Panorama Católico

Hoy por ser día de tu santo… Santos Emeterio y Celedonio

Con razón Prudencio se lamentaba: «¡Oh inveterado olvido de  la antigüedad callada! Esto mismo se nos envidia, y se extingue la misma fama.  El blasfemo perseguidor nos arrebató hace tiempo las Actas para que los siglos  no esparcieran en los oídos de los venideros, con sus lenguas dulces, el orden,  el tiempo y el modo indicado del martirio» (Peristephanon hym.1 vv.73-78). 


emeterio y celedonio

Santos Emeterio y Celedonio Mártires
  († ca.298)

Con razón Prudencio se lamentaba: «¡Oh inveterado olvido de  la antigüedad callada! Esto mismo se nos envidia, y se extingue la misma fama.  El blasfemo perseguidor nos arrebató hace tiempo las Actas para que los siglos  no esparcieran en los oídos de los venideros, con sus lenguas dulces, el orden,  el tiempo y el modo indicado del martirio» (Peristephanon hym.1 vv.73-78).

Y lo confirma Eusebio, diciendo que bajo el imperio de Diocleciano  se promulgó un edicto imperial ordenando destruir los sagrados códices en los  que se contenían las Actas de los mártires, para que nada de ellos quede de  recuerdo (Kirch, Enchir.  Font, núm.446).

Por eso hemos de bucear cuidadosamente en los escritos antiguos  para deducir lo que quisiéramos tener por cierto, no sea que las laudes que de  los mártires Emeterio y Celedonio digamos, no se encierren en los marcos  ciertos que son su mejor orla.

Calahorra celebra desde el siglo III la gloria de dos hijos suyos  llamados Emeterio y Celedonio, que sufrieron martirio por la fe de Jesucristo  en una de tantas persecuciones como el Imperio romano decretó contra la Iglesia.

Pocos son los documentos de la antigüedad que narren sus vidas y  su martirio. El poeta Aurelio Prudencio, gloria calagurritana, ha dejado  descrita parte de la vida y bellamente narrado su martirio en el primer himno  del Peristephanon,  escrito, como dicen los críticos, antes del año 401, fecha en que se ausentó de  Calahorra para trasladarse a Roma.

Sabemos dónde los Santos —como Calahorra llama a sus mártires—  labraron el final de su corona; no sabemos, empero, dónde el sol iluminó sus  cunas ni dónde la fe los amamantó para Cristo.
  Bien pudo ser Calahorra, la gloriosa e histórica, quien acunó a  sus Santos, ya que en tiempos antiguos fue lugar preeminente de reclutamiento  para dar soldados expertos y valientes al Imperio. Y fieles, como pocos, fueron  elegidos para cuidar de la sagrada vida de los que regían los destinos del  mundo, como narra Suetonio al hacernos saber que Augusto tuvo su guardia  personal de calagurritanos (Suetonio, Vitae  CaesarumAugustus, 49,1 ).

Soldados sí lo fueron: «Los soldados que quiso Cristo para  sí, dice el vate calagurritano, no habían llevado antes una vida desconocedora  del duro trabajo; el valor, en la guerra acostumbrado y en las armas, lucha  ahora en pugnas sagradas» (vv.31-33).

Y de Calahorra posiblemente fueron naturales, porque en esta  histórica ciudad les sorprendió la persecución, habiendo tenido que dejar  «las banderas del Cesar, eligen la insignia de la cruz, y, en vez de las  clámides hinchadas de los dragones con que se vestían, llevan delante la señal  sagrada que deshizo la cabeza del dragón» (vv.34-36).

¿Cuál había de ser su refugio al abandonar la legión romana, sino  su pueblo natal, donde, al abrigo de parientes y amigos, cultivan las tierras o  se dedican a la artesanía, tan apreciada por entonces?

Ha sido para muchos motivo de duda, e incluso motivo de dar a los  Santos la ciudad de León como lugar de nacimiento, el dato que nos suministran  los antifonarios, leccionarios y breviarios de León, pertenecientes al siglo  XIII. Dicen que Emeterio y Celedonio eran ex  legione, traduciendo esa frase: de León. Sin duda alguna ha de leerse:  pertenecientes a la Legión   VII Gemina Pía Félix, que estuvo acampada cerca de la antigua  Lancia (hoy León), y que, por ello, con toda seguridad, tiene dedicada León una  calle a la Legión VII.

