Conciliar y «para-conciliar»: ¿diplomacia o convicción?
Mons. Guido Pozzo, uno de los miembros de la comisión teológica que dialoga con la FSSPX en el marco de las conversaciones doctrinales propuestas por el Papa Benedicto XVI ha hecho un interesante resumen de su posición frente al los desvíos posconciliares que, presumimos, será a su vez un resumen de la posición que sostiene la Santa Sede en estas discusiones. Publicado con la prolija seriedad de siempre por nuestros amigos de La Buhardilla de Jerónimo, quisiéramos hacer algunos comentarios a los dichos de Mons. Pozzo, y a la vez vincular a continuación su ponencia completa ante miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro.
Mistificación conciliar
El
primer concepto interesante que postula Mons. Pozzo es el de “mistificación
conciliar”. Reconoce todas la desviaciones que se han producido en torno al
C.V. II pero las atribuye a elementos exógenos a la asamblea conciliar. Ni en
los textos, ni en las intenciones, ni en ninguna posible interpretación legítima
hallará la causa de esta mistificación, sino en elementos externos al Concilio
–aunque no necesariamente a la Iglesia-, afirma el obispo. Dice
textualmente:
“Con
esta expresión no se entiende algo que concierne a los textos del Concilio, ni
mucho menos a la intención de los sujetos, sino el marco de interpretación
global en que el Concilio fue colocado y que actuó como una especie de
condicionamiento interior en la lectura sucesiva de los hechos y de los
documentos. El Concilio no es, de hecho, la ideología para-conciliar, pero en
la historia de los acontecimientos de la Iglesia y de los medios masivos de
comunicación ha obrado en gran medida la mistificación del Concilio, es decir,
la ideología para-conciliar”.
Entendemos
que el “condicionamiento interior en la lectura sucesiva de los hechos y de
los documentos” significa, entonces,
que los posteriores intérpretes del Concilio fueron condicionados por elementos
ajenos a la Iglesia, produciendo ello una corriente de desviación que Mons.
Pozzo llama “para conciliar”.
Nos
preguntamos quiénes sino los propios padres conciliares fueron los inmediatos
intérpretes en toda la faz de la tierra de los debates y textos del C.V. II.
Los mismos que según la teoría de Mons. Pozzo no tuvieron intención alguna de
desviarse, ni motivo alguno fundado en los textos (ya sea por dichos explícitos
o por ausencia de claridad expositiva) ya por un cierto “espíritu” que tantos
testigos del Concilio relatan con detalles, tanto en forma crítica como, por el
contrario, en actitud de triunfo. ¿Estos mismos padres, y consecuentemente su
clero, cayeron en la trampa de la mistificación para conciliar con notable
ingenuidad, después de tres años largos de debates de impecable ortodoxia y a
la vista de textos diáfanos?
Creemos
que la fórmula que propone Mons. Pozzo peca notablemente de ingenuidad.
NO se renuncia al
anatema pero se respeta la dignidad humana
El
segundo punto probatorio de la inocencia de los textos del C.V. II y las
intenciones de muchos de los padres conciliares (que según Mons. Pozzo no
habrían estado ya durante el Concilio afectados de esta ideología para
conciliar, sino solo después del mismo) se resume en esta frase.
“En
realidad, no hay ninguna contradicción entre la firme condena y refutación de
los errores en materia doctrinal y moral y la actitud de amor hacia quien cae
en el error y de respeto de su dignidad personal. Más aún, precisamente porque el cristiano tiene
un gran respeto por la persona humana, se empeña más allá de todo límite para liberarla del error y de las
falsas interpretaciones de la realidad religiosa y moral”.
Aquí
la ingenuidad argumentativa va más profundamente. El concepto de “dignidad
humana” como lo entiende el autor forma parte de lo que Mons. Pozzo llama la
ideología “para conciliar”, no obstante lo cual es argumentado en defensa de la
lenidad condenatoria (ausencia sería más correcto) de los errores modernos en
materia de doctrina y moral.
Naturalmente
la Iglesia siempre ha distinguido el pecado del pecador. Pero en materia doctrinal
el pecador (el hereje formal) no puede ampararse en ningún tipo de dignidad
apreciable para la Iglesia, porque ha roto la ortodoxia, se ha alejado de la Fe
de su bautismo y atacado el bien más precioso de los cristianos: la Fe, la
túnica inconsutil de su doctrina.
