo desde  el punto de vista piadoso. Tengo a la vista, mientras escribo, los dos Años cristianos más difundidos en Italia, editados en  estos últimos años (1952 y 1958). En ambos se recoge la leyenda, puesta en  circulación y difundida por el jesuíta Balbín, que hoy está fuera de duda que  carece de fundamento crítico. Se trata del clásico esquema de vida medieval de  santo: nacimiento de madre ya avanzada en edad, llamas maravillosas sobre su  cuna, milagro en su favor durante la niñez por intercesión de la Virgen… Y así hasta  el maravilloso resplandor que rodeó su cuerpo arrojado por orden del rey al  río.

Frente a todo esto,  frente a la insidia protestante, a la que los mismos benedictinos de París  parecen dar algún valor, y la deformación piadosa que todavía corre,  quisiéramos decir algo de su admirable vida ateniéndonos a lo que acerca de él  nos enseña la Historia.

Nos encontramos en el  siglo XIV. Rige la extensa diócesis de Praga, con más de mil quinientas  parroquias, el célebre arzobispo Juan Jenstein, que habría de morir en Roma y  ser sepultado en Santa Práxedes. Era un hombre doctísimo, de vida santa,  defensor incansable de la verdadera reforma de costumbres. El fue quien se  opuso en más de una ocasión a las injustas pretensiones del rey de Bohemia  Wenceslao, hijo del “Padre de la   Patria”, el emperador Carlos IV.

Junto a esta insigne  figura de la historia eclesiástica encontramos la de Juan Nepomuceno. Había  nacido en Nepomuk o Pomuk, en las cercanías de Zelená Hora, alrededor del año  1345. Ya en el año 1370 era notario de la Curia arzobispal. Ordenado sacerdote en 1379, le  encontramos como párroco de San Gall, en Praga, simultaneando sus cuidados  pastorales con el estudio del derecho eclesiástico en aquella célebre  universidad, en la que obtiene el bachillerato. En 1382 el arzobispo le envía a  Padua, donde se doctora en derecho canónico en 1387, volviendo luego a Praga.

Allí es nombrado canónigo  de la iglesia de San Gil. Permanece en ella sólo dos años y pasa luego a la  iglesia colegiata de Vysehrad, en la capital de Bohemia. El 25 de agosto de  1390 conmutó la parroquia de San Gall con el arcedianato de Zatec, oficio  importantísimo que llevaba consigo el título de canónigo honorario en la  catedral de San Vito, en Praga. Había sido nombrado ya vicario general de  aquella amplísima archidiócesis.

Fue entonces cuando  ocurrió el suceso que dio pie para que el rey actuara contra él. En la abadía de  Kladruby había sido elegido un nuevo abad, llamado Olen, como sucesor del  fallecido abad Racek. Como nadie había presentado objeción alguna a tal  elección dentro del plazo establecido, el vicario general Juan Nepomuceno  confirmó el nuevo abad. Pero tropezó con las pretensiones del rey Wenceslao,  que quería suprimir la abadía para erigir una nueva sede episcopal y conferirla  a un miembro de su corte, al parecer a Juan Nanko, preboste de Lebus, en la Silesia.

Contrariado en sus  planes, intentó presionar sobre el vicario general y, al no conseguirlo, dio  orden de arrojarle al río Vitava. Era el año 1393. Esta fecha, que sabemos está  atestiguada por el abad agustino de Zahaní en Silesia, Lodolfo Loserth, que  había hecho sus estudios en Praga en el año 1372, nos ofrece las máximas  garantías. Por otra parte, el obispo Juan de Jenstein, en una amplia relación  que envió a Roma, testimonia el martirio de su vicario general. Y el biógrafo  del mismo obispo, escribiendo en el año 1401, habla del martirio y de los milagros  que se han obtenido por intercesión de Juan Nepomuceno.

