¿Antisemitismo o anticristianismo?
“Encuentro” del Ministerio de Educación, algo como una imagen de la
Última Cena. Era un trozo de la parodia cinematográfica montada por
cierto sujeto revestido de juglaresco pensador, donde lógicamente
aparecen celebrándola Jesús y sus apóstoles. Acaso pocas veces se
haya armado una profanación de aquella sacrosanta solemnidad, tan
hipócrita y descarada a la vez.
Durante el infructuoso zapping habitual, apareció en el canal “Encuentro” del Ministerio de Educación, algo como una imagen de la Última Cena. Era un trozo de la parodia cinematográfica montada por cierto sujeto revestido de juglaresco pensador, donde lógicamente aparecen celebrándola Jesús y sus apóstoles. Acaso pocas veces se haya armado una profanación de aquella sacrosanta solemnidad, tan hipócrita y descarada a la vez. La exhibición de una comida festiva, presidida por el Salvador del Mundo –personificado por un melenudo chabacano- rebajando la divina celebración a un encuentro ordinario desprovisto del más mínimo respeto. Donde, por ejemplo, al pasar un servidor dejando un pan sobre la mesa, el personaje central aprovecha para pronunciar la Consagración, diciendo rápidamente: “Morfad, esto es mi Cuerpo”. Así todo por el estilo y para qué seguir…
Sólo resta un par de reflexiones. Se desconoce cómo han reaccionado los Vigías del rebaño frente a semejante insulto a la Eucaristía y el Santísimo Redentor, según dicen repetidas veces propalado desde la televisión oficial. Precisamente por el canal que fundara el ministro judío de Educación; y donde campea el marxista judío, promotor de la nueva bandera para la Argentina con un símbolo subversivo.
En tanto no cesan los desagravios por el “Holocausto” o por “La noche de los cristales rotos”.
Enero de 2012
Comentario Druídico: ¿Cómo disentir con el ilustre firmante de esta nota? Nuestros obispos solo tienen homenajes o palabras de indignación según un repertorio políticamente muy correcto.
Pero la ocasión me sirve para comentar que habiendo leído el libro del P. Pierre Blet, «Pio XII y la Segunda Guerra Mundial», obra algo seca pero poderosamente documentada, hay que concluir que aquello no fue moco de pavo. Y por aquello me refiero a las que pasaron los judíos europeos durante la Segunda Guerra, sin distinción (porque no las hacían los regímenes perseguidores) entre bautizados y no bautizados. Y aunque esta distinción sea importante para señalar la «carnalidad» del odio antijudío, tampoco hubiese bastado para justificar horrendas deportaciones y atrocidades el haberlas hecho.
El P. Blet muestra notables matices entre la furibunda persecusión nazi y otras de estados aliados a Berlín (Italia, por ejemplo) en los que la presión del Reich obligaba a hacer lo que muchas veces no se quería, y donde las cosas fueron mucho más benignas en ciertos casos. Cada uno es particular: Hungría, Eslovaquia, Croacia, Rumanía, etc.
Y también deja en claro que los Aliados no se preocuparon demasiado por el tema hasta que les sirvió de herramienta política.
Fundamentalmente, prueba la enorme obra de caridad, reconocida decenas de veces por los beneficiados, que realizó la Santa Sede en favor de los débiles y perseguidos, con tacto y gran inteligencia.