Aclara este concepto el documento histórico llamado Actas de Tréveris, del siglo  VII probablemente, al expresar que «es fama que los soldados Emeterio y  Celedonio fueron legionarios en el lugar del que toma hoy el nombre la  ciudad».

Durante el ejercicio militar fueron honrados con la condecoración  romana de origen galo llamada torques, o collar, como dice el poeta:  «Quitadnos los collares de oro, premios de graves heridas» (v.65).  Esta condecoración estaba tachada de pagana en los días de Prudencio y lo  expresa la carta que los Padres conciliares de Aquiles dirigen a los  emperadores Graciano, Valentiniano y Teodosio.

No es sorprendente que a las distinciones primeras sucedan ahora  los vituperios y persecuciones, porque la historia nos testifica de altos  oficiales vilmente degradados, incluso soldados ignominiosamente arrojados del  servicio militar por el grave delito de ser cristianos. Apostasía o abandonar  el ejército romano, puede ser el lema de esta persecución, conforme dice  Prudencio: «Sucedió entonces que el cruel emperador del mundo ordenó que  todos los cristianos se llegaran a los altares a sacrificar a los negros ídolos  y dejaran a Cristo» (vv.40-42), por lo que si para los ajenos a la legión  era difícil pasar desapercibidos, mucho más lo sería para estos soldados, que  tenían ciertos ritos paganos como obligatorios en sus ordenanzas militares.

No queda a los Santos otra salida que dejar la legión romana y  retirarse a su ciudad natal, donde, al amparo de los hermanos en la fe, pueden  seguir sirviendo a Cristo y ser ejemplos vivos de entereza cristiana para  aquellos habitantes que no todos. Por desgracia sentían pujante en sus entrañas  la vitalidad religiosa de la fe.

Sorprende un dato digno de tenerse en cuenta: como no registra  Prudencio el lugar de nacimiento de los mártires, tampoco expresa  circunstancias ni nombres por donde vengamos en deducir la fecha aproximada de  su martirio. ¿Fue en la persecución de Diocleciano, al principio de la misma,  cuando estaba en apogeo la influencia de Galerio en Oriente y en Occidente la  de Maximiano Hércules?; ¿Fue en la persecución de Valeriano, en la segunda  mitad del siglo III como los mártires de Cirta, cuyas cabezas fueron segadas en  las márgenes de un río, por donde rodaron aquellos sagrados despojos?

«Ignórase a punto fijo la época de su martirio —escribe La Fuente— y que suele fijarse  a mediados del siglo III, y aun algunos escritores la adelantan al siglo II. Es  lo cierto que el poeta Prudencio, nacido a mediados del siglo IV, habla de  aquel suceso como de cosa antigua, lo que no pudiera decir si el martirio  hubiese tenido lugar en tiempo de Daciano, hacia el 304, época a la cual  alcanzaron los padres del poeta» (Historia eccl. I p.106).

Sin embargo, como las fechas y el lugar no parecen tener  importancia para los escritores antiguos, hemos de conformarnos con seguir la  huella gloriosa que de ellos nos ha dejado el poeta en sus bellos versos  tetrámetros trocaicos catalectos, relegando estos datos que a nuestra crítica  moderna tanto importan. Tanto mejor para ilustrar con el dulce recuerdo  aquellos años que no los podemos contar.

Existe en la parte alta de Calahorra, en donde antaño estuvo la  catedral y más tarde un convento de franciscanos, una magnífica iglesia  dedicada al Salvador, título que conserva, casi con seguridad, como imborrable  recuerdo de aquella primera catedral visigótica dedicada al Salvador y que fue  destruida por la invasión musulmana por el año 932, conforme reza el códice  primero del archivo catedralicio.

Se había construido, como otras catedrales, junto a la residencia  real y que, por su altura excepcional, fue elegida en tiempos remotísimos como  lugar de defensa primordial de las márgenes del Ebro contra posibles  invasiones.

