Panorama Católico

Nueva y tal vez última respuesta al P. Iraburu

Dice el P. Iraburu entre tantas cosas que  «acusar al Concilio Vaticano II de esos enormes males es una gran falsedad, una calumnia, y es una ofensa al Espíritu Santo 
 que asistió con su luz y su gracia al Papa y a los 2.500 Padres conciliares, como había ayudado en los XX Concilios anteriores

. Muchas veces es falso el adagio 

: esto ha sucedido  

después  
de aquello, luego aquello es 
causa  


de esto.

Dice
el P. Iraburu entre tantas cosas que 

«acusar
al Concilio Vaticano II de esos enormes males es una gran falsedad, una
calumnia, y es una ofensa al Espíritu Santo



que asistió con su luz y su gracia al Papa y
a los 2.500 Padres conciliares, como había ayudado en los XX Concilios
anteriores


. Muchas veces es falso el
adagio 


: esto ha sucedido 


después 

de aquello, luego aquello es


causa 



de esto.


Es verdad, muchas veces el adagio post
hoc, ergo propter hoc es falso. Y muchas veces NO es falso. Más bien
muchas veces de las causas visibles se siguen las consecuencias visibles. Más aún
cuando la repetición de las causas ha dado sistemáticamente la repetición de
los mismos efectos, a lo largo de cuatro trágicas décadas de experimentación,
en las que todo fue permitido (de derecho o de hecho) menos la experiencia de
la tradición.


Reconoce el P. Iraburu que hubo un nutrido
y bien organizado y financiado grupo liberal en el Concilio. Que hubo
tendencias opuestas (no aclara si en materias definidas o no, porque pretende
analogar las disidencias legítimas anteriores a la definición de una doctrina,
con las que ya no puede haber después de que dicha doctrina ha sido definida). Dice
que este grupo liberal tenía el apoyo de la prensa mundial, y es verdad. (No
menciona que el Concilio mismo tenía el apoyo de la prensa mundial y todas sus
novedades, que eran comunicadas a la prensa por los liberales para ejercer
presión sobre los otros padres, eran saludadas como una necesaria modernización
de la Iglesia. Detalles que escapan al análisis del P. Iraburu.


Olvida decir que los neomodernistas
cometieron toda suerte de fraudes y trampas propias más bien de parlamentarios
que de padres conciliares (cambios de reglamento, abolición de esquemas
preparados bajo la supervisión de Juan XXIII, ampliación desmesurada de
miembros de las comisiones para ganar mayoría de liberales… hasta la
penosísima anécdota que registran los anales conciliares: cortar el audio a un
discurso del Card. Ottaviani cuando protestaba por un disparate que se
proponían aprobar. El anciano prefecto de la Fe fue saludado por una
estruendosa carcajada de la magna asamblea conciliar…). Todo esto está bien documentado
en el libro de Ralph Wiltgen «El Rhin desemboca en el Tiber».  


El Papa Paulo VI dio una


sanatio in
radice


 


excepcional de todo
lo actuado por los liberales, mucho de ello manifiestamente ilegal. La
consecuencia de esta aprobación papal impulsó a los padres conciliares dubitativos
(recordemos el peso de la autoridad pontificia en esos tiempos) a firmar lo que
se habían negado a firmar antes. Los padres tradicionales, que eran la mayoría,
no actuaban con concierto ni claridad, porque se veían desconcertados por el
apoyo del Papa a los liberales, a los que pocas veces frenó, aunque es justicia
decir que algunas veces lo hizo. Ellos  esperaban que el Papa les pusiera coto luego,
dando como perdido ya el manejo del Concilio. Engaño en el que cayeron tantos
miembros de la Curia Romana y buenos obispos y fieles. Lo cierto es que después
el Concilio, el Papa procedió a desmantelar la vieja curia de Pío XII y cooperó
enormemente a la difusión de estas doctrinas extrañas, alternando el entusiasmo
con el horror y con la oportuna recordación de la sana doctrina en  
algunos casos en que las cosas se iban de
madre, como por ejemplo su Encíclicas Mysterium Fidei y Humanae Vitae.


El P.Iraburu admite que sucedió una
catástrofe, (ya durante, digo yo) e inmediatamente después del Concilio, 

la cual describe muy bien. Y reconoce que
los jefes espirituales de dicha catástrofe, los ideólogos, hablaban en nombre
del Concilio (pero nunca lo citaban dice, con manifiesta falsedad, porque desde
el Concilio prácticamente solo se ha citado al Concilio, como si el magisterio
anterior no hubiese existido nunca). Tampoco dice que muchos de los teólogos
liberales fueron elevados a la categoría de obispos y cardenales, lo cual no
dice muy bien del deseo del Santo Padre de frenar las falsas doctrinas que
ellos promovieron, sustentaron y muchas veces impusieron en el Concilio y
posteriormente invocando el Concilio.


Pero dice el P. Iraburu que lo que ocurrió
en el posconcilio (y si fuera más preciso diría también que ocurría ya

 



durante

 

el Concilio)
NO tiene nada que ver con los textos del Concilio, a los que reconoce en muchos
casos ser  imprecisos, contradictorios y hasta «poéticos». Es
más, asegura que este concilio es de algún modo mejor que los otros, porque a
él asistieron 2500 padres conciliares, muchísimos más que a cualesquiera de los
anteriores. O sea, más padres conciliares, más «presencia» del
Espíritu Santo.


Y reconoce también que las tendencias
destructivas de la Iglesia preceden al Concilio, cosa que nadie niega, aunque
no encuentra en el Concilio su floración y culminación, pasando de ser
corrientes teológicas más o menos subterráneas condenadas bajo el reinado de
Pío XI y Pío XII, a doctrinas sugeridas y alentadas de un modo evidente en
documentos de tan alta jerarquía como son los de un Concilio Ecuménico.


En definitiva: la discusión del P. Iraburu
quedó varada en el tiempo. Esto lo han tratado de resolver todos los
conservadores desde el Concilio hasta acá con propuestas absolutamente
desmentidas por la realidad. Lo que ocurrió y sigue ocurriendo les grita en la
cara los documentos del Concilio son el triunfo de los neomodernistas que han
logrado imponer en una modalidad tan poco magisterial textos mayormente ambiguos
y contradictorios, y lograr el apoyo, o al menos la pasividad de la estructura
oficial de la Iglesia en los decenios sucesivos, frente a la aplicación de las
más diversas novedades surgidas de ellos. El caso más flagrante es la reforma
litúrgica, aunque hay desastres en toda la línea.

Pues bien, estimado Padre Iraburu:
estudiemos el valor de estos textos, ya que el Concilio ha renunciado a definir
doctrinas. Veamos cuanto obligan, puesto que la doctrina anterior, como Ud.
bien dice, es la referencia para corregir la ambigüedad de esta del Concilio. Y
por sobre todo, no neguemos la realidad de las cosas. Es una crisis
extraordinaria, inédita, la abominación de la desolación en el lugar santo, ya
predicha por las SS.EE. Es duro, pero es así.


En esta batalla, los tradicionalistas han
tenido el mérito de mantener las bandera, preservar la doctrina y el sacerdocio
católico (basta comparar la formación de un sacerdote de seminario
tradicionalista con alguno de seminario diocesano).

Por lo menos, Padre Iraburu, si Ud. no
quiere tomar un puesto en este combate de la primera línea, no ataque a los
católicos de la vanguardia. Porque, paradójicamente, el tradicionalismo es
la vanguardia de la Iglesia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *