Hoy por ser día de tu santo… San Tito, Obispo

San Tito, obispo, discípulo de San Pablo
(s. I)
San Tito no es un santo pequeño. Por el contrario,
los elogios que San Pablo dedica a su persona y a su celo y capacidad
para el apostolado son suficientes como para inscribirlo en el libro de
los grandes santos del cristianismo primitivo, aunque no haya muerto
mártir.
Dos son los episodios en los que la figura de Tito
descuella: uno, la disputa con los judaizantes. Siendo Tito gentil, fue
objeto de las mirada de aquellos que querían imponer a los cristianos
las superadas leyes del Antiguo Testamento -plenificado por el Nuevo-
confundiendo la «figura» con la realidad. En este sentido Tito adquiere
un relieve particular en estos tiempos en que en la Iglesia se ven
tantos movimientos judaizantes.
Otra de las participaciones relevantes de Tito fueron
sus misiones «diplomáticas» para avenir a los cristianos enfrentados
entre sí. Era para San Pablo un motivo de gran dolor que las comunidades
que había parido con su predica fervorosa, apenas alejarse él de ellas,
comenzacen reyertas por diversos motivos. O bien que recayeran en
vicios vergonzosos, como fue el caso de los corintios, hijos de una
ciudad particularmente corrupta, quizás la más degradada de todo el
Mediterraneo. Fue Tito portador de las cartas del Apóstol (y como tal se
lo representa) y a la vez encargado de avenir a los disidentes. Estas
misiones son, sin duda, el fundamento apostólico de la diplomacia de la
Santa Sede, y su modelo. Muy lejano hoy en día de lo que ha sido su
causa ejemplar.
Y sin embargo, la razonabilidad, la ecuanimidad y el
ardor caritativo de los «enviados» de los apóstoles para avenir a los
desavenidos, o encaminar a los descarriados en la doctrina, son, sin
duda, el modelo que la Iglesia debe seguir en sus actos diplomáticos. Porque este arte tan difícil solo resulta fructífero si no se mezcla con la «astucia» y se fundamenta en una santa prudencia.
Por fin, la figura de Tito descuella por haber sido
el gran «paráclito» o compañero de angustias de San Pablo. Pablo, hombre
pasional, sufría como un desgarro de sus entrañas estas desaveniencias
entre las comunidades, o las acechanzas de las que eran víctimas por
parte de falsos profetas o cristianos desviados de la recta Fe. Tito fue
para el gran apóstol de las gentes un consuelo, un motivo de alegría al
comprobar su fidelidad a Cristo, el buen éxito de sus misiones, su gran
capacidad para acercar a los enfrentados, un confidente y uno de los
hijos dilectos de su corazón apostólico.
Recomendamos la lectura de un artículo detallado
sobre las referencias neotestamentarias al santo que celebramos hoy, así
como su importancia en la formación de la cristiandad que fue
encomendada particularmente a San Pablo. Leer a continuación.
De San Tito no tenemos otras noticias que las que San Pablo nos suministra; y a los datos del Apóstol hemos de acordar su biografía. El primer dato sobre Tito lo encontramos acompañando a San Pablo a Jerusalén con Bernabé. El objeto del viaje fue defender Pablo el Evangelio de Jesucristo frente a los doctores judíos que querían someter a los conversos a las ceremonias legales del Viejo Testamento, murmurando de San Pablo porque se oponía a semejante servidumbre. Hacía catorce años que Pablo se había ausentado de la ciudad santa donde estuvo a raíz de su conversión, tres años después de la misma. El viaje obedecía a una «revelación» que tuvo, donde se le ordenó subir allá a verse con las «columnas de la Iglesia», como llamaban a San Pedro, San Juan y Santiago, a fin de confrontar su predicación con la de ellos; estando acordes en todo, en señal de lo cual se dieron las manos, a Pablo y a Bernabé se entiende, y no a Tito porque era gentil.