A este lugar, sin duda alguna, fueron presentados ante los  gobernadores romanos, especialmente ante el capitán de la guardia romana, y de  éste, al juez que habría de entender en la causa denunciada.
  Y aquí serían sometidos a largos interrogatorios qué nos han  quedado registrados en muchas actas de mártires, en los que brilla tanto la  sagacidad de los jueces con insidiosas promesas, como su odio satánico, no  permitiéndose descanso hasta conseguir la apostasía o el martirio.

Antes de ser llevados a las márgenes del arenal que baña el  Cidacos para su triunfo definitivo, los Santos fueron llevados y aherrojados en  las oscuras mazmorras que estaban construidas en los bajos del enorme torreón  que se levantaba en la parte noroeste de la ciudad, con sus puentes levadizos y  con su magnífica atalaya, desde donde se domina la hermosa y fértil vega que se  filtra por entre los montes que se estriban en Peña Isasa.

Aún hoy existe aquel lugar, sobre cuyas ruinas se levantó hace  siglos una suntuosa «casa santa», como el pueblo devoto la llama, y a  donde acuden fervientes los devotos a implorar protección, y desde donde,  antaño, salían las procesiones para trasladarse a la catedral y venerar las  santas reliquias en tiempos de peste y guerras.

En aquel lugar, sin luz ni ventilación apenas, se desarrollarían  las dramáticas escenas que canta Prudencio: «El ceñudo tirano urgía con la  espada la libre creencia que, manteniéndose firme e íntegra en el amor de Cristo,  solicitaba los azotes, las segures y las uñas de doble gancho. La cárcel oprime  con duras cadenas los cuellos amarrados, el verdugo atormenta por toda la  plaza, la acusación corre como si fuera verdad, la voz verídica se condena. La  virtud herida golpeó el triste suelo con la espada y, arrojada sobre las  tristes piras, absorbió las llamas con su aliento. Dulce cosa parece a los  santos el ser quemados, dulce el ser atravesados por el hierro»  (vv.43-51).

La oración y santa emulación serían constantes compañeras de los  soldados cristianos para sostenerse felices en la cárcel, entre cadenas y  tormentos. «Ninguna de ambas cosas tratemos de evitar, podrían decir con  San Ignacio de Antioquía, sino que en las injusticias aprendo yo más bien a ser  discípulo, a fin de alcanzar a Jesucristo. ¡Ojalá goce yo de los tormentos que  me están preparados, pues no son dignos los padecimientos del tiempo presente  en parangón de la gloria que ha de revelarse en nosotros!» (Padres  apostólicos: BAC [Madrid 1950] p.508, II).

«Entonces se enardecen los corazones amados de los dos  hermanos, a quienes había unido siempre la comunión de la misma fe: están  dispuestos a sufrir cuanto su última suerte les depare», dice el poeta  (vv.52-54).

Esta fraternidad la hallamos en los códices y breviarios, en los  autores que los consideran como hermanos de sangre. No obstante, lo obvio y  lógico de esta fraternidad estriba en la identidad de fe, de nacimiento, de  profesión militar y de tormentos, puesto que cristianos ambos se habían  amamantado juntos en la misma cuna de la diócesis calagurritana; juntos habían  departido en la legión romana los días felices y las fatigas de la vida  militar; juntos habían sido detenidos y aherrojados a las cárceles y juntos  también bajarían al arenal para juntas volar sus almas al cielo.

Ahora podemos aplicarles bellamente aquellas palabras del misal  gótico en la misa de estos Santos: «Arrojan las lanzas, se despojan de  todo signo militar y se sienten movidos a trabar una batalla celeste que al  principio no hablan conocido».

Los Santos se hacen reflexiones que pone en sus labios el poeta  Prudencio: «¿Por ventura hemos de ser entregados al demonio, nosotros que  somos creados para Cristo y llevando la imagen de Dios hemos de servir al  mundo? No, el alma celestial no puede mezclarse con las tinieblas»  (vv.58-60).
  «Ya es tiempo de dar a Dios lo que es propio de Dios»,  exclama el poeta de Calahorra, haciendo alusión a la vida que los mártires han  llevado en el servicio del Cesar.

