Panorama Católico

Hoy por ser día de tu santo… Los Siete Fundadores Servitas

an extraordinaria es la historia de los Siete Fundadores de la Orden de los Servitas que entre otras cosas reciben culto colectivo el 12 de febrero (calendario tradicional) habiendo cedido el 11 a la Virgen de Lourdes, en un servicio póstumo a su Señora. Siete jóvenes mercaderes florentinos, miembros de una cofradía dedicada al culto de la Virgen Santísima, deciden retirarse a la vida religiosa para perfeccionarse mediante el servicio de Nuestra Señora, a Quien se consagran pidiéndole que con su plenitud de gracia supliera sus defectos.

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Tan extraordinaria es la historia de los Siete Fundadores de la Orden de los Servitas que entre otras cosas reciben culto colectivo el 12 de febrero (calendario tradicional) habiendo cedido el 11 a la Virgen de Lourdes, en un servicio póstumo a su Señora. Siete jóvenes mercaderes florentinos, miembros de una cofradía dedicada al culto de la Virgen Santísima, deciden retirarse a la vida religiosa para perfeccionarse mediante el servicio de Nuestra Señora, a Quien se consagran pidiéndole que con su plenitud de gracia supliera sus defectos. 
Su historia es una colección de milagros y un milagro de santidad. No menos interés tiene su supresión en 1276, por injusta interpretación del Papa de un mandato conciliar y la lucha del joven Superior, San Felipe Benicio, que duró varios años hasta que la orden fue definitivamente reconocida. Al comienzo se pusieron especiales obstáculos a la canonización de cada uno de sus fundadores (4 milagros demostrados de cada uno de ellos) para contrarrestar el clamor popular por una canonización en grupo (algo extraño para confesores, aunque común para los mártires). Finalmente, León XIII permitió el culto colectivo. 
A continuación, la historia pormenorizada de los siete santos fundadores servitas.

LOS SIETE FUNDADORES SERVITAS

  (Alejo  de Falconieri, Bonfiglio, Bonajunta, Amideo, Sosteneo, Lotoringo, Ugocio)

Se ha hablado alguna vez de  «constelaciones de santos». En efecto; en el cielo de la Iglesia, como en el cielo  astronómico, los astros no se suelen presentar aislados, sino formando parte de  «constelaciones»: grupos de santos que se influyen entre sí, se  prestan mutuamente sus luces, se ayudan y se estimulan. Sin embargo, aunque  esto sea verdad, no es menos cierto que cada uno de esos santos es luego, salvo  el caso de los mártires, objeto de un culto individual, al que han precedido  una beatificación y una canonización también individuales. Hay, sin embargo,  una excepción: el caso singularísimo de los siete fundadores servitas cuya  fiesta celebra la Iglesia  el 12 de febrero. Este grupo de siete almas, llegó a fundirse en el único ideal  de «servir» a su Señora, y servirla de manera tan perfecta que las  notas personales apenas tuvieran un valor relativo. Después de su muerte, su  memoria y su culto fueron y siguen siendo algo esencialmente colectivo, y así  sus nombres son prácticamente desconocidos, porque siempre se habla de ellos  bajo la apelación de los siete fundadores servitas».

Por eso, cuando las más antiguas crónicas  tratan de la vida de fray Alejo de Florencia, el último en morir, y el que por  estas circunstancias pudo ofrecer a los biógrafos alguna mayor ocasión de ser  considerado individualmente, esos mismos biógrafos se apresuran a asegurarnos  que la santidad de él mostraba la de sus seis compañeros. Oigámosles:
  «Hubo siete hombres de tanta perfección,  que Nuestra Señora estimó cosa digna dar origen a su Orden por medio de ellos.  No encontré que ninguno sobreviviera de ellos, cuando ingresé en la Orden, a excepción de uno  que se llamaba fray Alejo… La vida de dicho fray Alejo, como yo mismo pude  comprobar con mis ojos, era tal, que no sólo, conmovía con su ejemplo, sino que  también demostraba la perfección de sus compañeros y su santidad.»

