Las Bienaventuranzas y los Siete Dones del Espíritu Santo
En esta Fiesta de todos los santos, canonizados o no, de todos los habitantes del Cielo, me gustaría mostrarles la relación necesaria entre el Autor de toda santidad y el código de la santidad, entre el Espíritu Santo – cuyos Dones están escritos en la cúpula de la iglesia – y el evangelio de las bienaventuranzas que acabamos de oír. Los santos del retablo me servirán como ejemplos de esta relación entre el Espíritu Santo y la práctica de las bienaventuranzas.
En esta Fiesta de todos los santos, canonizados o no, de todos los habitantes del Cielo, me gustaría mostrarles la relación necesaria entre el Autor de toda santidad y el código de la santidad, entre el Espíritu Santo – cuyos Dones están escritos en la cúpula de la iglesia – y el evangelio de las bienaventuranzas que acabamos de oír. Los santos del retablo me servirán como ejemplos de esta relación entre el Espíritu Santo y la práctica de las bienaventuranzas.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos fieles,
En esta Fiesta de todos los santos, canonizados o no, de todos los habitantes del Cielo, me gustaría mostrarles la relación necesaria entre el Autor de toda santidad y el código de la santidad, entre el Espíritu Santo – cuyos Dones están escritos en la cúpula de la iglesia – y el evangelio de las bienaventuranzas que acabamos de oír. Los santos del retablo me servirán como ejemplos de esta relación entre el Espíritu Santo y la práctica de las bienaventuranzas.
Al Espíritu Santo, dice el catecismo, se atribuye especialmente la santificación de las almas, porque es obra de Amor y las obras de Amor se atribuyen al Espíritu Santo. ¡Es imposible santificarse sin el Espíritu Santo! Sin embargo, es el gran Desconocido; infelizmente, Lo adoramos, Lo invocamos, Le rezamos, en general, pocas veces. Es verdadero Dios, igual al Padre y al Hijo, Lo hemos recibido el día de nuestro bautismo, y la plenitud de sus Dones se difundió en nuestra alma el día de nuestra confirmación. Pero, ¡lo olvidamos!
El es el Abogado, el Consolador, el Amor de Dios. Si fuéramos dóciles a su acción como plumas llevadas por una dulce brisa, avanzaríamos con pasos de gigantes en el camino de la santidad. ¡Qué suaves lágrimas, qué fortaleza divina, que sabiduría nos daría! El es este fuego de Amor de que tanto precisamos en este valle de lágrimas, en este mundo helado por el pecado. El es el alma de nuestra alma, como es el alma de la Iglesia, de las congregaciones religiosas, de las familias católicas; y era el Consejo de los Estados católicos. El es el Esposo de Nuestra Señora, concibió en Ella a Nuestro Señor Jesucristo. El forma en nosotros la imagen de Jesucristo, haciendo crecer en nosotros su gracia para que podamos compartir un día su gloria en el Cielo. Todos los santos, todas las santas del Cielo son la Obra del Espíritu Santo: las siete velas de sus Dones los propulsaron al Cielo. Hemos recibido estos Dones; con estas siete velas nuestra travesía en el océano agitado de este mundo hasta el Puerto del Cielo es mucho más fácil que con los remos de las virtudes. ¿Por qué no usarlas habitualmente? ¡Icemos las velas!, tal debería ser nuestra resolución en esta Fiesta de todos los Santos. No hace de nosotros “superhombres” o extraterrestres, pero restaura, por la gracia, nuestra naturaleza herida por el pecado original, El nos crea de nuevo a la Imagen de Dios. Dejémoslo iluminarnos e inflamarnos, no pongamos obstáculos a su Acción, no Lo contristemos, no Lo rechacemos nunca por el pecado mortal.
Leemos, entonces, en la cúpula, el nombre de los siete Dones del Espíritu Santo: el Temor de Dios, la Piedad, la Ciencia, la Fortaleza, el Consejo, el Entendimiento, la Sabiduría. Ahora bien, a cada uno de estos Dones, corresponde una bienaventuranza:
Al Temor de Dios, corresponde la pobreza: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. – San Ignacio de Loyola estaba animado por este Don cuando escribió en sus Ejercicios Espirituales: “Tomad, Señor, todo mi haber y mi poseer, todo es vuestro, dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta”.
A la Piedad, corresponde la mansedumbre, “patria de los fuertes”: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”. – Santa Teresita practicó particularmente esta Piedad divina, haciéndole considerar a Dios como su Padre del Cielo y generando en ella una delicada y constante caridad fraterna.
A la Ciencia, corresponde la bienaventuranza de las lágrimas: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. – San Francisco de Asís, iluminado por el Don de Ciencia, veía todas las cosas creadas como Dios las considera. Por eso las llamaba sus hermanos y sus hermanas (“hermano sol”, “hermana agua”…) y no podía aguantar sin llorar que los hombres desprecien a un Dios que se hizo nuestro hermano para salvarnos: “El Amor no es amado, el Amor no es amado”, repetía, llorando, en las aldeas que cruzaba.
La Fortaleza se relaciona con la Justicia: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. – Es el Don de los mártires, el Don de Santa Inés por ejemplo, porque la hizo cumplir hasta el sacrificio de su vida la práctica de la virtud de religión, que forma parte de la virtud de justicia.
Al Consejo corresponde la misericordia: “Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia”. – San Pedro fue movido por este Don cuando escribió en su primera carta: “Sed todos de un mismo corazón, compasivos, amantes de los hermanos, misericordiosos, modestos, humildes; no volviendo mal por mal, ni maldición por maldición, antes al contrario, bendiciones. Porque a esto sois llamados, a fin de que poseáis la herencia de la bendición”, el Cielo.
Al Don de Entendimiento corresponde la santa Pureza: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. – Es el Don de los santos Doctores, de un San Agustín que, convertido de una vida impura, tendrá una altísima comprensión de las verdades de la fe.
En fin, el Don de Sabiduría, que hace como “saborear a Dios”, es el de los pacíficos: “Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios”. – San Pablo ilustra muy bien esta relación cuando escribe a los Filipenses: “Gozaos siempre en el Señor, otra vez digo, gozaos (…) No tengáis solicitud de cosa alguna (…), y la Paz de Dios, que sobrepuja a todo pensamiento, guarde vuestros corazones e inteligencias en Nuestro Señor Jesucristo”. Y se dijo de San Pablo que su corazón era el Corazón de Cristo, el Corazón del Hijo de Dios.
Queridos hermanos, no alcanzaremos la santidad por nuestras propias fuerzas, sino por la virtud del Espíritu Santo, el Dulce Huésped de nuestras almas. Recurramos a El, pidámosle su Luz y Fortaleza. Entonces, no digo que estaremos sobre un retablo como estos grandes santos, pero sí que nos santificaremos más seguramente y entraremos un día en la Felicidad eterna del Cielo. Que la Reina de todos los santos, María Santísima nos ayude a adquirir una docilidad constante al Divino Espíritu Santo.
Ave María Purísima
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


Comentarios
Siempre tan notable,
este cura amigo suyo.