Panorama Católico

Solemnidad del Corazón de Jesús

Queridos hermanos,

 En este día de solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, recordémonos las palabras que Nuestro Señor dijo a Santa Margarita María: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha ahorrado nada hasta agotarse y consumirse por testimoniarles su Amor; y como agradecimiento, no recibo de la mayor parte más que ingratitudes…”

  “Ignem veni mittere in terram”, “he venido prender fuego a la tierra, y quiero que este fuego de mi caridad se difunda”.

Pero, “¡El Amor no es amado!”, como decía San Francisco, llorando. ¿Qué diría hoy, en estos días de egoísmo generalizado? ¿Y nosotros mismos, mereceríamos esta queja del Corazón de Jesús?

 Estamos aquí reunidos en la Santa Misa; es un momento privilegiado para pensar en Nuestro Señor, para adorarlo, amarlo, consolarlo, para darle nuestro corazón, darle la preferencia sobre todo lo que no es Él. Pidámosle perdón por nuestros pecados que son faltas de amor a Él. Así Lo consolaremos. “Consolar” significa estar con el que está solo. Estemos presentes de corazón y alma en esta santa Misa. Nuestro Señor mismo está presente; dentro de algunos instantes, sobre este altar, renovará la inmolación de su Pasión.

Queridos hermanos,

 En este día de solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, recordémonos las palabras que Nuestro Señor dijo a Santa Margarita María: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha ahorrado nada hasta agotarse y consumirse por testimoniarles su Amor; y como agradecimiento, no recibo de la mayor parte más que ingratitudes…”

  “Ignem veni mittere in terram”, “he venido prender fuego a la tierra, y quiero que este fuego de mi caridad se difunda”.

Pero, “¡El Amor no es amado!”, como decía San Francisco, llorando. ¿Qué diría hoy, en estos días de egoísmo generalizado? ¿Y nosotros mismos, mereceríamos esta queja del Corazón de Jesús?

 Estamos aquí reunidos en la Santa Misa; es un momento privilegiado para pensar en Nuestro Señor, para adorarlo, amarlo, consolarlo, para darle nuestro corazón, darle la preferencia sobre todo lo que no es Él. Pidámosle perdón por nuestros pecados que son faltas de amor a Él. Así Lo consolaremos. “Consolar” significa estar con el que está solo. Estemos presentes de corazón y alma en esta santa Misa. Nuestro Señor mismo está presente; dentro de algunos instantes, sobre este altar, renovará la inmolación de su Pasión.

 Se preguntó un día a Padre Pío:

  – “Padre, ¿qué sucede en la consagración?” – En ese momento se produce realmente una nueva y admirable destrucción y creación. Es la destrucción de la sustancia del pan y del vino y la venida de nuestro Redentor sobre el altar. Nuestro Señor no ve, ve lo íntimo de nuestra alma, y se ofrece por cada uno de nosotros con la Misericordia y el Amor infinito que lo hizo subir en la Cruz. Nos mira como miraba a los que estaban presentes en el jardín de Getsemaní y al pie de la Cruz. ¿En que pensamos en este momento?…

 – “Padre, ¿qué es la Misa?” – Hijo mío, la Misa es una continua agonía. 

Queridos hermanos, ¿cómo debemos comportarnos cerca de un agonizante que, por causa de las terribles heridas que le hemos hecho, muere por nosotros?

Con un real arrepentimiento y una firme resolución de no hacerlo sufrir más.

Adorando y amando al Hijo de Dios castigado en nuestro lugar, sacrificado en la Santa Misa. No dejemos que su Sangre preciosísima sea derramada inútilmente.

                  Se cuenta que, en otro tiempo, un Rey cristiano estableció leyes rigorosas para ordenar y pacificar su país. Todo delito grave contra la ley divina había de ser castigado.  Pero, un día, llegó un ministro que le dijo que tal falta muy grave había sido cometida y que el castigo previsto por la ley era 50 azotes recibidos en la plaza central de la ciudad. Hay una dificultad, dijo el ministro. ¿Cual? El culpable es su madre. La querida madre del Rey…

                  El Rey mantuvo el castigo: “La ley dice: Tal delito, tal castigo; que la ley sea aplicada”. Algunos días después, en la presencia del Rey y del pueblo, llegó la culpable en la plaza; mucha gente lloraba. Cuando el verdugo levantó el brazo para flagelarla, el Rey se levantó, quitó su manto real y dijo: “Fue cometida una culpa grave; es justo que haya un castigo; el castigado será yo y, así, la reparación de la culpa será hecha”. El Rey, delante de su pueblo conmovido, recibió con grande valentía los 50 azotes.

                  Queridos hermanos, Nuestro Señor, en su Pasión, en la Santa Misa, hace lo mismo por nosotros, con un Amor infinito. La Hostia es, en realidad, un océano infinito de Caridad; inmolado en silencio, Nuestro Señor espera de nuestra parte una respuesta a este Amor, una verdadera compasión. “Busqué consoladores y no os hallé”. Estamos aquí para consolar a Jesús, que está en agonía hasta el fin del mundo.

                  Sepamos, también, ofrecernos con Él y para Él. Asociémonos con su sacrificio para nuestra propia salvación y la de nuestro prójimo. “Muchas almas van al infierno porque no hay quien reza y se sacrifica por ellas”.

                  “Sepan que soy dulce y humilde de corazón”, dijo Nuestro Señor. Rechacemos de nuestros corazones toda especie de temor. Acerquémonos del Corazón de Jesús con una inmensa confianza y una firmísima resolución de no pecar más y de imitar su mansedumbre y su humildad.

Ave María Purísima.

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