La cuestión ortodoxa y el camino de la unidad
A pedido de un lector, y en cierto modo cumpliendo con uno de los deberes del moderador de las discusiones, quisiera proponer una síntesis del problema que fuera planteado fraccionadamente a lo largo de la discusión, la cual misteriosamente nació de una noticia apenas vinculada al tema: la del establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre la Santa Sede y Rusia.
Por
síntesis del problema debe entenderse (para evitar interpretaciones hegelianas)
en su sentido de suma y compendio de una materia. NO debe entenderse, en
absoluto, por síntesis, un deseo de poner en la licuadora ecuménica las
posturas de ambas iglesias y luego bebernos el producido de semejante
torbellino triturador.
Debo
aclarar, antes de ir a los puntos de la síntesis, que soy católico apostólico,
romano, y por lo tanto creo y afirmo que la Iglesia Ortodoxa (las iglesias
ortodoxas en general, que son muchas y están fuertemente divididas entre sí)
son cismáticas formalmente. Y heréticas, materialmente al menos,
(dejo la cuestión a algún experto), -se verá más adelante el motivo
de esta distinción- porque niegan dogmas definidos por la Sede, que ha recibido
la jurisdicción universal.
Pero
antes de que los amigos filo-ortodoxos den el portazo, aclaro que tengo la
convicción de que si un trabajo de unidad entre el catolicismo y otra iglesia
es posible, solo es posible con la Ortodoxia, o con algunos de sus
representantes. Y esto aunque haya
entre ellos “sínodos”, comunidades e incluso parroquias autocéfalas
(independientes de toda jerarquía) marcadas por un fuerte odio a lo romano.
Nuestra
Señora en Fátima nos marcó el camino al pedir la “consagración de Rusia a su
Corazón Inmaculado”. Rusia y no otra nación. Así como el Sagrado Corazón pidió
la consagración de Francia
El
Papa Pío XI, de triste memoria en tantas cosas, pero sin embargo de impecable
doctrina, expresó en un magnífico monumento del magisterio católico, la Carta
Encíclica Mortalium Animos, “acerca de como se ha de fomentar la verdadera
unidad religiosa”, lo que se puede hacer y lo que de debe evitar para la
práctica de lo que actualmente se llama sin mayores distinciones “ecumenismo”.
Esta encíclica nos marca muy claramente el camino de todo acercamiento.
El mismo porntífice, a la vez intentó
instancias de diálogo con los Ortodoxos por quienes sintió particular afecto.
Lo mismo puede decirse de Pío X y yendo más atrás aún entre los papas modernos,
León XIII y Pío IX hicieron importantes aportes.
A
propósito, durante el Concilio Vaticano I el Papa Pío IX invitó especialmente a
principales figuras de la ortodoxia a participar como observadores en la
deliberaciones doctrinales, siendo esta práctica repetida en el Vaticano II.
Los invitados se negaron a asistir al Concilio Vaticano I, y en el caso del
Vaticano II pusieron como condición que no se condenase el comunismo. Recordemos que el Patriarcado de Moscú era a la
sazón una dependencia de la KGB.
Ante
el mandato de la Sra. de Fátima reclamando la consagración de Rusia al Corazón
Inmaculado de María a fin de lograr su “conversión” (encomillo para destacar:
hay una necesaria conversión que la Ortodoxia debe realizar, es decir, abjurar y enmendarse de errores
doctrinales y arrepentirse de ciertas conductas), digo pues, ante este mandato
y por razones de mi historia personal -desde muy joven he sentido una
inclinación de simpatía por la Ortodoxia- lo cual conlleva el riesgo de pasar a
la ligera las difencias profundas que nos separan, parece necesario para todos
marcar bien claramente los puntos de disidencia. En particular en esta época en
que la Iglesia Romana (latina en este caso) ha recorrido un incomprensible
camino de destrucción de su tesoro litúrgico, inclinándonos a una justa pero a
veces imprudente admiración por la fidelidad de los ortodoxos a sus tradiciones
litúrgicas.
Muchos
de los intríngulis de este conflicto que no lograba entender me los fueron
aclarando la lectura de la historia y muy particularmente un autor moderno
-ortodoxo ruso, aunque francés de nacimiento- Bladimir Volkoff, especialmente
en sus dos obras: “La Reconversión” y “El Invitado del Papa”.
