Entre ficción y realidad en la Argentina
Los personajes de esta historia son absolutamente ficticios. Cualquier parecido con la realidad… en parte, es una verdadera lástima.
Miércoles 12, entre
las 8.30 y las 10 hs. Casi ni durmieron, pero el
esfuerzo vale la pena. Es que hay mucha gente de vacaciones, y también varios
de sus colegas, así que cada hora que
se camine de más puede rendir frutos si se la sabe aprovechar. Y van, nomás,
para el Bajo; hacen una vez más la Recova de Alem y deciden que la Plaza Roma
será su punto de descanso esta mañana tan linda. Angel Clemente (le pusieron el nombre,
obviamente, por el gran Rojitas –y,
nobleza obliga, aclaro que soy hincha del “miyo”) y su hijo menor, el Jonathan (alias Shony, así, con “sh”),
que va siempre con su chica, la Karen,
y a veces, como hoy, con su sobrinito Martín en el carro (bautizado así no por
Karadagian, obvio), cartonean.
Buscando esos pesitos que les
permitan vivir. Sin saber nada de lo que hace el Gobierno, ni del Campo, ni de
si la soja se come o qué.
Durmieron bien.
Cada uno a su modo, Fernando Busso, Marcial Garete, Luigi Volcatti y Darío
Llamas, desayunan con su gente, sus cercanos, sus colaboradores. Lejos de dicha
plaza, y de dicha miseria; cerca de otras, tal vez. Representan a cierta parte
de la producción agropecuaria argentina y esperan reunirse con hombres del
Gobierno para tratar temas acerca del trigo, de las ventas, del trabajo en el
campo. Difícilmente hablen de pobreza y sí de comida.
El franchute Marcel Bouquet, el vasco
Elizondo, el colorado O´Seery y el inefable “gordo” Hernández, como tantos
otros actores del negocio granario local, arrancan su jornada. No salen a
correr pero son corredores, dicen, o algo así, y algunos están ligados a socios
que acopian granos. Algunos, con su “flia” en la playa, se las arreglan este
mes como pueden y viajan los fines de semana. Saben que no son días como para
irse de vacaciones, porque los precios “pintan” bien, y que perderse ventas, a
esta altura, para muchos de sus clientes (y deudores, en varios casos) podría
significar más de un dolor de cabeza entrado este difícil año seco. A Bouquet (que
nació en “las Galias” porque su padre trabajaba para una multi cerealera allá,
cuando a él se le ocurrió aparecer en escena) le huele que la sojita va a seguir con su vuelo alto…
Mucho más al Norte, en
USA, otros comerciantes de granos también desayunan, algo más tarde (por lo del
huso -y uso- horario), pero además de con el café, con un reporte entre manos:
es sobre cosechas y reservas, y los hace salir a la calle con el traje de color
verde alcista y el abrigo suficiente como para afrontar los 3 grados bajo cero
de Chicago en invierno pleno, como los de antes…
Miércoles
12, en horas del mediodia. ”¡Rescatate, fieritaaa!: Hoy nos
pagan un peso el kilo de cartón (que está a buen precio, aclaro), y me dijo el
“Negro” Márquez que el cobre sigue a 24, y que dicen que es porque vale mucho no
sé dónde”, repite contento Ángel mientras acarrea diarios viejos y corrugado pintado,
como fresco. “Y las botellas valen 1,50 el kilo, mejor que el vidrio, que no
vale nada”, agrega Shony. A los gritos, porque el ruido de los coches en esa
zona del Centro porteño es intenso, y encima hay un grupo de no sé qué gremio
que va a cortar la avenida en cualquier momento, dicen que frente al Ministerio
de Trabajo. Trabajo: eso que Ángel hace rato que perdió, antes de que la soja
valiera, y que Shony prácticamente no conoce. Aunque trabajen recolectando (y vendiendo) lo que para los que tienen
trabajo sobra.
Los “cuatro fantásticos” del
ruralismo vernáculo no paran de hablar, amenazantes como taitas que en cualquier momento sacan la faca en pleno duelo arrabalero, de los de antes. Parecen decir “¡Vamo´
a terminar mal, vamo´!”. Es parte de su trabajo,
se estima.
