Panorama Católico

Una exhortación para los tiempos que vienen

Oportet Illum regnare”, nos dice San Pablo, Nuestro Señor debe reinar, y su reino no caerá así de repente del Cielo. Él no reinará sin nuestros esfuerzos, pacientes, determinados y audaces, sin nuestra fe, sin nuestras luchas, sin nuestra labor incesante, sin esta peregrinación.  “Los soldados lucharán y Dios dará la victoria”, decía Santa Juana de Arco. 

Queridos peregrinos,

ADVENIAT REGNUM TUUM” – “VENGA A NOSOTROS TU REINO”.

Tal es, este año, el magnífico tema de la peregrinación que nos llevará a los pies de Nuestra Señora de Luján. Un deseo eficaz, una voluntad firme, la esperanza ardiente de ver a Nuestro Señor reinar, no solamente en nuestras almas, en nuestras familias, sino también en nuestras Patrias, guiará sus pasos, llenará sus corazones, inspirará sus cantos, oraciones y sacrificios.

Como miembros y fieles de la Santa Iglesia católica, vamos unidos con nuestra Cabeza, con nuestro Capitán, Nuestro Señor Jesucristo. Lo prometió: “Estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”. Y está más presente aún en esta peregrinación cuyo tema es, precisamente, la venida de su Reino; está más aún presente a la hora de la batalla por su Nombre. Estamos en una tremenda batalla en este mundo de hoy, un mundo enloquecido que desafía a su Dios y Señor. Ciertamente esta lucha es dura y, humanamente, la victoria parece tan difícil, si no imposible. Pero Cristo Rey no nos dice: ¡“Marchad”! No es capitán que se queda tranquilo en la trinchera mirando a sus soldados que marchan a la lucha; no dice: “marchad”, sino “VENID”, ¡“seguidme”! Luchó y venció el primero; y no sólo nos precede con el ejemplo, sino que nos ayuda con su gracia, nos infundirá aliento y valor en cada paso, ¡está con nosotros!

En realidad, desde que el Salvador recorrió los caminos de Judea y de Galilea, haciendo bien a todas las almas de buena voluntad, se juntaron con Él las innumerables filas de los hijos e hijas de la Iglesia militante; y esta inmensa marcha sólo terminará delante de las puertas del Cielo. Con esta multisecular e invencible peregrinación nos reunimos hoy. Nada y nadie logró y logrará pararla. ¡Sería más fácil ponerse frente a un tren bala lanzado a trescientos km por hora para frenarlo que detener a la Iglesia militante! Incluso las persecuciones, las herejías, los ataques de toda especie no sirven sino para fortalecerla más aún. Por eso, cualquier inquietud, duda, desánimo, murmuración, tristeza, mezquindad no tendrán cabida entre nosotros. No estamos aquí para cumplir una proeza física, o para reunirnos con unos simpáticos y seleccionados amigos, o para buscar un novio o una novia, o para mejorar la salud corporal, o para buscar supuestas e imaginarias tendencias entre los sacerdotes y los fieles de la Tradición; estamos aquí para marchar con los cruzados de Jerusalén, con los ejércitos de Santa Juana de Arco, con los conquistadores del nuevo mundo, con los peregrinos de Santiago de Compostela, de Fátima, de Chartres, sea del siglo XII, sea del siglo XXI, suplicando a la Santísima Virgen para que venga entre nosotros el dulce Reino de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Cantaremos a pleno pulmón “
Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat
”, pero ¿serán sólo palabras y cantos? “Oportet Illum regnare”, nos dice San Pablo, Nuestro Señor debe reinar, y su reino no caerá así de repente del Cielo. Él no reinará sin nuestros esfuerzos, pacientes, determinados y audaces, sin nuestra fe, sin nuestras luchas, sin nuestra labor incesante, sin esta peregrinación.  “Los soldados lucharán y Dios dará la victoria”, decía Santa Juana de Arco. Y Nuestro Señor lucha con nosotros, en nosotros: “
Ánimo, pequeño rebaño, Yo he vencido al mundo
”. Y su discípulo San Juan se hace el eco de su divino Maestro: “nuestra victoria sobre este mundo es nuestra fe”. ¡Oh!, el demonio puede ganar, quizás, unas batallas, pero ha perdido la guerra; ya sabemos que él y sus secuaces serán vencidos.

… Piensan los tibios: ¿entonces, para qué luchar, para qué esta peregrinación, si ya sabemos que Nuestro Señor vencerá necesariamente y sus fieles discípulos con Él? Porque, precisamente, Nuestro Señor quiere que el testimonio público de nuestra fe, quiere que esta peregrinación contribuya a su victoria. Dijo: “

ÁNIMO


, he vencido al mundo”; no dijo: “descansen, esperando que yo venza al mundo”. Formamos parte de la Iglesia militante, no de la Iglesia soñante. Es luchando con Él y por Él que venceremos con Él. Lo dice San Pablo: “
si

compartimos sus sufrimientos, entonces compartiremos su gloria”.

Hagan una santa confesión durante la peregrinación; tomen resoluciones firmes, cinceladas por las Ave Marías de su Rosario. Energía, determinación, humildad, confianza, caridad, unión fraterna, espíritu de fe: son las disposiciones interiores del peregrino. No fortalezcamos al enemigo, sea ateo, liberal o marxista, por vanos gemidos, por críticas estériles, por la tibieza, el orgullo, el egoísmo, el espíritu de independencia, de división y una mentalidad mundana. Cristo Rey o el Príncipe del mundo, la humildad o el orgullo, la caridad o el egoísmo, el coraje o la cobardía, la victoria o la derrota, no existe una tercera vía.

Familias católicas aquí reunidas, son las células fundamentales del Reino social de Nuestro Señor. Son la grande esperanza de la Iglesia. No duden que el futuro de su Patria será lo que sean, ni más ni menos.

Padres y madres de familia, muchachos y muchachas, alumnos y alumnas de nuestras escuelas católicas, niños y niñas, marcharán sobre las ruinas (y el lodo) de una sociedad que se autodestruye; el futuro les pertenece, santifíquense, fortalézcanse, no es hora de mirar atrás. Cada uno de sus pasos, cada una de sus Ave Marías, cada una de sus santas comuniones en Luján harán realmente disminuir la impiedad y la apostasía reinantes, obtendrán quizás la conversión de los gobernantes, y suscitarán, si Dios quiere, políticos verdaderamente católicos, entregados al bien común de su país; y el primer Bien común de una nación es Nuestro Señor Jesucristo.

En fin, estimadas almas consagradas aquí presentes, seminaristas, religiosas, religiosos, sacerdotes de Jesucristo, guiemos a estos valientes fieles, a estas familias, recemos, sacrifiquémonos por ellas, seamos para nuestras desgraciadas Patrias y para nuestra Madre la Santa Iglesia la sal y la luz de que, urgentemente, necesitan.

Que la clemente, dulce y piadosa Virgen de Luján los proteja a todos.

Ave María Purísima.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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