¿En
qué se fundamenta esa dignidad? ¿En su condición de creatura, meramente? ¿Es
igual a los ojos de la Iglesia un bautizado que un pagano? ¿Un fiel que un
herético? ¿En virtud de qué dignidad (exceptuando las cacareadas dignidades
revolucionarias y democráticas modernas) hemos de ser tan sutiles como para
condenar el error sin condenar a quienes lo propalan pertinazmente.
Peor
aún, ¿cómo se ha practicado esta doctrina durante y después del Concilio? Lo
que hemos visto durante el C.V. II es un lenguaje conciliador, vago y nada
confrontativo ni con el error ni con los que yerran. Y luego hemos visto, y
todos los que vivimos esta época somos testigos de ello, una enorme tolerancia
a los heréticos y a la vez una brutal persecución a los ortodoxos… Tal vez no
querida por las autoridades eclesiásticas, o por las más altas autoridades
eclesiásticas. Puede ser, concedamos. Pero los padres conciliares-obispos
fueron los comisarios políticos de la ideología “para conciliar”, curiosamente
cuando venían de unos debates claros que no dejaban lugar a dudas. Más aún,
debates que propugnaban el buen trato a los que yerran… dice Mons. Pozzo, a
la vez que en la práctica se destrataba, a veces con brutalidad, a los
ortodoxos de la Fe. Curioso resultado.
Y
curiosa esta interpretación en un hombre de la talla intelectual de Mons.
Pozzo. O bien ha hecho abstracción completa de la historia, lo cual sería fatal
para un hombre que está debatiendo con los tradicionalistas los temas a los que
se refiere aquí.
Nivel de
asentimiento
En
este punto no podemos menos que coincidir con los asertos de Mons. Pozzo. Como
Magisterio, en cuanto tal, el CVII “exige el nivel de asentimiento por parte
de los fieles según el diverso grado de autoridad de las doctrinas propuestas”.
Este
siempre ha sido el punto sostenido por el tradicionalismo.
Mundanización de
la religión
“Uno
de los instrumentos para mundanizar la Religión está constituido por la
pretensión de modernizarla adecuándola al espíritu moderno. Esta pretensión ha
llevado al mundo católico a comprometerse en un “aggiornamento”, que constituía
en realidad en una progresiva y a veces inconsciente homologación de la
mentalidad eclesial con el subjetivismo y el relativismo imperantes. Esto ha
llevado a una desorientación en los fieles, privándolos de la certeza de la fe
y de la esperanza en la vida eterna, como fin prioritario de la existencia
humana”, dice Mons. Pozzo. Y es un
excelente diagnóstico.
¿Qué
responsabilidad han tenido los textos y/o los padres conciliares en el crecimiento exponencial de esta
tendencia a partir de Concilio? Según Mons. Pozzo ninguna. Es todo factor
externo a la Iglesia, o interno, pero influido por doctrinas externas (no
cuestiono ajenas, porque ajenas sí son). Nuevamente el candor de Mons. Pozzo se
muestra en todo su esplendor.
En
la apertura de la Sesión Segunda del Concilio, Paulo VI dice expresamente que
hoy “la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más
que de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados [de la sana doctrina] mostrándoles la validez de
su doctrina sagrada más que condenándolos”. Repite un concepto de la apertura conciliar del Papa Juan XXIII.
Bien,
queda clara la renuncia a la condena (connatural e implícita al menos a la exposición
de la doctrina, sin embargo.) Poco
antes, el Cardenal Montini (luego Paulo VI) afirmaba al Osservatore Romano que “El
Concilio debe indicar la línea del relativismo cristiano, de hasta dónde la
religión católica debe ser férrea custodia de valores absolutos, y hasta donde
puede y debe ceder a una aproximación ya una connaturalidad de la vida humana
tal como se presenta históricamente”. (OS, 8-9 de octubre de 1962, cit. por Romano Amerio en Iota Unum).
Sería
muy largo abundar en declaraciones y textos que demuestran que al menos SI
había una intención en los padres conciliares, en algunos de ellos, tan
importantes que en el caso citado llegó a ser el segundo Papa del concilio, de
acompañar esa lenidad condenatoria con la introducción de un cierto relativismo,
un aflojamiento del rigor expositivo, una adaptación por “aproximación y
connaturalidad” a los valores del momento histórico…
Diálogo
“Un
segundo aspecto, sobre el que atraigo vuestra atención, es la ideología del
diálogo. Según el Concilio y la Carta Encíclica de Pablo VI Ecclesiam suam, el
diálogo es un importante e irrenunciable medio para el coloquio de la Iglesia
con los hombres del propio tiempo. Pero la ideología para-conciliar transforma
el diálogo de instrumento en objetivo y fin primario de la acción pastoral de
la Iglesia, vaciando cada vez más de sentido y oscureciendo la urgencia y el
llamado a la conversión a Cristo y a la pertenencia a Su Iglesia”.
