Interesantes objeciones al tradicionalismo
Respuesta de Panoramix a interesantes objeciones de un lector respecto de la postura tradicionalista.
Dice un comentarista anónimo a propósito de un comentario nuestro
Todavía no comprendo a qué se refiere con disolución en «sectitas». Por mi parte veo al lefebvrismo y al sedevacantismo más divididos entre ellos que a los fieles en el seno (regular) de la Iglesia católica.
Quiero decir esto: el Concilio Vaticano II rompió la unidad de la Fe introduciendo novedades doctrinales. Si es por causa directa o indirecta podemos discutirlo, pero la realidad está a la vista: retroceso impresionante de la práctica, «apostasía silenciosa» la llamó Juan Pablo II, y de varias maneras Benedicto XVI. Tras cartón, rompió la unidad litúrgica, con una reforma improvisada y horriblemente orientada a propósitos ecumenistas.
Hoy ya no hay dos misas iguales, las órdenes religiosas están colapsadas, el clero secular en retroceso no solo en número sino en calidad, en lo doctrinal y en lo moral. Y solamente crecen los llamados «nuevos movimientos», de los cuales hay que hacer una descripción en detalle para no ser injustos, pero que en su conjunto renquean por un lado o por otro o por ambos. A saber, en la doctrina o en la liturgia, y tienen, sobre todo los más exitosos, una fuerte tendencia al hermetismo y a la independencia de las autoridades naturales de los católicos.
El «experimento conciliar», como Ud. lo llama, es un reduccionismo universalista de las catástrofes sucedidas en casos particulares en el «post-concilio»; no se trata de elementos particulares generalizados en toda la Iglesia universal.
Si Ud. nació por lo menos antes de 1940 podrá darse cuenta de cómo ocurrieron estos fenómenos. Si Ud. ha leído algo de historia (y no me refiero a la historia de la Iglesia, sino a los acontecimientos socio-culturales del momento), sabrá que las «catástrofes» de la «desdichada marcha» del «expermiento conciliar» (como Ud. llama a un Concilio Ecuménico de la Iglesia católica) no fueron vicios producto del mismo, sino que fueron, en su mayoría, producto del pensamiento socio-cultural del momento.
He nacido bastante después de 1940, pero he conocido la iglesia preconciliar por experiencia directa. En ella me formé en la niñez, porque todavía el Concilio no había llegado con tanta fuerza a la Argentina. Pero eso no tiene mayor importancia, porque la experiencia directa de las cosas es un modo limitado de conocimiento, mucho más objetivo es el estudio de la historia y el conocimiento de la doctrina. Y por cierto que la Iglesia argentina tuvo su noche oscura hasta fines del siglo XIX y el Congreso Eucarístico de 1934 fue el esplendor de su mejor momento. Fue una Iglesia con deficiencias en la formación doctrinal y litúrgica. A esta última se le ha dado muy poca importancia, por lo cual la reforma litúrgica no fue resistida aquí como en otros países, Francia, Inglaterra, etc. Nadie entendió y aún siguen sin entender el espíritu que animó a los reformadores que quedó plasmado en el misal de Paulo VI. Solamente se asustaron de las consecuencias, pero nunca supieron acertar en las causas.
Respecto al Concilio Ecuménico, me limito a señalar dos puntos:
Uno, la quita de autoridad que los dos papas conciliares hicieron del mismo, quita que nace de una concepción liberal de los derechos humanos, según la cual la verdad no debe imponerse sino dejarse a consideración. Lo que un Concilio hace es definir verdades de Fe y aplicar medidas disciplinarias para salvaguardarla.
Dos: el CVII, con sus textos confusos, de compromiso y en algunos casos inaceptables por ser francamente contrarios al Magisterio precedente no puede se considerado parte del mismo sino de un modo material. Este tema es cada día más evidente y lo exponen inclusive personalidades que no militan en el tradicionalismo: Romano Amerio, el primero y más lúcido, Mons. Gherardini, el Prof De Matei, etc. En materia litúrgica, la obra del Card. Stickler es digna de atención por el modo en que ha esclarecido los falsos pretextos en que se justificaban ciertos cambios aplicados en el Novus Ordo. Podría citar muchos otros autores, aunque caerían bajo el estigma de «tradicionalistas».
La idea de oficiar la Santa Misa en iguales condiciones que como se celebraba en 1850 o 1900 o 1950 (excluyendo las reformas de Pio XII, claro) es hoy algo impensable. Las rúbricas (así como los ornamentos, oraciones, etc.) fueron cambiando a través de los siglos, de acuerdo a como iba cambiando la cosmovisión y el pensamiento del hombre, manteniendo, claro, las partes «fijas», indelebles, que hacen a la esencia de la Santa Misa. Concuerdo en que el Misal experimental de 1965 hubiera sido el ideal, y no el de 1969. Sin embargo, quedarse anclados en unas rúbricas antiguas, sin susceptibilidad mínima al cambio, es un error. Es un arqueologismo; como lo es el que hoy el sacerdote que celebra la Santa Misa, no use micrófono.
No es necesario hacer conjeturas. Pío XII realizó una reforma importante, Juan XXIII la completó. Se llegó al límite, con pérdida de mucha riqueza litúrgica en aras de facilitar la asistencia al culto de parte de los fieles. Bien, hasta ahí, podemos discutir si los resultados que se buscaban se lograron, pero la liturgia no se apartó nunca de sus fuentes apostólicas. El Novus Ordo es un alejamiento impresionante de la misa apostólica transmitida y enriquecida por la Iglesia, y tiene una alarmante semejanza con las ceremonias protestantes, como que se tomaron estas como modelo, lo mismo que las ceremonias litúrgicas judías.