En
la primera muestra claramente como es posible que la Iglesia Ortodoxa a la vez
que servía como dependencia de la KGB soviética, pudiese mantener la Fe
encarnada en muchos de sus miembros… No hablo de todos los individuos, pero
sí de una importante mayoría.
Y
también pude comprender, por el sincero y produndo análisis precisamente de un
miembro de la comunidad ortodoxa rusa, otro error fatal de la Ortodoxia, de los
rusos en particular, que es su tendencia a la unificación de la Iglesia con
el Estado ruso, lo que explica
el éxito de Stalin en su cooptación del clero (no todo, por cierto, ya que
millares fueron martirizados), y por otra parte, la supervivencia de la Fe aún
en circunstancias que parecen completamente adversas.
Pero
error que no se limita a los tiempos soviéticos, sino que ya se marca
notablemente desde los comienzos mismos de la cristiandad oriental, y más
profundamente con el nacimiento del imperio Ruso.
Para
los ortodoxos, dice Volkoff, no puede haber Iglesia Rusa sin estado Ruso,
cualquiera sea la forma que este adopte. Así, consideraron un deber aliarse al
Zar formando una unidad, y luego a
los soviéticos, para asegurar el porvernir de la Ortodoxia… Misterioso modo
de ver las cosas, pero que se repite en oriente hoy en día, por ejemplo, en
amplios sectores de la Iglesia Patriótica China.
Evidentemente,
los que no hemos sufrido esas persecuciones extremas en nuestro cuerpo no
tenemos la disposición para comprender este modo de ver las cosas, ni juzgar
situaciones tan complejas.
Sobre
este punto de la identificación iglesia-estado, el comentarista Lambertín ha
hecho una interesantísima puntualización: “…para la Iglesia, que es el
Cuerpo Místico de Cristo, y especialmente para aquella porción que aún es
peregrina en esta tierra, no puede existir otra forma de unidad que no sea bajo
el Primado de Pedro. Las Iglesias autocéfalas tienden a la disgregación, como
prueba la Historia y, en su medida el protestantismo, y son devoradas por el enemigo,
como constató el zar Nicolás II (se pueden leer extractos de las memorias del
zar en: «El último zar», Eduard Radzinsky) al deplorar la unidad de
régimen entre la Iglesia y el Estado, algo que Roma se preocupó siempre de
mantener separado pero interdependiente. El Emperador verificó que su propia
desaparición era una exigencia de la lucha contra el catolicismo ortodoxo, pues
él encarnaba la jerarquía suprema que debía descabezarse”.
Tendencia
que vuelve a mostrarse viva en el acercamiento de la jerarquía ortodoxa rusa a
los gobernantes rusos actuales (y de estos a la jerarquía, mutuamente). Para
los rusos parece que las glorias de la Iglesia son las glorias de la Santa
Rusia. Bien diferente es la doctrina católica sobre la preeminencia espiritual
de la Iglesia sobre la sociedad y sobre los príncipes, separando las esferas de
acción. El príncipe se sujeta a la ley de Dios y procura el reinado social de
Cristo, pero su jurisdicción es marcadamente distinta de la jurisdicción
espiritual de la Iglesia.
Origen del Conflicto o
Cisma de Oriente
Sobre
el punto una síntesis llevaría demasiado espacio: baste para guiar a los
interesados esta referencia: el conflicto fue principalmente político, hubo
también incomprensión mutua (mala disposición y ciertamente ignorancia)
agravadas finalmente algunas iniquidades de los cruzados occidentales (de los
venecianos en particular, que fueron llamados por los griegos a dirimir
internas del imperio de oriente). Ellos produjeron el monstruoso saqueo de Constantinopla, que el Papa Inocencio
III condenó escandalizado y a cuyos autores excomulgó, ordenándoles reponer lo
robado.
Este
terrible delito abrió una llaga profundísima en la relación enre la Roma de
Oriente y la de Occidente e indujo a la búsqueda de motivos doctrinales por parte de los orientales para que las “diferencias insalvables” se
mantuvieran en el tiempo, como una exigencia del odio entronizado por encima de
toda otra consideración.
