Regalo de Reyes
No veo claro que del humanismo surja el amor a Dios sino, por desgracia y más coherente, una narcisista solidaridad de simple amor a la propia especie. Eso no es malo pero tampoco cristiano, y ni siquiera humano pues que no es suficiente mirar la necesidad material en desprecio de la esencialidad de la persona humana. Por el contrario, del amor a Dios sí surge el amor a los hombres; la caridad hacia quien pide, sin pretenderlo y sin pensarlo, que le ayudemos a ser algo más que animal despistado, anestesiado de arrogancia, que a esa estupidez nos lleva la actual orfandad de Dios.
Quizás sea ilustrativa esta historia.
Una mujer todavía joven, a la que llamaremos Chisca, vivía en la calle, vaciada de sí misma y sin otra huida que la del alcohol. Hosca, ceñuda, mal hablada… Por quién sabrá qué causas, lo había perdido todo: marido, trabajo y amigos. Terrible secreto que a nadie confió aunque, en verdad, tampoco nadie se lo preguntara. Incapaz de prostituirse, se ganaba la supervivencia con la mendicidad. Las noches las pasaba donde caía, con frecuencia en los huecos del viaducto de la Plaza de España, de Madrid. Un pasillo en una oquedad de su estructura donde suelen maldormir una docena o más de desharrapados.
El compañero más cercano a su petate era un hombre mayor, quizás pasaba de los 60, al que todos conocían por Moro. Se interesó por él cuando, llena de vino, una noche de adelantada primavera la recogió del suelo por incapaz de llegar a su sitio. Y porque a través de sus ojos, casi tapados por unas cejas pobladísimas, le veía «muy señor y educado». Solían coincidir pidiendo limosna a las puertas de mercados, iglesias, cines… Y a la hora del almuerzo, en un banco de la plaza, o en alguna taberna entre el Mercado de los Mostenses y la calle del Noviciado.
Pronto la gente les llamó «la extraña pareja»: ella con su piel apergaminada, deshidratada, pelo descuidado y manos finas sorprendentemente cuidadas. Él, calvo y con una larga barba, amarillenta de tanto fumar. La mujer no se sentía segura para dormir mientras no llegara él a embutirse en un rebujo de ropas, mantas y periódicos que, comparado, hacían una cama de lujo al saco de Chisca. Ésta le observaba entre las rendijas del embozo y le veía rezar en silencio. Si le hablaba, él le pedía que le dejase unos minutos, «que estaba pensando». Se contaban cosas del dia, hasta que el cansancio obligaba a Moro a cortar: «-Hasta mañana, Chisca… si Dios quiere que vivamos.» Lo que la mujer rubricaba: «-Que no me encuentre yo a ese Dios tuyo, que me va a oir…»
Poco a poco Moro fue contando algo de su vida. Que había trabajado en varios países «por Méjico y por ahí». También de cómo su situación podía soportarla sólo por la certeza de que Dios existía. «-Él me ha traído a aquí, por mi deber y por mi torpeza.» Aunque hablaba poco de Dios, era claro su espíritu religioso. Una vez, la mujer le preguntó: «-¿Qué es esa medalla que llevas al cuello?» Mas Moro se hizo el sordo.
Chisca, por su parte, cuando peor lo pasaba era al pensar en su pasado. El orgullo la hundía en la tristeza con una mezcla de odio hacia sí misma que la incitaba a la autodestrucción y, por tanto, a la bebida. Un odio que nacía del convencimiento de ser la única culpable de sus males. Contra eso, desde hacía unas pocas semanas, las charlas con Moro la hacían «resucitar». De dia en dia éste le enseñaba cosas nuevas: trucos para mejor pedir; que el vestir con andrajos no impedia estar limpia; que debía abrir una cuenta en un Banco, pues que su situación le facilitaba ahorrar mucho ya que podía prescindir de lo superfluo…
Un día Moro la llevó a una casa de baños públicos. Al salir, Chisca dijo que «hacía más de mil años que no se había sentido tan bien por dentro». Y Moro subrayó: «-Es lo que vale, estar limpios por dentro; qué importa el exterior. Igualmente es mejor ser puros hijos de Dios por dentro, en el corazón, que por fuera en la costumbre.»
Aquella noche, arrebujados en sus sacos y mantas, en un rapto de sinceridades mutuas él le dijo que su secreto de estar así era el haberse librado de algo, de un peligro que ella no comprendió. «-Una cárcel ideológica», dijo evasivo. «-Parece que huyes… ¿Te escondes de alguien?», preguntó Chisca. Moro no contestó ni sí ni no. Fue entonces que, por primera vez, ella le habló como en confesión sacramental. Que se abotargaba cada vez más, sin saber cómo salir del laberinto. Que varias veces se quiso matar y no fue valiente pues siempre se lo impedía, por muy borracha que estuviese, un rescoldo de dignidad. También le contó sobre aquella locura de, sin papeles y sin boda, apostar su vida con un mal hombre al que nunca debió entregarse…
A partir de estas confidencias el correr de los dias ya no era una rutina estéril sino una sucesión de pequeñas luces encendidas. La mujer, asombrosamente sin esfuerzo iba dominando sus ansias de beber, sus cincuenta y dos años ya no parecían setenta, el globo de sus ojos recuperaba el color blanco y la mirada los brillos perdidos. Una tarde le dio un ataque de risa porque Moro propuso que a partir de ese momento sólo bebieran «Vodka etiqueta azul»; es decir, agua mineral.