Es éste el único caso que se da culto  colectivo a varios santos confesores, y la misma liturgia, en el oficio divino  y en la misa de este día, se ve forzada a modificar sus esquemas habituales  para poder adaptarlos a una fiesta tan singular. Caso hermosísimo, que alienta  a cuantos lo contemplamos a ir por el camino de la imitación. Llegar a la  santidad, es muy hermoso, pero todavía sería más hermoso aún que lográsemos esa  santidad dentro de un grupo, ayudándonos unos a otros, estimulándonos con nuestro  buen ejemplo, siguiendo las huellas de este hermoso caso de santidad colectiva.

Nos encontramos en el siglo XIII. Y he aquí  que entonces va a producirse un fenómeno que ya antes se había producido muchas  veces en la Iglesia,  que hemos visto repetirse ante nuestros propios ojos en los días que vivimos, y  que, sin duda, ha de continuar produciéndose también hasta el fin de los  siglos. La fundación de una Orden o Congregación religiosa sin que, quienes  intervienen en ella, tuvieran al principio la más remota idea de emprenderla.

No sabemos si fueron estos siete jóvenes  nobles de Florencia quienes, por sus relaciones comerciales, trajeron a la  ciudad toscana la idea de aquella nueva cofradía. Acaso estuviera ya fundada y  llevase unos años funcionando. Poco importa para nuestro intento. Lo cierto es  que en Florencia, al comienzo del siglo XIII, encontramos una hermandad,  llamada oficialmente sociedad de Santa María, pero más conocida por su nombre  vulgar de los laudesi, o  alabadores de la   Santísima Virgen, a la que pertenecían siete mercaderes de  las mejores familias de Toscana. Las crónicas nos han conservado su nombre:  Bonfilio Monaldi, Bonayunto Manetti, Manetto de l´Antella, Amidio Amidei,  Ugoccio Ugoccioni, Sostenio de Sostegni y Alejo Falconieri. Tengamos, sin  embargo, en cuenta que algunos de ellos cambiaron su nombre al hacer la  profesión religiosa. Los siete formaban parte de lo que hoy llamaríamos la  junta directiva, es decir, el elemento más vivo y entusiasta de la cofradía. No  sabemos la fecha de su nacimiento, pero ciertamente eran todavía jóvenes  cuando, en 1233, comenzaron los acontecimientos que vamos a narrar.

Fue el día 15 de agosto, ese día que, además  de estar consagrado a la   Asunción de la Santísima Virgen, ha sido también señalado para tantos  y tantos acontecimientos importantes de la historia eclesiástica. Los siete  gentileshombres florentinos sintieron aquel día una común inspiración. Oigamos,  una vez más, al cronista clásico: «Teniendo su propia imperfección,  pensaron rectamente ponerse a sí mismos y a sus propios corazones, con toda  devoción, a los pies de la Reina  del cielo, la gloriosísima Virgen María, a fin de que, como mediadora y  abogada, les reconciliara y les recomendase a su Hijo, y supliendo con su  plenísima caridad sus propias imperfecciones, impetrase misericordiosamente  para ellos la fecundidad de los méritos. Por eso, para honor de Dios,  poniéndose al servicio de la   Virgen Madre, quisieron, desde entonces, ser llamados siervos  de María.»

Pidieron para eso la bendición de su obispo,  que se la otorgó contento; se despidieron de sus familias, y el 8 de septiembre  del mismo año 1233 se recogieron en una casita, Villa Camarzia, en un suburbio  de Florencia, no lejos del convento de los franciscanos, y en las inmediaciones  de la antigua iglesia de Santa Cruz. Sin embargo, la casita, que ni siquiera  era propiedad de ellos, sino de otro miembro de la cofradía, resultó pronto  excesivamente céntrica para sus deseos de oscuridad, olvido y renunciamiento.  Pasaron a otra casa que la cofradía tenía en el Cafaggio, en la que transcurrió  bien poco tiempo, y pronto se planteó la cuestión de encontrar una sede que en  cierto modo pudiera llamarse definitiva.