Como
contraparte hay que reconocer que todos los intentos de pacificar realizado por
los papas fueron saboteados por los orientales o arruinados por la torpeza de
los embajadores romanos, el escaso tacto político de Roma y las interferencias
de los intereses comerciales de las repúblicas italianas. Las distancias
materiales y la complejísima política del imperio de oriente, en la que se
mezclaba activamente el clero, coronaron la división definitiva, que estuvo,
sin embargo, varias veces a punto de resolverse.
A
partir de entonces tenemos un problema muy difícil: Los orientales se
consideran “autocéfalos”, es decir, que no se sujetan al Papa ni a ningún
sustituto del Papa, sino al Santo Sínodo (que es una especie de Concilio). Y
postulan la doctrina de que el Sínodo está por encima de los Patriarcas. En
cambio la Iglesia Católica (salvo algunos trasnochados en los tiempos
posconciliares, que han querido copiar esa fórmula) no acepta ninguna autoridad
por encima del Papa, ni siquiera el Concilio Ecuménico, que para ser válido
tiene que ser convocado y refrendado por el Papa. Sumemos a esto el mal que
afecta a toda rama eclesiástica que se separa de Roma: la división permanente.
Así,
y al no participar de los concilios ecuménicos desde el número siete en
adelante, los ortodoxos no aceptan las formulaciones dogmáticas de la Iglesia Católica,
aunque no nieguen que lo formulado sea “de Fe”. Por ejemplo, no haceptan el dogma de la Inmaculada
Concepción, pero veneran la Inmaculada Concepción de María desde tiempos
antiquísimos. Y así en muchos temas. Como se ha dicho en el foro, lo que molesta
es la actitud “inconsulta” de Roma al proclamar los dogmas, y no el contenido
mismo de los dogmas.
El Filioque
El
tema del filioque tiene más
aristas de incomprensión y hasta de mala voluntad que diferencias teológicas.
Como bien han destacado algunos comentaristas, no fue impuesto en la fórmula
del credo Niceno hasta el año 1000, y por presión de los emperadores. No parece
haber una contradicción en la cuestión de las operaciones intratinitarias, sino
más bien distintos modos de expresarlas, conforme a la mentalidad de cada uno
de estos “pulmones” de la espiritualidad de la Iglesia.
Dios
ha querido darle al pulmón occidental una cabeza más ordenada. Y al oriental
una espiritualidad litúrgica más viva y fervorosa, más sensible a la
apostolicidad del tesoro que se custodia en la Divina Liturgia. En aras de
ese orden latino muchos han parecido preferir una disputa milenaria y tan
dañina para la Cristiandad exigiendo a los orientales la aceptación a priori de formas expresivas que le son extrañas, agravando
el odio y la incomprensión preexistentes.
No
puedo decir si en las conversaciones de Balamand (Líbano) y demás dirimieron la
cuestión, solo que allí se acordó el cese de todo proselitismo católico en
Rusia, y de hecho obispos ortodoxos que quisieron convertirse al catolicismo
ruteno (mal llamado “uniata” por los ortodoxos, por desprecio) fueron
“devueltos” a su Patriarcado bajo la razón de que no tenían necesidad de
“conversión”… Extraña incongruencia con el mensaje de Fátima de un papa tan
devoto de la Señora de Cova de Iría, como fue Juan Pablo II.
Para
quienes no lo sepan, los rutenos son ex ortodoxos que regresaron a la Fe de la
Iglesia de Roma, conservando sus tradiciones litúrgicas orientales. Esta
conversión es obra de San Josafat, martirizado por una turba de fieles y clero
ortodoxo al grito de “muera el papista” en 1623. En su muerte puede reconocerse
el mismo embrollo de pasiones políticas y fanatismo antiromano, azusado por el
éxito apostólico del santo obispo. Fue canonizado por Pío IX en 1867 con el
nombre de San Josafat Kunsevich y tuvo fiesta litúrgica universal dada por León
XIII con fecha el 12 de noviembre.