Nuevamente
hemos de coincidir con Mons. Pozzo. El diálogo es una forma de alcanzar el
conocimiento, una forma de transmitirlo y también una forma de comprenderse
entre los seres humanos. Un instrumento. Hoy se ha convertido en un fin, un
fetiche, una ideología.
Nuevamente,
también, recuerdo la unilatiralidad con que se aplicó, desde las más altas
instancias eclesiásticas, el diálogo, no ya como ideología, según Mons. Pozzo,
sino como instrumento para lo declarado antes, con los sectores más
tradicionales. Para ellos no hubo, hasta ahora en que felizmente el Papa
reinante lo ha impuesto, un diálogo de ninguna naturaleza. Solo el rigor
condenatorio al que se renunció con tanto entusiasmo en el Concilio.
Unidad del género
humano
“La
unidad de todo el género humano, de la que habla LG 1, no debe ser entendida,
por lo tanto, en el sentido de alcanzar la concordia o la reunificación de las
diversas ideas o religiones o valores en un “reino común y convergente”, sino
que se obtiene reconduciendo a todos a la única Verdad, de la que la Iglesia
católica es depositaria porque Dios mismo se la ha confiado. Ninguna
armonización de las doctrinas “extrañas” sino anuncio íntegro del patrimonio de
la verdad cristiana, en el respeto de la libertad de conciencia, y valorizando
los rayos de verdad esparcidos en el universo de las tradiciones culturales y
de las religiones del mundo, oponiéndose al mismo tiempo a las visiones que no
coinciden y no son compatibles con la Verdad, que es Dios revelado en Cristo”.
En
este punto, Mons. Pozzo no puede alejarse del lenguaje típicamente conciliar.
Vaguedad peligrosa. Se sabe que si hay algo verdadero o bueno en alguna
religión que no sea la única verdadera, es decir, la Católica Apostólica
Romana, ese elemento es propio de la Iglesia, depositaria de la Verdad y
administradora de los tesoros de la gracia. “Fuera de la Iglesia no hay
salvación”, dice el dogma. Mala señal para un mundo que, declara el propio
Mons. Pozzo, camina fervorosamente hacia el laicismo, el relativismo radical,
etc. decirle que esos restos de naufragio que aún quedan en algunas sectas son
chispas o “semillas” de verdad, cuando en realidad son ruinas de la verdad.
La
Iglesia, en su tradición pastoral ha sabido siempre mostrar a los paganos y
gentiles que lo bueno que atesoraban provenía del Dios Uno y Trino. Y que fuera
de la barca de la Iglesia se convertirían en elementos estériles y de lastre en
el camino hacia la verdad.
Pues
bien, el C.V. II parece haber querido exaltar esos restos, y Mons. Pozzo,
aterrado por las consecuencias de esta increíble actitud de los padres
conciliares, defiende, sin embargo, el texto en el que se fundamenta esta
exaltación.
Conclusión
Dudo,
y esto es lo que refleja el título, si esta forma de presentar las cosas
corresponde a una profunda convicción de Mons. Pozzo, o a la idea o necesidad
de ir separándose de los aspectos más radicales del concilio-posconcilio, sin
echar sombra de duda sobre el Concilio mismo. Diríamos, como necesidad
diplomática en esta etapa de restauración doctrinal incipiente.
Tal
vez sea lo segundo, en cuyo caso puedo comprender la intención de Mons. Pozzo y
desearle suerte en un empeño tan arduo como es el de detener la inundación sin
cerrar los grifos…
Posdata
para algunos lectores escandalizados por la
palabra “condena”. Reflexionen sobre la imposibilidad doctrinal de afirmar algo
sin condenar lo contrario. En materia de doctrina revelada por Dios (o sea, la
Fe), la afirmación de la verdad es complementada por la condena de los diversos
errores que se predican sobre esa verdad por parte de personas no siempre mal
intencionadas (herejes materiales) aunque principalmente por pertinaces
defensores del error (herejes formales).
Para leer la exposición del Mons. Pozzo, La Buhardilla de Jerónimo