Sin embargo, podrá  extrañar que no hagamos alusión a la tradición que enlaza el martirio de San  Juan Nepomuceno con la guarda del sigilo sacramental. Uno de los más insignes  historiadores bohemos, Palacky, comentando la decisión del rey Wenceslao,  sugiere ya algo cuando dice: «Había también otros motivos por los que el  rey odiaba a este pío sacerdote».

¿Qué motivos eran  éstos? Tomás Ebendorfer de Haselbach, que fue enviado al concilio de Basilea para  tratar con los bohemos en los años 1433-1435, nos va a proporcionar un dato  precioso. En su crónica, escrita años después, hacia 1450, indica abiertamente  la existencia de una sólida tradición local sobre el sigilo sacramental como  causa del martirio de San Juan Nepomuceno.

Es más: la verdad de  esta tradición no es negada ni por los mismos husitas, a pesar de la parte  activa que en el martirio tuvo el rey, protector de su naciente partido. Años  después el historiador Pablo Zidek, en su célebre Zpravovna dedicada en 1471 al rey Jorge, repite  la misma noticia y describe la tumba de Juan Nepomuceno en la iglesia de San  Vito, donde el pueblo fiel veneraba el cuerpo del mártir como el de un santo.  El historiador bohemo Pekar no se atreve a negar la posibilidad de que San Juan  hubiera sido confesor de la reina.

No puede admirar, sin  embargo, que no exista un testimonio inmediato. ¿En qué cabeza puede caber que  el rey declarara expresamente que mandaba matar a Juan Nepomuceno porque tenía  celos de su esposa y deseaba cerciorarse de la verdad obligándole a declararle  lo oído en confesión? Evidentemente, esto sería absurdo. Lo lógico era buscar  un pretexto cualquiera, el de su firmeza al defender los derechos de la Iglesia, para mandarlo  matar. Luego la tradición se encargaría de conservar la memoria de lo que  verdaderamente había ocurrido.

Y, en efecto, el culto  a San Juan Nepomuceno tomó desde los primeros tiempos una gran fuerza. Así nos  encontramos con muchísimos testimonios, no sólo arqueológicos, sino también  literarios, en forma de canciones y poesías que nos testimonian el amor que el  pueblo conservaba hacia el Santo y el fervor con que le tributaba culto.

Hacia el año 1541, sin  embargo, ocurrió un hecho que ha venido a turbar durante tiempo la historia de San  Juan Nepomuceno. El cronista Václav Hájek Libocan, escribiendo sobre una fuente  histórica en la que la fecha del martirio aparecía fijada en 1383, dio como  cierta tal fecha. Y cuando el jesuita Balbín y los dos canónigos de San Vito,  Dlouhvesky y Pesina, promovieron la gran campaña en favor de la canonización de  San Juan, trabajando sobre la crónica anterior, se encontraron con dos fechas  para el martirio.

Para salvar la  dificultad y armonizar los datos escritos con los de la tradición supusieron  que había habido dos Juanes: uno martirizado en 1383 por el sigilo sacramental  y otro en 1393 por la cuestión de la independencia de la Iglesia. Únicamente  aparecía una tumba, pero para este hecho se buscaron varias explicaciones. Y  así la vida de Balbín, basada en la leyenda y partiendo del principio de este  doble Juan, escrita en 1680, pasó a los Bolandistas (&) y de ellos a la  misma constitución apostólica de canonización.

Balbín escribía con  datos muy limitados, sin tener acceso al archivo capitular de Praga y sin  conocer la vida del arzobispo Juan de Jenstein. Hoy sabemos la verdad que  entonces apareció oscura, y nos parece absurdo pensar por un momento en dos  mártires, que los dos se llaman Juan, los dos han nacido en Nepomuk, los dos  han sido arrojados al río por orden del mismo rey, y, sin embargo, son  diferentes. Es muchísimo más sencillo admitir el error, ya comprobado, en la  fecha del martirio.