Bajo la excusa de volver a las fuentes (ahí sí se practica el arqueologismo litúrgico condenado por Pío XII) se experimentó cualquier cosa, y se dejó la puerta abierta para que cada uno en la práctica haga más o menos lo que quiera. La ruptura de la unidad del culto lleva forzosamente a la ruptura de la unidad de la Fe. La causa primera es la ruptura de la unidad de la Fe planteada por los textos conciliares. Pero en la práctica esto se aplicó a los fieles y al clero bajo, por medio de la nueva liturgia, (lex orandi, lex credendi).
Le comento, por si Ud. no lo sabe, que la Iglesia, sobre todo en Argentina, vivió siempre una situación terrible. Lo que hoy vivimos es un paraíso al lado de eso, le aseguro. Si Ud. cree que antes del CVII todo era perfecto, que los curas eran santos y que la Iglesia era una institución sólida, comandada por obispos fieles, le aseguro que tiene una visión completamente artificial de la realidad histórica. Es muy fácil comparar una Santa Misa celebrada por un sacerdote que estudia diez años y que oficia con toda ceremonia, con una Santa Misa celebrada por un sacerdote-cualquier-cosa. Lea las crónicas de la época (desde que llegó el primer sacerdote al Río de la Plata hasta el CVII) y le aseguro que muchísimas celebraciones eran desastrosas, muchísimos obispos escandalosos y que acontecían toda clase de irregularidades.
Tal vez Ud. no lea regularmente esta web y por eso crea que yo sostengo lo que Ud. me señala. Es posible que la Iglesia argentina haya tenido una profunda decadencia en el siglo XIX, pero esto no comprometió la unidad de Fe ni de culto. Una misa tridentina mal celebrada es un accidente. Una misa nueva bien celebrada, también es un accidente. ¿Se da cuenta de la gravedad de esta situación?
El culto NO puede depender de la formación del sacerdote sino como causa material. Es decir, en la aplicación de las rúbricas mandadas. No en la «creación» de una liturgia nueva cada día. Los sacerdotes deben ser bien formados en la Fe y en el culto, y para ello bastan hoy por hoy 6 años de estudio en un seminario, y esto es mucho más efectivo que 10 años en un «seminario dormitorio» donde todo es «experiencia vital» y salida permanente al mundo, cero doctrina, cero aprendizaje del valor y la práctica del culto público de la Iglesia. El notable crecimiento de la misa tridentina y su entorno es prueba sobrada de que habiendo unidad de culto, los fieles beben y refuerzan la Fe en cada misa.
No todo era perfecto antes del CVII y no todo lo es después. Ud. no puede hablar de «experimentos conciliares» teniendo en cuenta que la Iglesia es más fuerte hoy (como institución, al menos) que hace cien años. Ese panorama escéptico, obscuro, negativo y profundamente rencoroso, derivado del pensamiento lefebvrista más recalcitrante, no es más que un revisionismo falso; que haya errores lo admito, es humano, pero tampoco esa posición suya.
Que la Iglesia es más fuerte hoy que hace 100 años es una afirmación muy dudosa. Bajo el reinado de Pío XII, en plena guerra y con una Iglesia condicionada por las presiones mundiales que amenazaban con destruir la Santa Sede, asesinar en masa a los católicos, etc. el prestigio del Papa y la atención que se prestaba a sus palabras era muchísimo mayor. Nadie quería al papa en su contra.
Los fieles cumplían mucho más los preceptos religiosos y morales que hoy, la vocaciones eran numerosas y en algunos casos explosivas, como en EE.UU después de la Guerra Mundial. Tanto religiosas como seculares. Por caso de la patética consecuencia del Concilio y la reforma litúrgica en un país de catolicismo vigoroso y creciente le pongo el de Inglaterra, con un movimiento que comenzó con el Card. Newman y siguió con una pléyade de figuras de la literatura, el arte y la cultura, que lideraban con su testimonio las conversiones de miles y miles por año. Si investiga Ud. ese proceso verá que todo se detuvo a partir del Concilio y más fuertemente a partir de la reforma litúrgica. Muchos de estos conversos reclamaros a la Santa Sede que se les imponía una doctrina y una liturgia de la que ellos habían huido al abandonar el anglicanismo. Este proceso de ruptura drástica de la conversiones es bastante parecido en los países anglosajones y en Alemania.
En los países católicos, en cambio, el desconcierto produjo la proliferación de las sectas protestantes, evangélicas y pseudocristianas, como mormones y testigos de Jehova. Y luego el auge de los cultos afroamericanos, como el umbanda, que hace estragos en la población menos instruida.
Decididamente la Iglesia se retiró de su papel de Madre y Maestra, para convertirse en una especie de ONG con «alto perfil moral», lo cual quedó aniquilado con los escándalos de pedofilia y otros.
Mi amigo, la fortaleza actual de la Iglesia es una ilusión suya. Es fuerte porque no prevalecerán contra ella las puertas del Infierno, pero hoy hasta parece que hubiesen prevalecido (lo cual es imposible) de tan grave decadencia en la que se encuentra.
Le ruego que haga la experiencia de la misa tradicional, del catecismo tradicional, etc. y verá que son dos iglesias muy distintas, dos cultos incompatibles y dos formulaciones doctrinales irreconciliables.