Los enemigos de San Pablo pretendían que los conversos se circuncidaran, ya que le oyeron decir que los cristianos no estaban obligados a aquella ceremonia. Furtivamente espiaban a Pablo en estas predicaciones, y fue tal la defensa que hizo de su nueva teología, que «ni aun Tito, que me acompañaba, con ser gentil, fue obligado a circuncidarse» (Gal. 2,3). No era, pues, Tito judío. ¿Dónde,o en qué poblado o ciudad había nacido? ¿Creta, Corinto, Antioquía? Es inútil discurrir a este respecto. Era sencillamente, gentil. ¿Por qué, siendo gentil, acompañó a San Pablo? La palabra «gentil» se usaba para denominar a los griegos, según algunos expositores. En aquel entonces, Tito era cristiano. Venia del «gentilismo», pero era cristiano, razón por la cual, juzgándose los judíos cristianos representantes de las dos leyes, la judía y la cristiana, pretendían que los conversos aceptasen la cuncisión, sosteniendo que sin ella no podían salvarse (Act. 15). El punto de partida de San Pablo para este viaje a Jerusalén fue Antioquía, donde había muchos discipulos del Señor. El y Bernabé «se quedaron allí mucho tiempo con los discípulos» (Act. 14,28). Apareciendo Tito con ellos en Jerusalén, por deducción, Tito debió ser antioqueno, convertido por San Pablo a la fe, tomándole desde entonces por «socio» y «coadjutor» suyo.
Como sujeto de toda garantía espiritual y de un celo grande semejante al suyo, San Pablo encomienda a Tito, en su tercer viaje a Tiro, Patara, Rodas, Esmirna, Tróade, Filipos, Tesalónica, Efeso, Antioquía, dos misiones delicadísimas a los corintios: la primera desde Efeso y la segunda desde Macedonia. Los corintios fueron evangelizados por San Pablo. Les cobró el Apóstol un cariño y una solicitud grandes; pero no faltaron disidentes y traidores a la causa de la fe. Algunos judíos conversos dieron nuevas a San Pablo del mal espíritu de algunos, y los mismos fervorosos cristianos le dirigieron una carta enterándole de los pecados y disensiones entre ellos. Ya en sus comienzos se vió en la necesidad de salir precipitadamente de Corinto porque los judíos le acusaron ante Galión, procónsul de Acaya, de que Pablo «persuade a los hombres a honrar a Dios contra lae ley», la ley antigua (Act. 18,13).
San Pablo hubo de embarcarse navegando a Siria, bajando después a Efeso. En Efeso estaba Tito. Con lo sabido por él mismo, las noticias que fueron llegando después de su partida, la carta que los corintios le dirigieron, consultándole diversos puntos, Pablo escribió su primera carta a los corintios, encomendando a Tito le sirviera de correo, a la vez que de apóstol y encomendero suyo para ver de poner paz entre los corintios y reducirlos a la concordia. El primer punto a coordinar era la división entre los conversos, llamándose unos discípulos de Pedro, otros de Apolo, otros de Cristo y otros de Pablo. «¿Está dividido Cristo? -les dice-. ¿O ha sido Pablo crucificado por vosotros?» (Cor. 1,13). Siendo Corinto ciudad internacional, a ella acudían no solamente los ricos comerciantes, sino los filósofos, los oradores, los gados de su sabiduría. «Los judíos piden milagros, los griegos sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, más poder y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos» (ibid. 22-23).