Pero antes un milagro vino a señalar cuán  grata era a Dios la empresa que habían acometido. Alrededor de la fiesta de  Epifanía del siguiente año, 1234, iban de dos en dos recorriendo las calles de  Florencia y solicitando humildemente la caridad por amor de Dios, cuando se oyó  exclamar a los niños, incluso los que aún no hablaban, señalándoles con el  dedo: «He ahí los servidores de la Virgen: dadles una limosna». Entre aquellos  inocentes niños que sirvieron para proclamar el agrado de Dios sobre la nueva  Orden estaba uno que todavía no había cumplido los cinco meses, y que con el  tiempo habría de ser una de sus más preciadas joyas: San Felipe Benicio.

El milagro vino a agravar la situación: las  gentes empezaron a fijarse más en aquel humilde grupo y se hizo también más  urgente la necesidad de alejarse de la ciudad. Por eso recurrieron ellos al obispo  de Florencia, que tan acogedor se había mostrado desde el primer momento. Él,  con el generoso consentimiento del cabildo catedral, les ofreció una porción de  terreno en el monte Senario. Y allí se instalaron el día de la Ascensión del año 1234.

Es aquí, en el monte Senario, donde se inicia  propiamente la vida religiosa. Hasta entonces sólo había habido una especie de  tentativa. En el monte Senario construyen una iglesia, edifican unos míseros  eremitorios de madera, separados unos de otros, e inician observancia con todo  rigor. Reciben la visita del cardenal de Chatillon, legado del papa Gregorio IX  en la Toscana  y la Lombardía,  quien les anima a continuar su vida, si bien moderando sus excesivas  austeridades.

Pero la mejor y más preciada confirmación la  tuvieron el Viernes Santo de 1239: la Santísima Virgen  se apareció para encargarles que llevaran un hábito negro, en memoria de la  pasión de su Hijo, y para presentarles la regla de San Agustín. Después de esta  aparición, ya no había lugar a dudas. Acudieron al obispo de Florencia para  regularizar, por decirlo así, su situación canónica.

Y, en efecto, el obispo impuso a los siete el  hábito que les había mostrado la   Virgen, recibió sus votos y les dio las sagradas órdenes. Fue  precisamente en esta ocasión cuando algunos de ellos cambiaron de nombre. Y fue  también en esta ocasión cuando San Alejo Falconieri mostró sus deseos de no ser  ordenado sacerdote, lo que consiguió, muriendo como hermano.

La obra estaba ya, en cierto modo, encauzada.  Quienes sólo habían pensado en vivir con mayor entusiasmo los ideales de su  piadosa confraternidad, encontraban ya ordenados sacerdotes, con unos votos  emitidos y con una regla, la de San Agustín, recibida al par de la Santísima Virgen  y de la autoridad eclesiástica. Faltaba, sin embargo, dar un último paso para  que naciera una nueva Orden religiosa: la admisión de novicios. Hubo sus  discusiones, y mientras unos se inclinaban a admitirlos, contando con el favor  del obispo, siempre inclinado en este sentido, otros preferían mantener su vida  en el cuadro de la primitiva sencillez.

El hecho es que en el huerto en el que  trabajaban para huir del demonio de la ociosidad, se habían producido, en la  noche que precedió al tercer domingo de Cuaresma del año 1239, un significativo  milagro. Una viña, mientras todo el resto del terreno estaba endurecido por la  helada, se cubrió de frutos sin haber tenido previamente flores, y extendió de  manera maravillosa sus brazos fecundos. Ya no cabía duda: todos vieron en el  prodigio una señal de la voluntad de Dios y un presagio de los futuros destinos  de la naciente familia religiosa.

Y, en efecto, los novicios empezaron a llegar  en gran número. El fervor se mantuvo y atrajo las simpatías de toda la región.  No faltaron tampoco insignes aprobaciones. San Pedro de Verona visita el monte  Senario y alienta a los servitas en su vida religiosa. Poco después, en 1249,  el cardenal Capocci, legado del Papa en Toscana, aprueba la Orden y la coloca bajo la  jurisdicción de la Santa   Sede. Dos años más tarde, el 2 de octubre de 1251, el papa  Inocencio IV nombra al cardenal Fiechi primer protector de los servitas. En  1255 un rescripto del papa Alejandro IV daba la aprobación definitiva a la Orden y la autorización para  nombrar un superior general. Nuevas aprobaciones llegaron de los papas Urbano  IV y Clemente IV.