A las 4 de la madrugada, una de esas noches en que los años cambian de número y la gente se pone contenta sin saber por qué, Moro se puso muy malo, los ojos apretados y la frente ardiendo. Con voz entrecortada le dijo a Chisca que buscase en una bolsa que llevaba a su cintura, debajo del pantalón: «-Hay bastante dinero. Paga un taxi y llévame a una clínica de urgencias… El taxista ya sabrá.»
Con la ayuda de otro «residente», le puso en pie. Ya en el taxi se llenó de temor. Le vio tan demacrado y dolorido que se abrazó a él sollozando. En un susurro le dijo: «-Moro, Moro… No sé en qué manera te quiero, pero te quiero mucho. No se te ocurra abandonarme.» Le dejó en Urgencias y él la despidió con una mirada agradecida de sincero cariño. «No era como el amor de un hombre por una mujer, sino que salía de su alma a la mía».
Al día siguiente Chisca fue a los Baños de la Plaza de la Cebada, se peinó, se compró una blusa y una falda en una tienda de las calles del Rastro y se fue a visitarle. Moro estaba afeitado y tenía la cara un poco cenicienta. En la mano una via de suero y en la cara una sonrisa. «-Ya casi no tengo fiebre y el dolor está controlado.» Le estaban haciendo análisis y pruebas. «Me están sacando el carné», bromeó. Al quinto día de pasar a verle su cama estaba vacía. Uno de los compañeros de habitación le dijo que había fallecido. En las oficinas, para recuperar los enseres de Moro Chisca tuvo que rellenar unos impresos. Había muerto de una nefritis infecciosa.
Le entregaron una bolsa de plástico que contenía tabaco, un pañuelo bordado con las letras A y R, una fotografía de un joven sacerdote diciendo misa con ornamentos antiguos; detrás, escrito a mano se leía:La Habana, 1954. También un mechero, una moneda de plata y la medalla aquella. La miró atentamente. En la cara, un Corazón de Jesús y, en el reverso, una fecha grabada en el centro: 30-06-54; en el borde de arriba: «Tu ordenación», y en el de abajo: «Tu madrina». Había también un papel, doblado y sobado; era una carta manuscrita que ella desplegó.
«La Cabaña, (…) 1960»
«Querido hermano: En pocos minutos estaré frente a la muerte con la conciencia tranquila y el alma limpia de pecado. (…) Creo en la misericordia de Dios y que me encontraré con los viejos en el cielo. Sé que esto es un gran dolor para tí pero sobreponte que allí estaré pidiendo por todos vosotros. (…) Perdóname mis faltas y no tengas pesar de nada, me hice sacerdote por Jesucristo y por Él muero, agradecido a su elección, a manos de los enemigos de nuestra fe. (…) A mis padrinos, que nada de lagrimitas…»
Salió a la calle, su cabeza era una encrucijada de emociones. Las bombillas navideñas, la Cabalgata de Reyes, atasco de coches tocando el claxon, padres corriendo con niños de la mano… Por primera vez Chisca no pensó en sus problemas, ni en su familia ni en su pasado. Se sintió ser algo que antes no era, y que una especie de honda y nueva alegría le hacía exclamar: «¡Dios!» «¡Dios mío!»
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Esta historia es un cóctel de nombres y escenarios inventados, pero es verdadera, en particular la carta. Yo nada más he dramatizado su relato. Me la contó en gran parte la llamada Chisca, de la que me enteré falleció recientemente, cumplidos 65 años. Llevaba nueve sirviendo a Dios como religiosa en una orden caritativa del norte de España.
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Creo que tratar de eliminar las injusticias es más ilusorio que ponerle puertas al campo. Aunque, desde luego, una bonita disculpa para sentirnos contestatarios y pasar, de derribar las estructuras injustas sin mejorar nada, a dinamitar también las justas con gran beneficio para el mal. Porque la Revolución, que nace de la soberbia, ¿o no lo sabíamos?, es insaciable; y, como hija del maligno, también mentirosa. Dejar en segundo plano el hablar de Dios a las almas para, de este modo, meterlo en la sociedad, es en los hombres todos de esta Iglesia moderna la peor traición a sus propias vidas y, por supuesto, al Evangelio.
Fuente: Blog de Periodista Digital «Picado y Contrapicado»