El espíritu de partido, los pleitos entre los conversos, los vicios de la impureza, el incestuoso, etc., son temas de San Pablo. Por sabia que fuera la carta de San Pablo, el intérprete de la misma y el ejecutor habia de ser Tito. Qué tino, qué prudencia, qué sabiduría, qué don de gentes necesitaba el discípulo para llevar a cabo la paz y la concordia entre todos volviéndolos al verdadero cristianismo, que era Cristo. Deseando conocer San Pablo el éxito de su carta y de las gestiones de su ardoroso y fiel discipulo, le citó en Tróade a donde se dirigía San Pablo a predicar el Evangelio de Cristo. «En medio de haber abierto el Señor una entrada, no tuvo sosiego mi espíritu, porque no hallé a mi hermano Tito, y así, despidiéndome de ellos, partí para Macedonia» (2 Cor. 11,12-13). La inquietud de San Pablo estaba bien justificada por la ternura que sentía por los nuevos convertidos por él, por la dificultad creada por ellos en asuntos de gravedad y por el miedo que sentía por su querido discípulo, por si no lo habían recibido bien o no había tenido éxito en sus gestiones.
Llegó San Pablo a Macedonia y crecieron sus angustias por nuevas dificultades. Muy grandes debieron de ser. Tito no estaba allí. «Pues así como llegamos a Macedonia, no he tenido consuelo ninguno según la carne, sino que he sufrido toda suerte de tribulaciones, combates por fuera, por dentro temores» (2 Cor. 7,5). Las grandes penalidades del Apóstol en Macedonia tuvieron su recempensa con la llegada de Tito. «Pero Dios, que consuela a los humildes, nos consoló con la llegada de Tito y no sólo con su llegada, sino con el consuelo que de vosotros nos trajo, al anunciarnos vuestra ansia, vuestro llanto y vuestro celo por mí, con lo que creció más mi gozo», La embajada de Tito fue cumplida y triunfante, hasta el punto de que el Apóstol, que se había manifestado duro con los corintios en su segunda carta a los mismos, se sincera un poco de su filípica anterior atenuando su rigor por contraposición al amor que les tiene.
El puro elogio que hace de Tito muestra bien a las claras el valor de su obra apostólica y del tiempo con que llevó a cabo su misión. «Que si en algo me glorié con él de vosotros, no he quedado confundido, sino que así como en todo os habíamos hablado verdad, así era también verdadero nuestro gloriarnos con Tito. Y su cariño por vosotros se ha acrecentado viendo vuestra obediencia y el temor y temblor con que le recibisteis. Me alegro de poder en todo confiar en vosotros» (ibid. 12,14-16).
Por si había quedado algún leño encendido entre los corintios, y ante las buenas nuevas traídas por Tito, San Pablo les escribe su segunda carta desde Macedonia, confiándola al mismo Tito, queriendo que el que tan buen éxito tuvo en su primera misión, acabara la obra en la segunda. El empeño era más fácil. Conocían los corintios a Tito y le amaban. Sabían los corintios el celo del discípulo de San Pablo por ellos y le recibirían y atenderian de mejor gana que en la primera. Así aconteció. «Y gracias sean dadas a Dios, que puso en el corazón de Tito esta solicitud para vosotros, pues no sólo acogió nuestro ruego, sino que solicitó por propia iniciativa partir a vosotros» (¡bid. 8,16). En esta segunda carta San Pablo cambia su técnica epistolar, manifestándose más humano y comprensivo, en atención a las buenas noticias que Tito le diera de ellos. Les muestra su deseo de ir a verlos, imposible de realizar por entonces, perdona al incestuoso, canta su libertad evangélica y se declara heraldo de la verdad…. hace un resumen de sus padecimientos por el apostolado de Cristo y pregona un elogio a los corintios. «Y así como abundáis en todo, en fe, en palabra, en ciencia, en toda obra de celo y en amor hacia nosotros, así abundéis también en esta obra de caridad» (ibid. 8,7). (Pide a los corintios hagan una colecta por los pobres de Jerusalén). No deja en el tintero su ascendencia judía y farisaica frente a la vanidad de los seudo-apóstoles, a la vez que se absuelve de no haberles sido gravoso en nada ni querer nada para sí. En esta defensa incluye a Tito. ¿Os he explotado acaso por medio de alguno de los que os envié? Yo animé a Tito a ir y envié con él al hermano. ¿Acaso Tito os explotó? ¿No procedimos ambos según el mismo espíritu? ¿No seguimos los mismos pasos?» (ibid. 12,17-18). Flaqueza ha sido en el sacerdocio antiguo el interés. Los nuevos apóstoles suplican algunas limosnas para los pobres, para ellos nada quieren. Tito sigue a San Pablo en su desinterés.