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Monte Senario, sede fundacional

¿Será necesario decir algo de cada uno? En  realidad las vidas corren casi paralelas y resulta difícil separarlas. El más  anciano de ellos, Bonfilio Monaldi, fue el primer superior que gobernó la  comunidad durante los dieciséis primeros años de tentativas. En 1251 fue  nombrado superior general de la   Orden, de manera provisional. Cuando en 1225, Alejandro IV  aprueba solemnemente la Orden,  convocó un capítulo general y dimitió su cargo. Ya desde entonces sólo se  dedicó a la oración y a la penitencia en el retiro. En 1262, volviendo de  visitar los conventos de la   Orden, acompañando a San Felipe Benicio, devolvió dulcemente  su alma a Dios después de maitines, encontrándose en el oratorio.

Le había sucedido, como general de la Orden, primero en el sentido  canónico, Juan Magnetti. Pero por poco tiempo. De los siete, fue éste el  primero en volar a Dios el 31 de agosto de 1257. Con una muerte hermosísima:  celebró la santa misa en presencia de sus hermanos, anunció su próximo fin, dio  a conocer algunos detalles de la vida futura de la Orden que le habían sido  revelados por Dios, Después, como era viernes, quiso, según era uso entre  ellos, comentar la narración de la   Pasión. Y al llegar a las palabras: «En tus manos Señor,  encomiendo mi espíritu», expiró.

También al tercero de los tres compañeros le  correspondió gobernar toda la   Orden. Elegido superior general en 1265, contribuyó  extraordinariamente al desenvolvimiento de la Orden por su actividad y el resplandor de su  virtud. Dos años después renunció a su oficio y consiguió que fuera elegido  para sucederle San Felipe Benicio. A los pocos meses, el 20 de agosto de 1268,  moría asistido por su propio sucesor.

Mucho más sencilla es la vida del cuarto,  Amideo Amidei. Había nacido en 1204 en el seno de una familia dividida por  violentas enemistades. Era de un candor tal, que su misma familia evitó siempre  mezclarle para nada en aquellas animosidades. Su vida religiosa fue también  sencilla, limpia, retirada, humilde. Fue elegido prior de Monte Senario y  después, de Cafaggio. Pero no pudo decirse que tales dignidades llegasen a  cambiar el humilde curso de su vida. El 18 de abril de 1266 entregaba su alma a  Dios. Todo el convento se sintió envuelto por un perfume celestial, mientras  una resplandeciente llama volaba desde su celda hasta el cielo.

Pero acaso sea todavía más encantadora la vida  de otros dos de los siete compañeros: Ugoccio Ugoccioni y Sostenio de Sostegni.  Eran amigos desde su misma juventud. Juntos entraron a formar parte del grupo.  Juntos se santificaron en los largos años de preparación de la Orden. Cuando ésta  empezó a extenderse, les fue, sin embargo, forzoso separarse. Sostegni fue  elegido vicario general de Francia; Ugoccini, de Alemania. Los dos trabajaron  con todas sus fuerzas en la difusión de la Orden en sus respectivas provincias. Ya ancianos,  San Felipe Benicio les llamó a Viterbo para la celebración de un capítulo  general que habría de reunirse en mayo de 1282. En Monte Senario, al que tantos  y tan dulces recuerdos les ligaban, se encontraron los dos ancianos, y allí  hablaron largamente de todas las cosas que habían ocurrido en los últimos  cincuenta años, y de lo que habían hecho por la propagación de la Orden. Hablando  estaban cuando se dejó oír una voz que decía: «Servidores de Dios y de  María, no lloréis más la prolongación de vuestro destierro: vuestros trabajos  tocan ya a su fin». En efecto, llegados al convento, el agotamiento y la  fatiga les obligaron a acostarse. Y al mismo tiempo murieron, el 3 de mayo de  1282. San Felipe Benicio vio aquella noche dos lirios de una blancura  deslumbrante que eran cortados en la tierra e inmediatamente presentados a la Virgen en el cielo.  Comprendió que los dos ancianos habían dejado este mundo, y así se lo anunció a  los religiosos que estaban con él en Viterbo.