«Cuando esto dijeron los mártires —prosigue Prudencio—, se  ven cubiertos con mil tormentos, y el rigor airado ata con ligaduras entrambas  manos y una cadena rodea en pesados círculos sus cuellos heridos»  (vv.70-72). Es la secuela del odio del tirano.

«Oh tribunos: Quitadnos los collares de oro, premios de  graves heridas; ya nos solicitan las gloriosas condecoraciones de los ángeles.  Allí Cristo dirige las blanquísimas cohortes y, reinando desde su alto trono,  condena a los infames dioses y a vosotros, que tenéis por tales los monstruos  más grotescos» (vv.64-69). Es la contestación a la ira de los verdugos.  Hermosa contestación de todos los tiempos y de todos los mártires, ya que el  Espíritu de Dios es quien inspira a ellos lo que han de decir a los  perseguidores. Y la multitud presenció el martirio de los Santos. Tanto los  testigos como el verdugo vieron con estupor dos prodigios que relata Prudencio:  el anillo de Emeterio simbolizando la fe, se eleva por las nubes en tanto el  pañuelo que al cuello lleva prendido Celedonio le es arrebatado para perderse  en las alturas.

«Esto lo vio la multitud que estaba presente, y lo vio  también el verdugo. Vacilante contuvo su mano y palideció de pavor; pero, con  todo, descargó el golpe para que no faltase la gloria» (vv.91-93).
  El arenal del Cidacos, por donde hoy está la bella catedral, se  tiñó, de sangre, en tanto las almas de nuestros Santos «volaron como dos  regalos enviados al cielo e indicaron con sus fulgores que tenían abierto el  camino de la gloria» (vv.83s.).

Así, como corresponde al hecho sublime, con sencilla expresión del  poeta, queda narrada la gloriosa muerte de los Santos.

Sus sagrados despojos los recogió la iglesia calagurritana con  inmensa devoción. Los llevó a su catedral del Salvador, donde les rindió  extraordinario culto durante siglos.

Su gloria se extendió por la Iglesia española y traspasó los Pirineos. Y sus  reliquias también fueron llevadas a multitud de lugares que aún en nuestros  días les tributan su homenaje en iglesias a su nombre levantadas. Guipúzcoa y  Vizcaya con Navarra se glorían de tenerlos en suntuosos templos. Y dicen que  Santander debe su nombre a San Meder, como era llamado Emeterio en los primeros  tiempos; tiene en su catedral, bajo el altar mayor de rico mármol, envueltas en  ricos joyeros de oro y plata con piedras preciosas, insignes reliquias de los  Santos.

Calahorra, junto al arenal, construyó su catedral y pulcro  baptisterio, al que dedicó Prudencio su himno VIII del Peristephanor. Y en su altar  mayor guarda con mimo y venera con devoción las sacrosantas reliquias. Allí acuden,  somos testigos, los fieles de Calahorra y de Soria, los de Navarra y Burgos,  hasta de las regiones más apartadas saben acudir fervientes, buscando amparo y  alivio cabe estas reliquias sagradas.

Nadie les invoca sin fruto y el lloroso peregrino puede volver  alegre a su hogar obtenido cuanto de justo pidió, pues Cristo bueno nada niega  a sus testigos del arenal.

Su fiesta se celebra el 3 de marzo, pero como recuerdo del  traslado de las sagradas reliquias que desde la antigua catedral del Salvador  fueron llevadas en procesión, con asistencia de prelados de la Iglesia y gobernantes de  España, su fiesta litúrgica más solemne ha quedado el día 31 de agosto.
  «El Salvador mismo nos dio este don, terminamos con el vate,  para que gocemos de él, al destinar a nuestro pueblo los miembros de estos  mártires. Hoy libran de peligros a todos los habitantes de las tierras que el  Ebro baña» (vv. 115-117).