En la segunda carta a Timoteo hay otra alusión a Tito. «Date prisa a venir a mí, porque Demas me ha abandonado por amor a este siglo, desertó del apostolado y se marchó a Tesalónica, Crescente a Galacia, Tito a Dalmacia» (2 Tim. 4,9). ¿Otra misión delicada? Sin duda alguna; porque, al decir San Pablo que «Demas me ha abandonado», haciendo después mención de Crescente y de Tito, no significa que estos dos últimos le abándonaran también, sino que hubieron de dejarlo por su misma voluntad. El viaje de Tito a Dalmacia y las razones del mismo las desconocemos. Es un inciso que San Pablo dejó en la oscuridad, mas, conociendo el celo del Apóstol por los cristianos, es de suponer que su envío allá sería por intereses grandes de los conversos y de la Iglesia.
Después de su prisión, San Pablo’pasó por Creta. ¿Se encontraba en la isla Tito? ¡Acompañaba a San Pablo en su viaje a la isla? Las palabras de San Pablo en la carta que le escribe, desde Nicópolis, en el Epiro, da a entender que Tito trabaja en la viña del Señor de Creta. Dice el Apóstol: «Te dejé en Creta para que acabases de ordenar lo que faltaba y constituyeses por las ciudades «presbíteros» en la forma que te ordené» (1 Tim. l). «Te dejé en Creta. para que acabases de ordenar lo que faltaba…» indicación de que allí trabajaba llevando a cabo una obra que no se había terminado, ordenándole el Apóstol que la acabara». Fue consagrado obispo de Creta por el mismo San Pablo. En la carta que le escribe le suplica que deje Creta tan pronto como lleguen Artemas o Tíquico, que él enviaba, y fuera a verle en Nicópolis, lo antes posible, porque tengo el propósito de pasar allí el invierno». Tito le acompañaría en todo este tiempo. Se ha dicho ya que desde Nicópolis le envió a Dalmacia.
Resumiendo la carta que le escribe San Pablo, aparte de ser una distinción muv grande, a la vez propone en ella las perfecciones que ha de tener un obispo presbítero, todo lo cual hace comprender que el modelo vivo de los obispos era Tito: «porque es preciso que el obispo sea inculpable, como administrador de Dios; no soberbio, ni iracundo, ni dado al vino, ni pendenciero, ni codicioso de torpes ganancias, sino hospitalario, amador de los buenos, modesto, justo, santo, continente, guardador de la palabra fiel…», «porque hay muchos indisciplinados, charlatanes, embaucadores, sobre todo, los de la circuncisión, los judíos a los cuales es preciso tapar la boca… Bien dijo uno de ellos, su propio profeta: Los cretenses, siempre embusteros, bestias malas y glotones» (Epiménedes de Cnosos. Siglo VI a. de J. C.). Vienen después los consejos por categorías según la edad y condición. Finaliza San Pablo la carta dando consejos al mismo Tito: «Evita las cuestiones necias, las genealogías y las contiendas y debates sobre la ley, porque son inútiles y vanas». Un final muy ajustado a la doctrina del Evangelio, en lo social: » … y que los nuestros aprendan a ejercitarse en buenas obras para atender a las necesidades apremiantes y que no sean hombres infructuosos». Esta carta se escribía por los años 66-67. Una tradición registrada por el historiador Eusebio afirma que murió de muchos años en Creta, siendo enterrado en la catedral. Siglos después fue trasladado a Venecia, donde descansan sus restos.