La campaña emprendida  por Balbín y sus dos amigos canónigos obtuvo un éxito resonante. El papa  Inocencio XIII declaró el 25 de junio de 1721 al mártir Juan Nepomuceno Beato,  aprobando el documento del arzobispo de Praga, que atestigua la autenticidad de  su culto inmemorial. Las cartas de los emperadores, de los obispos, de las  Ordenes religiosas, de las Universidades de Viena, Praga y Bratislava, de la Facultad de Olomouc,  pidieron a Roma la apertura del proceso de canonización, que el mismo papa  concedió el 18 de julio de 1722. Fueron examinadas las declaraciones de  cincuenta y cuatro testigos. Se examinaron también los milagros que se  atestiguaban. Y ocurrió entonces algo que pocas veces ha sucedido en una causa  de esta clase.

El 27 de enero de 1725  la comisión presidida por el arzobispo de Praga, compuesta por dignidades  eclesiásticas y civiles, de profesores de medicina y de dos cirujanos, examinó  la lengua del mártir, que fue encontrada incorrupta, pero seca, y de color  gris. De pronto, en presencia de todos, empezó a esponjarse y apareció rosa,  como si se tratara de la de una persona viva. Todos se pusieron de rodillas, y  este milagro, realizado en circunstancias tan solemnes, fue el cuarto de los  que sirvieron para la canonización.

Esta tuvo lugar el 19  de marzo de 1729, por Benedicto XIII, en la basílica de San Juan de Letrán.  Desgraciadamente, el acta de la canonización se hizo eco de la teoría de Balbín  acerca de la existencia de dos Juanes. Pero, evidentemente, esto no estorba  para nada la realidad que hoy conocemos: hubo un solo Juan, el vicario general  de Praga, canónigo, mártir del sigilo sacramental, a quien Benedicto XIII  canonizó, aunque accidentalmente recogiera la opinión, entonces imperante, de  la existencia de otro Juan. Y esto es todo.

San Juan Nepomuceno ha  sido considerado siempre como el patrono del sigilo sacramental, y también, por  cierta evidente conexión, como el patrono de la fama y el buen nombre. Sus  biógrafos nos cuentan maravillosos ejemplos en los que ha brillado con claridad  la eficacia de tal patronazgo.
  Es también patrono  secundario de la Compañía  de Jesús. Y ejerce su patronato sobre la Bohemia y Moravia. El culto de San Juan  Nepomuceno ha sido, al través de los siglos, como el punto de cita del sentir  religioso y nacional de estos dos pueblos. El altar del santo mártir, con sus  sagradas reliquias en la iglesia metropolitana de San Vito, era el imán que  atraía todos los años el 16 de mayo hacia Praga innumerables peregrinos  bohemos, moravos y eslovacos.

Cuando iba  desapareciendo en las escuelas la lengua materna, oprimida por la lengua  alemana, los peregrinos de Praga oían con gozo hablar su propia lengua. La  fiesta de San Juan Nepomuceno era el estímulo para la vida de la nación. Como  escribía el 12 de abril de 1925 en una carta pastoral monseñor Carlos Kaspar,  obispo de Hradec Králové: «El culto de San Juan Nepomuceno suscitaba la  lengua bohema a nueva vida. No sé si, sin San Juan Nepomuceno, se oiría aún  esta lengua en las regiones de nuestra amada patria.»

Una providencia  especial pareció velar siempre sobre sus reliquias. Se vieron libres primero de  las profanaciones de los husitas, y después de las de los luteranos, en 1618.  Su casa natal fue transformada en iglesia, y un altar señala el lugar de su  nacimiento. En Praga, en el lugar donde fue tirado al río, en el puente que une  las dos partes de la ciudad, se conservaba una imagen ante la que los  habitantes de la ciudad tenían la piadosa costumbre de orar siempre que  pasaban. No es raro encontrar imágenes semejantes en puentes de Alemania y  Alsacia. Su culto se extendió también por influjo de la Compañía de Jesús a otros  muchos países.

 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

Fuente:Mercaba

(&) Notas: Bolandistas: discípulos del P.  Bolland, jesuita que dio gran impulso a la redacción de vidas de santos bajo el  título de Acta Sanctorum.