Volviendo
a la cuestión del Filioque (qui ex Patre Filioque procedit…), del texto del Credo niceno como lo
reza la Iglesia Romana. Esta describe la procedencia del Espiritu Santo según
la doctrina formulada por Santo Tomás, quien trató el tema con su habitual
luminosidad, dando a entender que
había en los orientales más de obstinación que de convicción en su modo de
decir las cosas:
Así, pues, no es
posible sostener que el Hijo y el Espíritu Santo procedan del Padre de tal
manera que ninguno de los dos proceda del otro, a no ser que alguien les
atribuyera una distinción material. Esto es imposible.
De
aquí que los mismos Griegos entiendan que la procesión del Espíritu
Santo guarde alguna relación con el Hijo.
Pues admiten que el Espíritu Santo es Espíritu del Hijo y que procede del Padre
por el Hijo.
Algunos de
ellos admiten incluso que es del Hijo y que emana
de El: sin embargo, no admiten que proceda
. Y esto se debe, al parecer, o a la
ignorancia o a la insolencia. Porque, si se pensara correctamente, se podría
dar uno cuenta de que entre todas las palabras que indican origen, la más
extendida es procesión
.
Pues la utilizamos para indicar, cualquier origen: como del punto procede la línea;
del sol, el rayo; de la fuente, el arroyo. Y lo mismo en otras muchas cosas.
Concluyendo: De cualquier palabra referida al origen, puede deducirse que el
Espíritu Santo procede del Hijo
.
Como
se ve, el Aquinate ya marca una diferencia terminológica de la cual acusa a los
orientales en obstinarse, siendo evidente que el término más adecuado para
definir esta operación intratrinitaria es “procesión”, dice el Doctor Angélico.
Sobre
el tema de los concilios y la posibilidad de que uno posterior complemente otro
anterior sin contradecirlo, dice el propio Santo Tomás tambien en la q 36 de
primera parte, en este caso en el artículo 2:
2. En cada concilio fue instituido algún símbolo por algún error que se condenaba en dicho
concilio. Por eso, en el siguiente concilio no se hacía un símbolo distinto al
primero; sino que lo implícitamente contenido en el primer símbolo, se
explicaba con algunos añadidos para hacer frente a los nuevos herejes. Por eso,
en la determinación del concilio de Calcedonia se dice que los congregados en
el concilio de Constantinopla transmitieron la doctrina sobre el Espíritu
Santo, no porque faltase algo a lo transmitido por los anteriores (los congregados en Nicea), sino para
entender cómo debían pronunciarse contra los herejes. Así, pues, porque en la época de los antiguos
concilios todavía no se daba el error de decir que el Espíritu Santo no
procede del Hijo, no fue necesario declararlo explícitamente. Pero más tarde, al darse dicho error por parte
de algunos, fue necesario que, en un concilio congregado en Occidente, aquello
fuera declarado expresamente por la autoridad del Romano Pontífice, con cuya
autoridad también eran congregados y confirmados los antiguos concilios. Sin
embargo, implícitamente estaba contenido en la misma declaración en la que se
dice que el Hijo procede del Padre.
Con
lo cual queda contestada la objeción de otro forista que afirma:
El
Credo de la Iglesia Catolica fué definido por los concilios de Nicea y de
Constantinopla. Ese Credo afirma que el Espiritu Santo procede del Padre, pero
hubo un Papa Leon III que incluyo el «Filioque» afirmando que era
posible rezar el Credo con esta modificación, pero que esta modificación no
podía ser «exigible». Lo que es absolutamente logico: El Credo
Niceno.Constantinopoliotano según su redacción en el año 381 es y seguira
definiendo la Fe del Pueblo Cristiano, es decir, de la Iglesia.-
A
saber, la procesión del Espíritu Santo no fue necesaria explicitarla en la
redacción inicial del Credo porque nadie la puso en duda. Luego se realizó esta
inclusión, y tal vez el modo no fue el más prudente, en atención al arraigo que
estas fórmulas de Fe tienen en el pueblo y en el clero sencillo. Llegada la
cuestión de oriente, fue una magnífica excusa para abrir la pelea doctrinal
donde no la había.
Pero
el paso del tiempo hará que esta pelea se profundice, de ahí que no solo la
cuestión del Filioque entorpece la unidad entre Romanos y Ortodoxos.
Pero
esa cuestión conviene tratarla en una segunda parte de este resumen.