La soja no para de
subir, tipo 22 dólares cada 1.000 kilos, claro, en Chicago. Ese mercado del
lejano país del Norte al cual tienen acceso algunos de los señores que corren
de un lado a otro (perdón, de los corredores citados) buscando alternativas
para hacer rendir mejor el dinero de sus clientes y así poder, comisiones
mediante, hacer andar mejor su propio negocio. Gritan, nerviosos pero
esperanzados en conseguir un pesito más para esos lotes que tanto les encargaron. Y sube también el maíz, y el
trigo ya que está. Pero menos: 10 dólares. Porque, según ese reporte que salió
hace un rato allá, va a haber menos de todo eso, y como ese todo es comida, y
los chinos, que son 1.300 millones de tipos, comen y encima tienen un chancho
cada dos personas y le dan de comer soja y maíz, parece que no va alcanzar. Y
comen las vacas en los galpones europeos. Y por acá la seca no deja de
embromar, y entonces parece que habrá menos soja y menos maíz para darle de
comer a los chinos, las vacas, los vascos, los franchutes y los gordos de todo calibre, look y terruño.
En el duelo, perdón, en la reunión que
mantiene a pocas cuadras de donde gasta maltrechas suelas el cuarteto de cirujas, la llamada “Mesa” (¿ratona?) del
Campo con la gente del Gobierno, también las voces son más bien altas. Casi en
la misma línea, porque Alem es Paseo Colón pero del lado VIP de la gran urbe,
el Vasco y el Gordo no dejan de operar: no son cirujanos, y menos funcionarios políticos. Pero operan. Sus teléfonos
arden. Ellos Van y vienen. El tono marcadamente positivo de las pantallas lo justifica.
“No sé en cuánto parará la soja”, tira el Colorado mientras se fuma el noveno
cigarrillo del día, casi a la carrera. Los gritos no cesan, allá y acá.
Da la impresión de que
los cuatro representantes de la Tierra Negra no quieren saber nada con arreglar con
los delegados de la Casa Rosada. Tampoco, con sus conocidos que meten gente a
trabajar en tierras, en peores condiciones que las que tienen que vivir a
diario Ángel, Shony y la Karen. Entonces, discuten con los oficiales, salen enojados de la oficina, y el jefe de la oficina
después se reúne con otros capos para
arreglar cómo hacer con el trigo, que este año alcanza y sobra para darle pan a
los pirujas y a varios miles más pero,
da la impresión, no para saciar a los que lo han cosechado y ven que no pueden
hacer lo que les gustaría ni conseguir toda la plata que sería esperable por ese
dorado cereal, recuerdo de áureas épocas del campo. De esa amada tierra negra. Porque
ahora el color oro es patrimonio de otro grano, de un poroto, esa soja tan
pedida. Tan querida para Marcel, que en su compu no deja de llenar planillas y armar gráficos tratando de calcular para dónde
puede ir y hasta cuánto puede subir su precio. Que es de 500 dólares (Dos “lucas”, diría Ángel, que todavía
maneja términos de los ´70, aunque ni sepa lo que es el Término, el lugar donde
-en parte- trabajan “los otros cuatro”: el “Colo” y sus competidores).
Miércoles
12, tipo 4-5 de la tarde. Hace calor, pero no tanto como en
diciembre, se nota. Eso sí, no llueve lo necesario. Los muchachos en la Bolsa,
que es donde funciona ese tal Término, dicen que si no llueve pronto la soja se
va a poner fea en serio. Del maíz ni hablar, de lo chamuscado que está.
“¡Conseguí 1.430!”, se jacta el Colorado. “¡Vamos a lo de “La Tuqui”, que paga
más!”, lanza esperanzado Ángel con esa sapiencia que da la calle. Y los cuatro
caminantes, que ni correr pueden de lo pesados que se han puesto sus dos
carros, rumbean por Paseo Colón para después subir hacia Constitución, que es
donde queda ese galpón infame donde esperan poder conseguir un poco más de
plata por su cosecha.
No muy
lejos, el otro cuarteto proclama un paro. “No se va a vender ni soja, ni trigo,
ni maíz, ni nada, desde el lunes hasta el 23”, vociferan. Los de Paseo Colón,
al mismo tiempo, dicen que tienen la cola del diablo metida entre ellos. En el
Término, a pasos de Alem, el Gordo trata de calmar a un cliente que, desde su super-celu, le cuenta que ni disfrazado
de ciruja va a dejar pasar estos
precios. Porque, dice el del otro lado de la línea, no cree que la soja vaya a
parar en 500.
El autor: Alejandro Pérez Unzner
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