Sobre Juan Hus y sus doctrinas, ver condena del Concilio de Constanza (1414 – 1418)


Martirologio Romano del 20 de marzo

1. Conmemoración  de san Arquipo, compañero en los combates del apóstol san Pablo, que lo  recuerda en las cartas a Filemón y a los Colosenses (s. I).

2. En Antioquía,  de Siria, santos Pablo, Cirilo y otros, mártires (s. inc).

3. En Metz, en la Galia Bélgica, san  Urbicio, obispo (c. 450).

4*. En Braga, en  Portugal, san Martín, obispo, que siendo oriundo de Panonia, rigió primero la  sede de Dumio y después la de Braga, y con su celo y predicación los suevos  abandonaron la herejía arriana y abrazaron la fe católica (c. 579).

5. En la isla de  Farne, en Northumbria, tránsito de san Cutberto, obispo de Lindisfarne, que en  el ministerio pastoral se distinguió por la diligencia que antes demostró en el  monasterio y en el eremo, armonizando pacíficamente las austeridades y género  de vida de los celtas con las costumbres romanas (687).

6. En el  monasterio de Fantanelle, en Neustria (hoy Francia), sepultura de san  Vulframno, el cual, siendo monje, fue elegido obispo de Sens y se dedicó a  evangelizar a los frisios. Finalmente, vuelto al citado monasterio, allí  descansó en paz (c. 700).

7. Conmemoración  de san Nicetas, obispo de Apolonia, en Macedonia, que por dar culto a las  santas imágenes fue desterrado por el emperador León el Armenio (733).

8. En la laura de  San Sabas, en Palestina, martirio de veinte santos monjes, que fueron ahogados  con humo en la iglesia de la   Madre de Dios por los sarracenos que habían invadido el  monasterio (797).

9*. En Siena, en la Toscana, beato Ambrosio  Sansedonio, presbítero de la   Orden de Predicadores, que fue discípulo de san Alberto  Magno, y aunque eximio en doctrina y predicación, se mostró al mismo tiempo  sencillo para con todos (1287).

10. En Praga, en  Bohemia, san Juan Nepomuceno, presbítero y mártir, que por defender la Iglesia sufrió muchas  injurias por parte del rey Venceslao IV y, expuesto a tormentos y torturas, aún  respirando fue arrojado al río Moldava (1393).

11*. En Mantua, en  Lombardía, beato Bautista Sapgnoli, presbítero de la Orden de los Carmelitas, que  fomentó la paz entre los príncipes y reformó la misma Orden, de la cual fue  nombrado prepósito por el papa León X (1516).

12*. En Florencia,  en la Toscana,  beato Hipólito Galantino, fundador de la Cofradía de la Doctrina Cristiana,  que realizó una egregia labor en la instrucción catequética de los niños y de  la gente sencilla (1619).

13*. En Erenée, en  la región de Mayenne, en Francia, beata Juana Véron, virgen y mártir, que se  entregó al cuidado de niños y enfermos, y por haber ocultado de los  perseguidores a sacerdotes durante la Revolución Francesa,
  fue guillotinada (1794).

14*. En Tarragona,  en España, beato Francisco de Jesús, María y José Palau y Quer, presbítero de la Orden de Carmelitas  Descalzos, que en el ministerio soportó graves persecuciones y, acusado  falsamente, fue relegado a la isla de Ibiza y abandonado por todos (1872).

15. En Bilbao, del  País Vasco, en España, santa María Josefa del Corazón de Jesús Sancho de  Guerra, virgen, que fundó la   Congregación de las Hermanas Siervas de Jesús y las formó  especialmente para el cuidado de los enfermos y de los pobres (1912).

16*. En Lviv, en  Ucrania, beato José Bilczewski, obispo de los latinos, que se dedicó con gran  caridad a la formación de las costumbres y de la doctrina del clero y del  pueblo latinos, y durante la guerra hizo de todo para ayudar a los pobres y  necesitados (1923).

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