JESÚS FERNÁNDEZ OGUETA


Fuente:
Mercaba  

Martirologio Romano para el día 3 de marzo

1. En Cesarea de Palestina, santos Marino, soldado, y Asterio, senador,
mártires bajo el emperador Galieno. El primero, delatado que era cristiano
por un compañero envidioso, profesó su fe ante el juez con palabras muy
claras y, decapitado, alcanzó la corona del martirio. Asterio, por haber honrado
el cuerpo del mártir extendiendo por debajo la propia veste con que se
cubría, mereció a su vez ser martirizado (c. 260).

2. En Calahorra, en la Hispania Tarraconense, santos Emeterio y Celedonio,
los cuales, estando cumpliendo la milicia en los campamentos junto a
León, en la provincia de Galicia, por confesar el nombre de Cristo al inicio
de la persecución fueron conducidos a Calahorra y allí coronados con el
martirio (c. s. IV).
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3. En Amasea, en el Ponto, santos Cleónico y Eutropio, mártires en la
persecución bajo el emperador Maximiano, siendo procurador Asclepiódato
(s. IV).

4. En Brescia, en la región de Venecia, san Ticiano, obispo (c. 526).

5. En la península de Armórica (Bretaña), san Winwaleo, primer abad de
Landevenec, del cual la tradición narra que era discípulo de san Budoco en
la isla de Lavret, y que con su vida ilustró la regla monástica (533).

6*. En Benevento, en la Campania, santa Artelaides, virgen (c. 570).

7*. En Nonántola, en la Emilia, san Anselmo, fundador y primer abad de
este monasterio, en el que durante cincuenta años promovió la disciplina
monástica, tanto con sus preceptos como en el ejercicio de las virtudes (803).

8. En el monasterio de Kaufungen, en Hesse, santa Cunegunda, que aportó
muchos beneficios a la Iglesia junto con su cónyuge, el emperador san Enrique,
y tras la muerte de éste abrazó la vida cenobítica en el monasterio donde
se había retirado. Al morir hizo a Cristo heredero de todos sus bienes y
su cuerpo fue colocado junto a los restos de san Enrique, en Bamberg (1033/
1039).

9*. En Frisia, beato Federico, presbítero, que siendo párroco en la ciudad
de Hallum, llegó a ser después abad del monasterio de Mariengaarde, de la
Orden Premostratense (1175).

10*. En Palermo, en Sicilia, beato Pedro Geremia, presbítero de la Orden
de Predicadores, que, confirmado por san Vicente Ferrer en el ministerio de
la palabra de Dios, se entregó del todo a la salvación de las almas (1452).

11*. En Vercelli, en el Piamonte, beato Jacobino de’ Canepacci, religioso
de la Orden de los Carmelitas, preclaro por su dedicación a la oración y la
penitencia (1508).

12*. En Gondar, en Etiopía, beatos Liberato Weisss, Samuel Marzorati, y
Miguel Pío Fasoli da Zerbo, presbíteros, de la Orden de los Hermanos
Menores y mártires, que murieron lapidados a causa de la fe católica (1716).

13*. En Vannes, de la Bretaña Menor, en Francia, beato Pedro Renato
Rogue, presbítero de la Congregación de la Misión y mártir, que en tiempo
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de la Revolución Francesa, rechazando el injusto juramento impuesto al clero,
permaneció secretamente en la ciudad, para atender con su ministerio a
los fieles, y finalmente, condenado a la pena capital, descansó en la misericordia
del Señor en la misma iglesia donde celebraba los sagrados misterios
(1796).

14. En Brescia, en Lombardía, santa Teresa Eustoquio (Ignacia) Verzeri,
virgen, fundadora del Instituto de las Hijas del Sacratísimo Corazón de Jesús
(1852).

15*. En Bérgamo, también de Lombardía, en Italia, beato Inocencio de Berzo
(Juan) Scalvinoni, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos,
que brilló por su eximia caridad difundiendo la palabra de Dios y
escuchando las confesiones (1890).

16. En Filadelfia, del estado de Pensilvania, en los Estados Unidos de
Norteamérica, santa Catalina Drexel, virgen, que fundó la Congregación de
las Hermanas del Santísimo Sacramento y utilizó los bienes de su herencia
con largueza y benignidad, en educar y ayudar a indios y negros (1955).

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