El pobre pueblo argentino
El peronismo es un fenómeno de difícil comprensión para los extranjeros, e inclusive para los argentinos. En los últimos días hemos visto un desfile multitudinario de personas ante el féretro de Néstor Kirchner, no todas ellas “movilizadas” por los aparatos políticos. Entre ellas se podía ver gente de extracción humilde y clase media. Los primeros lo reivindicaban por su “obra en favor de los pobres” y los demás, por sus logros en materia de “derechos humanos”.
El peronismo es un fenómeno de
difícil comprensión para los extranjeros, e inclusive para los argentinos. En
los últimos días hemos visto un desfile multitudinario de personas ante el
féretro de Néstor Kirchner, no todas ellas “movilizadas” por los aparatos
políticos. Entre ellas se podía ver gente de extracción humilde y clase media.
Los primeros lo reivindicaban por su “obra en favor de los pobres” y los demás,
por sus logros en materia de “derechos humanos”.
Un fenómeno religioso
Creo que el hecho merece un
comentario desde una web dedicada a lo religioso, porque este ha sido un
fenómeno religioso. Un fenómeno religioso de sustitución o de reemplazo de algo
que falta en la sociedad argentina: la Fe y el Culto. Hasta el propio Cardenal
Primado, en la misa oficiada por el alma de Kirchner, lo consagró como un
hombre “ungido por el pueblo”. Solo los reyes son ungidos, o lo eran, en los tiempos cristianos. Y
naturalmente esa unción, que realizaba el obispo, era en nombre de Dios.
Es interesante recordar la
ceremonia de coronación: el rey hace genuflexión y besa la mano del obispo
antes de la unción. El obispo hace genuflexión y besa la mano del rey después
de la unción. Hay en el rey algo sagrado, porque todo poder viene de Dios. En
esto yerra crudamente el Cardenal Arzobispo: si Kirchner tenía algún tipo de
“unción”, digámoslo analógicamente, era de Dios por haberle dado el poder. No
del pueblo.
El pueblo argentino intuyó esta
verdad más claramente que el Arzobispo. El pueblo sencillo (agradecido por
alguna dádiva u oportunidad, o por alguna esperanza), le reconoció una
indudable condición: la de monarca. Fenómeno típicamente peronista, que más
allá de su liturgia grotesca, (no habiendo liturgia católica ¿qué liturgia se
le puede pedir a los sencillos sino la futbolística, otro sucedáneo de la
religión en la Argentina?) expresa el fondo del alma argentina.
La gente lloraba (no descarto la
selección de los testimonios, pero el contagio emocional era evidente) porque
se había muerto el rey. Un rey dadivoso. Es lo que nos queda de lo que en algún
tiempo puede haber sido el amor del pueblo por un rey caritativo y justo.
Kirchner fue todo lo contrario de un hombre justo: mintió, defraudó, se
enriqueció personalmente y enriqueció a sus “nobles”. Fue un déspota. Pero los
argentinos, en especial el pueblo sencillo, aunque diría que todos en general,
somos sensibles a los gobiernos firmes y autoritarios (díganlo sinó el éxito de
los golpes militares, casi nunca resistidos por la gente).
¿No fue Perón mismo un hombre que
llegó al poder enancado en su condición de militar y de político dadivoso?
Claro, el fenómeno personal de Perón merece otro tratamiento. Pero el
“peronismo” (aun cuando no tenga más carácter que el de una credencial necesaria
para obtener el poder y esté vació de contenido doctrinal) el peronismo, digo,
sigue en vigencia, no importa si gobierna Menem (cuya popularidad fue muy
grande en su momento) o Kircher, en las antípodas.
La clase media “progre”
Otro fenómeno notable fue la
afluencia de jóvenes. La juventud respondió a la figura de un caudillo
(descarriado e indigno de sus funciones, pero caudillo) y lloró no ya la dádiva
sino la utopía progresista. Si hay algo que ha estado ausente entre los jóvenes
militantes intelectualizados fue precisamente el razonamiento. Son puro
sentimiento y expuestos como están a los estímulos exteriores, vieron en
Kirchner –por su condición de caudillo, de persona decidida inclusive a
morir en la consecución de sus objetivos- un personaje ejemplar.
Nadie tiene en claro cuales eran
los objetivos de Kirchner, más allá de permanecer en el poder y aprovechar de
él. Pero ese apasionamiento por la “conducción personal de todo” que lo llevó a
la muerte es interpretado como una “entrega” en los tiempos en que ningún
político habla en tono fuerte ni se juega por nada. Ni siquera por las cosas
malas.
Todos quieren jugar sobre seguro.
Van detrás del camino que abre el éxito de otros y se amparan en el servilismo
más rebajado (germen de traición) para lucrar poder, dineros y privilegios.
Pero a la gente, estos políticos les parecen despreciables y no les confiarían
nada, porque saben que no se juegan por nada.
La clase media progre vio en
Kircher una versión agostada del “heroe”, y en esto vale reconocerle al
personaje muerto: la pasión por su “destino”. No fue un simple defraudador del
erario público. Decidió morir en la lucha por ese poder habido con todo tipo de
trampas y fraudes, pero principalmente por ser el mejor de todos los políticos.
Los otros tienen su mismos vicios, sin su atrevimiento ni su pasión.
El lugar de Kirchner solo lo
podrá ocupar otro caudillo, con el desafío de igualar o superar la entrega al
poder que él demostró. No conocemos ni entre civiles ni militares y mucho
menos entre eclesiásticos personajes que puedan alcanzar tal nivel de
influencia por ese magnetismo “heroico” -producto de la desmesura si Uds quieren- de Kirchner. Muchos argentinos querrán explicar lo visto por televisión como un engaño, una manipulación, como el producto de la degradación de los más humildes… Yo lo veo como un afloramiento de lo más noble en medio del desierto espiritual que es la Argentina. El pobre pueblo argentino buscaba un héroe que lo conduzca y en Kirchner encontró lo más parecido…
Era un falso héroe, pero era lo
más parecido a un «héroe» en el poder en los últimos años que recuerda el pueblo argentino. Con declaraciones
sosas e invocaciones a la diosa democracia no bastará para seguir gobernando. Menos aún con promesas
de “gestión”. La gente reclamará alguien que le “ponga el cuerpo con pasión” a
la conducción de la Argentina. Difícilmente lo encuentre.
Faltando el caudillo, lo más
probable es que venga la anarquía. Tal vez los males de la anarquía susciten un nuevo caudillo. Esperemos
que esta vez sea fiel a la “unción” del poder (que viene de Dios), ajeno a los
conventillos progres y resistente a la atracción de la riqueza.
Sería un milagro. Pero los
milagros a veces suceden.