Nos queda San Alejo Falconieri. Es el que más  vivió, pues alcanzó los ciento diez años de edad. Nacido en Florencia en 1200,  murió el 17 de febrero de 1310. Entró el más joven de todos en la Orden, rehusó siempre ser  sacerdote y vivió con gran humildad, dedicado, como hermano lego, a recoger  limosnas y a trabajar en las más humildes tareas. Fue el instrumento de que  Dios se sirvió para la santificación de su sobrina, Santa Juliana Falconieri, y  quien le animó a abrazar la vida religiosa. Su larga vida le hizo presenciar un  episodio harto doloroso que se produjo en 1276… y su feliz solución.

En efecto, en ese año 1276 el papa Beato  Inocencio V comunicó a la Orden  de los servitas que la Iglesia  la consideraba como extinguida, a causa del canon 223 del segundo concilio de  Lyon. Habían desaparecido ya de la tierra cuatro de los siete fundadores. Otros  dos de ellos estaban ausentes de Italia. La tempestad parecía amenazante y hubo  momentos en que todo estuvo a punto de perderse. Hay quien dice que de hecho se  hubiese perdido si no hubiera mediado la fortaleza y el ánimo de San Felipe  Benicio.

Fue él quien levantó la bandera mariana y  alegó que la Orden  había sido aprobada repetidas veces por los Romanos Pontífices. Sólo San Alejo  llegó a ver la victoria. San Felipe Benicio, y los otros dos fundadores  supervivientes murieron antes de que el 11 de febrero de 1304 el papa Benedicto  XI la confirmara de nuevo. Todavía había de vivir seis años gozando de la  admirable expansión que tras esta confirmación tuvo la Orden.

En efecto, como si el triunfo después de tan  deshecha tempestad hubiera sido la señal que se esperaba para lanzarse por todo  el mundo, la Orden  se extendió desde entonces con particular fuerza, y en el siglo XIV contaba con  más de cien conventos y con misiones en Creta y en las Indias. La reforma  protestante le hizo perder un buen número de conventos en Alemania, pero la Orden prosperó en el  mediodía de Francia. El final del siglo XVIII le fue funesto, como a todas las  Ordenes religiosas. Pero en el siglo XIX se extendió a Inglaterra, y después a  América. Muy recientemente se ha implantado también en España. En la actualidad  consta de 1.550 religiosos.

Como hemos dicho, desde el primer momento, al  poco tiempo de muerto San Alejo, la historia nos habla del culto colectivo a  los siete fundadores. Sin embargo, habría de pasar mucho tiempo antes de que  este culto obtuviera la plena aprobación canónica. Todos ellos habían muerto en  el Monte Senario, salvo San Alejo, cuyo cadáver fue prontamente transportado  allí. Benedicto XIV atestiguaba que en sus tiempos los cuerpos estaban  conservados en la iglesia de Monte Senario, bajo el altar de la capilla situado  bajo el coro. Sin embargo, este Papa creó una seria dificultad para su posible  canonización, exigiendo que para cada uno de los siete fueran presentados  cuatro milagros, y que, por consiguiente, las siete causas se vieran  independientemente. De hecho, los primeros bolandistas no los mencionaban, con  la única excepción de San Alejo.

En 1717, Clemente XI aprobaba el culto del  Beato Alejo, y en 1725, el de los otros seis. Sólo en tiempo de León XIII, como  consecuencia de un clamoroso milagro ocurrido en Viareggio como consecuencia de  la invocación colectiva a los siete fundadores, se pudo volver al primitivo  procedimiento: estudiar simultáneamente y en una sola causa la santidad de los  siete. La causa tuvo éxito feliz, y el 15 de enero de 1888 fueron  solemnísimamente canonizados. El 28 de diciembre del mismo año se fijaba su  fiesta para el 11 de febrero. Años después, la fiesta fue pasada al 12, para  dar lugar a la celebración de la aparición de la Inmaculada en Lourdes.  Así sus fieles siervos cedieron, por medio de la Orden por ellos fundada, a la Santísima Virgen  el lugar que venían ocupando en el calendario.

Fuente: Mercaba

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